domingo, 28 de mayo de 2017

El puente, una noche de hospital


El puente,
una noche de hospital

Tantos proyectos falsos, tanta acumulación de porquería fecal. Y la  vocecita que me dice a gritos: te juro que no vas a salir de ésta. Voy a morirme envenenada como un gato, o a cortarme las venas en  el baño, donde todo es más fácil de limpiar. Cuando me muera nadie va a decir: ¡qué buena era!, dirán: no tuvo dinero para comprarse un arma, ni los huevos para pegarse un tiro. Cuando muera, cuando me muera. Cuando me vaya reventada como una llanta, llena de heridas de estilete,  llenita de picotazos, pinchada, desbaratada, igualita a  un queso gruyere. Cuando me largue nadie dirá nada. Mamá es fuerte y puede sobrevivir a esto.  Nadie me extrañará, ni siquiera ella, nunca hemos estado realmente juntas. Estoy más sola que la luna. Mi cuerpo pesa. Mis oídos parecen a punto de estallar, el espejo, el cuchillo, y la voz sardónica diciendo: ya te digo que de ésta no sales, reina.

Llegar, llegar y parecía que no llegaba, sus piernas eran como de atole. Las luces de los carros la  obligaban a entrecerrar los ojos, le ardía  la cara restirada bajo la costra de lágrimas y mocos. En qué momento empezó a sentir este miedo irracional. Salió a la calle sin pensar en nada, buscó a tientas sobre el tocador, tomó las llaves y una moneda de diez pesos, que resplandecía en el bolsillo de su pantalón, representaba un viaje entre la vida y la muerte.
No recuerda qué pensaba al parar el taxi,  lo hizo de pronto, impulsivamente, cuando sintió que no llegaba. Por un momento, pensó que el coche iba a arrollarla cuando se paró bruscamente justo a su lado. Tampoco supo  qué pensó el taxista durante el trayecto, o por qué levantó a esa niña pálida y llorona. ¿Se imaginó que podía morirse en el camino? De seguro tenía miedo de que vomitara, de que  manchara los sillones.

Voy a morir envenenada, atascada, hinchada de matarratas, aniquilada por una dosis de seconal; la muerte por barbitúrico es la despedida más digna a mi alcance; si tuviera una bañera para cortarme las venas despacito, e irme quedando dormida sobre los pétalos y el agua… Jaja, dos tambos, dos cubetas, no producirían el mismo efecto ¿o sí?
Parece que las palabras sobran en situaciones así. Qué podría decirle a mis amigos, ¿Cuáles? Aquí adentro sólo tengo complejos, culpas, y miedos para repartir.  A mis amantes, ja qué chistosa,  un adiós a mi dedo índice y al perfume de mi carne flácida.

El recorrido fue breve, como un camino de luces; sólo podía  ver destellos estridentes lastimándole los ojos.  Le dio la dirección y le dijo que pagaría al llegar. Ni siquiera le entregó los diez pesos, el tesoro siguió brillando secretamente desde su bolsillo. Tenía la lengua pesada y pastosa. Al bajar, corrió con todas sus fuerzas y tocó, como si en ello se le fuera la vida. Había luz en la planta alta, desde la calle vio las cortinas rojas, lanzó un par de piedras hacia el balcón y esperó durante unos minutos que le parecieron eternos. Cuando él abrió la puerta, le pidió el dinero restante para el taxi. El claxon sonaba incesantemente. Pero el taxista no tocó a la puerta.
Los minutos pasaban mientras él pedía más explicaciones, qué tienes, cuántas pastillas te tomaste, de qué eran.  Había tomado demasiadas, pero probablemente pocas mortales; cuando las tomó confiaba en que el diazepam pudiera matarla, confiaba en que ésas veinte fueran suficientes, creía que la amoxicilina le provocaría una tremenda reacción alérgica, de esas también fueron veinte. Tragó y tragó, hasta que las pastillas se atoraron y dejaron de bajar por su garganta, el resto era lo que había en el botiquín, analgésicos  y poco más. De repente, él reaccionó y buscó dinero, salió corriendo, pero el taxi ya se había marchado.

Mi abuelo también podrá vivir con eso; en realidad, no creo que le importe, la mayoría del tiempo ni siquiera se da cuenta de que estoy aquí, podrá sustituirme fácilmente por una botella de cola y su dosis diaria de televisión.

Le dijo que tenía que vomitar, que debía sacar todas las pastillas. Preparó una soda con bicarbonato, que al principio no funcionó. Ella siguió  llorando y repetía continuamente que tenía miedo. La envolvió en una sábana blanca, como un sudario,  y le apretó un poco el estómago hasta que el gas hizo efecto, y  vomitó una pasta blanca, lechosa, con tonos azules. Se había tomado las pastillas casi sin agua, sólo con un poco de caña, tenía el estómago lleno de excipiente. Luego tuvo frío y comenzó a temblar, se sintió envuelta en una mortaja, vio  su cara borrosa, y ya no supo si era por las lágrimas o el efecto que le habían provocado las pastillas. Tenía mucho sueño, un sueño pesado que le estiraba la lengua y los párpados, pero él no dejó que se durmiera hasta que llamó  su madre y llegaron a recogerla.
Primero la llevaron al psicólogo, así, como estaba, se sentía deprimida y completamente borracha, tenía un mareo que le picaba las sienes, un tremendo ardor de ojos; mientras tanto desde ahí llamaron al consultorio, todos preguntaban si ya había vomitado, lo preguntaban continuamente, insistentemente. Al llegar al hospital, el médico se burló un poco; le preguntó si su novio la había dejado, mientras recetaba un lavado de estómago y un suero para restablecerla durante la noche. El goteo del suero fue lo último que vio, se sumergió en un sueño pesado, profundo, igual que en esas noches de pesadilla.

Mami, confío en que podrás sobrellevarlo, te echaré en falta como seguramente tú me extrañarás. Ana, como siempre, salió tarde del trabajo, tardó un par de horas en darse cuenta de que en la habitación contigua, no había luz, ni ruido. Lo siento, sabes que esto es lo mejor para las dos. Las batallas no siempre tienen que ganarse, ni siquiera tienen que pelearse, no soy lo suficientemente fuerte. Quiero que me cremes y que me tires por la taza del váter, sé que te sentirás tentada a quedarte con las cenizas, pero por favor no las guardes.
Tomó la llave y entró, se encontró con las cajas vacías y con la libreta llena de garabatos. Sabes que los suicidas no nos merecemos nada, ni siquiera conmiseración; no gastes ni un centavo en una misa, sabes que ningún señor me concederá el descanso eterno y que para mí no lucirá la luz perpetua. En mí no brilla ninguna luz. Buscó el celular e, intentando mantener la cabeza fría, recorrió todos los números  registrados, hasta que dio con ella. Me siento como el limonero del patio, enferma, marchita y triste. La mantuvo tomada de la mano toda la noche. El suero le producía un efecto parecido al de una descarga eléctrica, ardía un poco, pero el hormigueo la reconfortaba. Madre, no me pienses, siento tanto  haberte jodido este pedazo de vida, no quiero seguir jodiéndolo todo a mi paso,  estarás mejor sin mí. Permaneció en esa incómoda silla, mientras sus dedos se volvían cada vez más delgados, la ataban con fuerza, su mano era un cordón umbilical. Estuvo sin soltarla durante toda la noche, parecía transmitirle energía líquida, su mano emitía pequeñas descargas. Mi cuerpo pesa, los ojos arden, mi boca seca. Quema toda la ropa (egoísta hasta en eso). Tira los discos a la basura y regala todos los libros, y por favor no me llores. ¿Aún sigo siendo la misma persona? esta imagen resulta desalentadora. Las cosas fáciles  se han terminado para mí, imposible encontrarlas en la tibieza de este líquido que me envuelve confortablemente.
Aquí no hay un hueco, en este sitio sólo hay agua y pensamientos grises.
No tengo flores sobre mi cabeza. Formo parte del disfraz, del decorado, es la cáscara de un plátano vacío. Es la vida que se me escurre de las manos, en el espejo frente al grifo y no sé si quiero sujetarla.
¿Por qué la muerte también tiene que ser triste?  esa mano fue el puente que la mantuvo unida a la vida.






Fotografía de la web


orquidea psicopata

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