domingo, 28 de mayo de 2017

Carta a Mariana



Para qué te voy a decir que no si sí, para qué decirte que no pasó, que no me duele, que no me acuerdo, si la respuesta siempre es sí.
Preferiría no tener que escribir esto. Quisiera no tener que acercarme a ti por medio de esta carta, pero probablemente sea lo único que funcione, porque no solemos hablar de lo que duele, nos conformamos con las palabras cariñosas, menos hirientes, y con las conversaciones banales sobre nuestras mascotas, o sobre el precio del tomate y la cebolla, pero, a veces, decir la verdad también se vuelve necesario.
 Conozco la historia de muchas mujeres, tengo varias amigas que me han contado… Ellas han enfrentado cara a cara sus demonios; una de ellas me contó una historia acerca de un cuchillo y de su padre, otra me contó cómo su hermano mayor se metía a su cama por las noches para tocarle los pechos, cuando tenía once años, y cómo ella se lo reclamó directamente, justo antes de que él muriera.
Pero esto no se trata de ellas, ni de sus historias, ni de su forma de afrontarlas, sino de ti y de mí. Quiero ser justa, la imagen que tengo de ti es tan difusa, tan endeble. No te conozco.
Conozco sólo algunas de tus historias, dónde naciste, la finca cafetalera donde viviste con tus padres, tu condición de hija mayor. Pero no conozco tus motivos, algunos de ellos puedo inferirlos, aun con temor a equivocarme. Si yo hubiera sido tú, también habría querido huir, hubiera querido no sentir culpa por no cuidar de los hijos que no eran míos.  La verdad es que eras sumamente guapa y te enamoraste de ese hombre; te llevaba unos cuantos años, pero la distancia que los separaba era más grande, él tenía veinticinco  y era  divorciado,  ya había tenido hijos y arrastraba un fracaso matrimonial. Tú me has contado que tenías diecisiete años, pero que todavía te gustaba jugar con tus hermanos en la calle. Ese fue tu proceso de emancipación, te casaste con un hombre al que creo que amabas y que probablemente siempre ha estado loco por ti, y además, de repente tenías dinero para comparte medias, para comprar ropa o esas zapatillas de colores y de tacones altos que te pusiste un día para no quitarte más.
Primero vino mi mamá, cuando acababan de casarse. Después de varios problemas de embarazo y de la muerte de los gemelos, llegó el segundo, once años más tarde.
Mi madre dice que le pegaban, ustedes dicen que en esos tiempos ésa era la forma de educar. Parece que  mamá guarda para ustedes una mezcla de rencor y amor, en especial por ti, por esas rivalidades no superadas entre mujeres; dice que le reprochabas no ser parte de ese canon de belleza que tú representabas, con tu porte, tu peinado alto, con tus zapatillas y tu figura siempre esbelta, con el carmín y las ansias de liberarte.
Mi mamá narra mil y un episodios donde especialmente tú eres la mala, sin embargo, creo que le dieron todo, que hoy mismo ella cuenta con su apoyo incondicional, y pienso que las relaciones humanas forman figuras caleidoscópicas, formas complejas donde es difícil diferenciar el dolor del odio. Pero esta tampoco es la historia de mi madre, ella y tú ya tendrán tiempo (¿tendrán las ganas?) de arreglar sus diferencias.
Tampoco es la historia de tu segundo hijo, aunque sin quererlo, probablemente él sea el protagonista principal. Quizá sea mejor narrar todo de forma cronológica, quizás esa sea la manera más fácil de explicarlo todo. Olvidé esto durante un tiempo, pensé que lo había soñado, que había sido sólo una pesadilla ¿pero de qué sirvió negarlo durante veinte años?
Yo tenía entonces tres o cuatro años, tu hijo tal vez tenía diecisiete, estábamos jugando a las escondidillas. Él me tiró sobre la cama y comenzó a besarme, a frotar su cuerpo sobre el mío, a acariciarme, está demás decir qué parte frotaba especialmente.
De repente, entró mamá, y sentí como si me hubiera despertado,  el resto estaba envuelto en un ambiente soporífero, pero desperté y tuve la sensación de que no era la primera vez que esto ocurría, pero sí fue la última. Lo que despertó ese día fue mi memoria, almacenó la escena, aunque intenté borrarla durante años e hice como si nunca hubiera ocurrido. No se lo dije a nadie.
 No sé que vio mi madre, al parecer fue poco; aun así recuerdo la sensación de incomodidad cuando nos llevaron a la cocina, a él le dijeron cosas que yo no entendía. Mariana, abuela, ¿es que de veras no te acuerdas? tú estabas ahí y también me regañaste porque jugaba de esa forma; discutieron con mamá y te fuiste. Mi madre me hizo prometerle que nunca volvería a jugar con él, de ninguna manera;  cuando era un poco más grande me repitió varias veces la advertencia, yo sabía a qué se refería por esa sensación de pánico que sentía cuando él estaba cerca, por mis ganas de gritar cuando por escasos minutos nos dejaban solos. ¿No te acuerdas? ¿No te dabas cuenta?
Solía quedarme en casa de ustedes, los abuelos, desde antes de que mis papás se divorciaran, tú le decías que fuera a darme las buenas noches, yo sentía un miedo seco estrujando mi garganta durante el minuto eterno que duraba la “despedida”, después siempre tenía pesadillas por las noches, pensaba seriamente que en la sala había un fantasma, imaginaba que una sombra se deslizaba desde los marcos de los cuadros y se quedaba esperando delante del sofá, literalmente acechando. Supongo que a veces el subconsciente no es tan complicado.
El solía llevarme una bolsa repleta de chucherías, los fines de semana, en la que nunca faltaban juguetes para armar, la verdad no me aburría armarlos, pero en mi pecho saltaba una angustia sorda cuando nos dejaban solos,  ponía ese pretexto y corría a refugiarme con el abuelo.
Puede que eso no te parezca suficiente,  ¿recuerdas a la hija de Tere,  esa amiga de mi madre? la niña que tenía un retraso de varios años; puede que entonces tuviera once años, pero se comportaba como de cuatro. Creo que esa fue la única vez que llegó a jugar a la casa, yo en ese entonces tendría ocho. De repente él llegó de trabajar y entró a saludarnos, al poco rato yo me levanté para ir a la baño, cuando regresé la puerta estaba cerrada con llave desde dentro, oí ruidos, jadeos.  Me senté afuera  pensando en qué podía hacer, pensando en bajar a contárselos, esperando, a punto de llorar, pero a los pocos minutos  se abrió la puerta.
Entonces  mi madre ya se había divorciado y vivíamos con ustedes; nosotras dos dormíamos en la misma recámara, al lado de la de él. Fue él quien me enseñó el valor de la constancia, debía cerrar la puerta con llave todo el tiempo, sin excepciones; si bajaba por un vaso con agua y la puerta se quedaba abierta, siempre desaparecía dinero; al inicio, mi madre me preguntaba  inquisitorialmente, pensando que yo le había robado, pero también a mí se me perdía el gasto que mi abuelo me daba para la escuela, los diez pesos diarios que me daba para comprar algo durante el recreo, que no me gastaba porque llevaba almuerzo y se convertían en mucho más, porque los ahorraba.
Son incontables las veces que nos robó, el botín era diverso. Me acuerdo de una vez que mi mamá escondió su aguinaldo, yo nunca supe dónde se encontraba, pero misteriosamente desapareció, mi mamá estaba desconsolada, también robó mi dinero una vez, en navidad.
Podría relatar la sensación de desconfianza y asco, podría describirte cómo odiaba saludarlo el domingo por la mañana, o podría describirte algunas conversaciones comprometedoras, podría hacer una relatoría completa de los agravios, pero tú ya los conoces ¿te acuerdas que tomaba trago todas las malditas noches? no había una sola en la que pudiera dormir del todo bien, sólo me sentía segura si me resguardaba bajo llave, todo el tiempo.
Mamá entonces ya no vivía en la misma casa. Recuerdo que él se orinaba y vomitaba en el pasillo que daba hacia mi cuarto, jamás limpiaba la porquería había que soportarla hasta que esta se desintegraba por sí sola. Me quejé con ustedes infinitamente, pero sólo reprendían al niño un par de días. Viví la escena varias veces, reclamos durante el desayuno, indignación y rabia porque había bajado la guardia y otra vez me había robado, mientras él lo negaba por lo bajo. Parecía que las cosas en esa casa simplemente se evaporaban, pero tú al final siempre reponías la cantidad que fuera, varias veces me negué a recibirte dinero, diciéndote que quería que lo pagase él, porque él me lo había quitado. Pero ustedes siempre lo justificaban. No era alcoholismo, era “bebedor social”, el pobre tenía que acompañarte a las fiestas, el pobre tenía que recogerte de los rezos, y un tequilita no le cae mal a nadie ¿o sí?
Me contaron la historia de que le había faltado oxígeno al nacer, pero yo lo veía muy listo para algunas cosas y no como al pobrecito inútil que ustedes pretendían dibujar.
Uno de los periodos más difíciles fue cuando yo estaba en la prepa y él, borracho, tocaba a mi puerta cada noche, yo abría dos centímetros la hoja y escuchaba a medias durante diez minutos las idioteces que decía. Te pedí muchas veces que no tocara, lo reprendiste pero nada funcionó hasta que decidí dejar de abrir.
La peor noche fue en la que murió la bisabuela; esperábamos tan sólo la fatídica llamada telefónica; luego de días de agonía, la llamada llegó a media noche. Escuché cómo sacaban el coche del garaje, después oí como caían botellas en el cuarto de al lado, lo oí bajar y patear la puerta de la habitación de ustedes hasta el cansancio, el abuelo ya se había quejado varias veces de que se le perdieran sumas importantes. Después, subió a mi cuarto y pateó la puerta de la entrada, yo busqué todo aquello con lo que pudiera defenderme, tenía un florero a la mano y el palo de una escoba; la puerta no cedió, pero yo tarde mucho tiempo en poder dormirme, le llamé a mamá pero no contestó el teléfono, y, por fin, me dormí llorando. Al día siguiente les conté todo y una vez más le dieron una reprimenda, durante un par de días hubo un ambiente tenso, después nada. ¿Para qué crees que quería entrar? te lo pregunto ahora como yo me lo preguntaba aquella noche.
Desde ese día tengo una pesadilla que se repite, aun cuando ya no vivo en esa casa. Él rompe el cristal de la puerta, mete la mano y abre para entrar al cuarto. Todas las veces tiene una erección, todas las veces lo mato, suele ser atravesando su cuerpo a la altura del pene con una varilla afilada,  la varilla atraviesa la carne, rápido, otras veces le abro la cabeza con cualquier objeto que tenga a la mano, alguna otra lo decapito, pero jamás dejo que me toqué; amanezco con una sensación de asco. Insisto, a veces parece que el subconsciente sale a flote, a pesar de que nunca hablé de esto con nadie durante dos décadas.
Pero tranquila, sabes que aún queda la peor parte, sabes que fuera de todas nuestras predicciones, él se juntó con una muchacha durante un tiempo, el suficiente para procrear; a los pocos meses, se separaron.
Como era de esperarse, el niño desarrolló problemas afectivos, de lenguaje y una serie de comportamientos extraños que ustedes se negaron a ver ¿Te acuerdas cuando dijeron que había tocado y besado a un niño de su kínder? ¿Te acuerdas que su reacción fue la de escandalizarse porque era un niño, no una niña, y su nieto no podía ser gay? ¿Te acuerdas cuando su madre describió exactamente lo que había hecho con su hermano más pequeño, cómo frotaba sus labios, su cuerpo, exactamente igual que él lo había hecho conmigo hace veinte años? ¿De veras no te hizo recordar, no viste cómo estaban dispuestas todas las luces rojas? ¿No se activaron tus alarmas?
Entonces yo había sugerido varias veces que el niño no llegara a dormir, te había dicho que nada tenía qué hacer en esta casa, que no tenían la custodia compartida, que yo jamás me quedé a dormir en casa de mi padre después de que ellos se divorciaron. Pero tu respuesta siempre fue la misma, era distinto porque yo era niña, y si su hijo también lo fuera “otro gallo cantaría”, pero era su hijo y él tenía todo el derecho como su padre. Mi madre también te pidió que ellos no se metieran a jugar, escondidos debajo de las escaleras: “quién sabe qué madres estarán haciendo”. Podría enumerar cada uno de los indicios, pero para qué, si las consecuencias ya las sabes, si al fin y al cabo tuvo mil y un momentos para estar a solas con el niño, todo ese tiempo justificado por el derecho que tiene un “padre” sobre su hijo.
Tuve la oportunidad de leer el expediente, pude leer todos los detalles sórdidos; lo que relataba durante el baño, las repetidas preguntas que hacían al niño sobre si tú estabas enterada, sus repetidas respuestas de que no, de que nadie sabía nada, de que su papá actuaba así, sólo cuando estaban a solas.
Yo hubiera podido decir sí, ¿quieres que te describa los jadeos que escuchaba desde el cuarto? ¿Quieres que te diga cómo se me erizaba la piel? pero prefería, subirle a la música, no hacer preguntas, no pensar en mis miedos, no recordar nada ni pensar en las causas por las que yo vivía bajo sospecha.
Esta es la peor parte. No sabes cómo me pesa la culpa, no sabes cómo quisiera haberlo denunciado, quizá si no hubiera olvidado esa pequeña historia durante tanto tiempo, tal vez hubiera podido evitar que se repitiera. ¿Sabes que cuando se destapó toda esta mierda, dos primas también hablaron con mi madre para contarle que las había tocado? y cuántas fueron las que se callaron, las que prefirieron olvidar todo, como yo, durante tantos años.
Para ti lo importante del expediente es que no hablaba de violación, lo importante era que no relataba penetración alguna ¿y de veras eso importa? A mí lo que me parecía fundamental es que le había destrozado la vida a Felipe; que una vez más tu hijo, al que tanto quieres y defiendes, le había jodido la vida a alguien, y, además, a alguien cercano a ti.
Por eso empecé diciendo que no te conozco, diciendo que crecí contigo como con una madre, que te amo como parte fundamental de mi escasa familia. Pero la verdad es que no te entiendo, no entiendo cómo la ceguera ha podido llevarte a tanto. Estoy segura de que no quiero ser madre, yo no quiero arrancarme los ojos ni quedarme tuerta para facilitarle el trabajo a mi hijo cuervo. No sé cómo se puede fingir esa ceguera y menos aún, cómo pudieron quedarse en banca rota con tal de conseguirle un amparo, cómo puede estar libre después de haber hecho tanto daño, gracias a ustedes, gracias a ti. No entiendo cómo tuvieron la desfachatez de meter la demanda civil pidiendo la custodia, y agradezco esa orden de restricción como parte de la resolución definitiva.
Mariana, no quiero juzgarte, quiero ser justa, conocerte en todas tus dimensiones. No quiero decir que seas  culpable de una sola de sus acciones;  pero sí creo que tuvieron la posibilidad de prevenir, de enmendar, de corregir, de hacer algo, cualquier cosa. Creo que antepusiste le amor enfermizo por tu hijo-manzanapodrida ante el cuidado de los otros. ¿No sabes que la fruta podrida extiende su corrupción a las demás?
Justo antes de que pasara todo esto y que nos enteráramos del caso y de la demanda, llegamos a comer, y una vez más me robó, me  vació el bolso después de darme un beso de buenas tardes. Nos fuimos rápido porque yo no quise decirles nada, me tragué las lágrimas una vez  más y me fui sin hacer escándalo. Cuando llegamos a la casa le comenté a mí esposo que la gente como él sólo tiene dos finales: terminar preso o muerto. Sinceramente, me alegraría que hubiera sido al menos la primera. Odio el papel de juez, quién soy yo para señalar, pero la verdad es que lo merecía, merecía estar alejado de cualquier posibilidad de seguir repartiendo su ponzoña, pero así funciona el sistema judicial ¿a cuántos tuvieron que comprar? ¿Cuántos miles se gastaron en mordidas? Cuando él estuvo huyendo, no pregunté nunca dónde estaba, de hecho te pedí que no nos lo contaras porque no me interesaba y porque no quería sentirme involucrada, y todavía te indignaste. Siempre  has dicho que soy desconsiderada,  puede que lo sea, pero me parecía el colmo de lo hipocresía preguntar por alguien que no sólo no me importa, sino al que me gustaba saber lejos.  Claro, me dolías tú, Mariana, me dolía ver cómo sufrías, porque tu mundo, él, tu hijo cuervo, tu hijo perro, estaba lejos.
Esta fue la primera vez que no recibimos al año nuevo juntos, desde que él regresó me pediste que no llegáramos a ciertas horas, “porque es tu hijo y no querías que le pusiera malas caras”. Todavía debía seguir sonriendo como durante estos veinte años, en que no ha hecho nada más que apuñalarme por la espalda.

Te adoro, abuela; pero ya me cansé, tiro la venda, no la quiero en los ojos ni como mordaza, por eso te digo aquí algunas de las cosas que oí y vi. Me doy cuenta  de que esto nos aleja, me siento como una barca que se aleja ineludiblemente de la playa. Quité la costra para curar esta infección, quiero dejar de matar en sueños, quiero no sentir culpa por haber callado, por eso ahora te lo repito, te lo intenté explicar cuando salió el caso y te indignaste, diciendo que cómo era posible que desconfiara de él de esa forma. No es desconfianza, se llama certeza, se llama rencor porque nadie tiene derecho a hacer lo que él hizo con mi cuerpo, se llama rabia porque me hizo sentir culpable todo este tiempo, yo sólo tenía cuatro años, qué más podía sentir que esa sensación de pena. Pero supongo que saberlo no te servirá de nada, porque en el fondo creo que siempre has sabido todas estas cosas, me niego a creer que seas tan ciega,  quizá prefieres  negarlas. Te juro que no quería decírtelo todo,  te juro que no quiero juzgarte, ni que sientas culpa. Yo no quería que esto pasara y menos que el círculo se cerrara de esta forma, pero prefiero echar alcohol sobre la herida para curarla, aunque me arda. 

orquidea psicopata

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Agradezco sus comentarios y sugerencias para mejorar¡