lunes, 21 de marzo de 2016

Mara



Mariana se dirige hacia la tienda. Habitualmente olvida comprar suficiente leche, podría olvidársele cualquier otra cosa, sin embargo, olvida anotar justo eso en la lista de la compra. Después  de trabajar durante doce horas y de estar parada por lo menos diez en la tienda de ropa;  de ocho de la mañana a ocho de la noche,  de lunes a viernes, la última cosa que le apetece el sábado temprano es salir  comprar leche para el desayuno.
Mara arrastra los pies dos cuadras y gira a la izquierda. Entra a la tienda, mecánicamente abre la puerta del frigorífico, reniega mentalmente por cada peso y centavo de más que debe pagar al comprar las cosas en esta tienda; está convencida de que si recordara todo al anotar la lista del supermercado, se ahorraría varios miles al año. Coloca con desgana las monedas sobre el mostrador y agacha la cabeza, sintiendo otra vez la mirada insistente de la dependienta; debe ser sólo unos años menor, pero cómo puede ser tan infantil ¿sus padres no le enseñaron que ver fijamente es de mala educación? sus padres seguramente la enviaron hasta la preparatoria, pero parece que no le ha servido de mucho; terminó como la mayoría de las chicas de su edad, haciendo turnos interminables en una franquicia como esta. Maquinalmente da las gracias, y se maldice por hacerlo, pero se siente aún más incómoda cuando no lo hace, a pesar de soportar la persistente mirada de la chica.
Mariana es flaca como una vara, se parece a Betsi Gibbons, su cabello revuelto y de colores se le desparrama por la nuca, cayendo como cascada, de la improvisada cola de caballo. Siempre se viste igual los fines de semana, usa su camiseta favorita, tiene la cara de Pattie Smith dibujada en la espalda, es tan vieja que se transparenta un poco, ¿de veras es tan raro que no use sujetador?
Nada más abrir la puerta se encuentra con un par de sobres, antes de recogerlos ya sabe de qué se tratan, uno es su estado de cuenta, aun sin abrirlo puede ver la gráfica de pastel en color rojo, mostrando el porcentaje de crecimiento del 0.1% de sus miserables ahorros. La otra es una postal de color verde que dice en la portada: Vive el momento presente porque tu futuro siempre depende de él, al reverso, con una pésima caligrafía, dice: Que Dios te bendiga siempre. Papá.
Mara coloca la postal sobre la mesa, recargada en la caja de cereal, como su interlocutora, y saborea una a una las palabras, paladea aquellas cosas que le hubiera gustado responder. Un discurso que parece saberse de memoria, una recapitulación de agravios.

Mi nombre es la primera cosa irónica que apareció en mi vida. Mi padre esperaba tener un niño y ponerle Mario, por el abuelo. Mi madre, desde que supo que yo sería niña, insistió en llamarme María, por suerte no pudo negociarlo.
Pero ella, tonta, insistió durante mi infancia, y a pesar de no haber logrado su propósito, me llamaba Mary de cariño. Por qué los nombres tienen diminutivos; por qué no se ahorran el esfuerzo al escribir el nombre en el acta de nacimiento en vez de ahorrarse el esfuerzo cada vez que hacen una contracción verbal. Me revienta los tímpanos la creciente tendencia de acortar siempre las palabras: “pásame el celu”, “obi te quiero” y demás estupideces similares.
Me dicen Mara, como un oscuro personaje bíblico, no como Salomé o Lilith, sino como la mujer víctima. Soy la queja de la plañidera que llora mientras dice “que Dios la ha llenado de amargura”. Mara como el personaje de la Crucifixión Rosada, esa trilogía de Henry Miller. Como un demonio tercermundista.
Mira el anillo que cuelga de mi nariz, los aros que cuelgan de mis cejas, uno, dos, tres, cuatro; mira mis pantalones rotos, el gancho que sale de mi mejilla izquierda, la cadena que nace de la oreja y se conecta con el piercing al lado de la boca. Mira la tinta azul que adorna mis pantorrillas y mis brazos, mi pelo de colores; mírame, siéntete en confianza, la gente lo hace todo el tiempo.
Mi vida está a menudo rodeada de pretensiones. Supongo que esto le ocurre a todo el mundo, al mundo no, a la gente, la pretensión más seria es el lenguaje, y bien, ahora pretendo enumerar, contarte algunas de las situaciones más vergonzosas que  han ocurrido en mi vida. Iba a decir embarazosas ¿te das cuenta de las trampas que  nos colocamos?
Creo que todas estas cosas que pensaba platicarte, irremediablemente se relacionan con una situación que no elegí, pero que obviamente ha marcado gran parte de mi vida. A menudo me digo: primero soy persona, después soy individuo y luego soy mujer ¿Qué diría el feminismo de la interseccionalidad? Porque personas como tú dicen querer a sus hijas aunque sean niñas,  son los mismos mochos que a mí me dicen puta y a él lo llaman macho. 
Ser mujer, es la segunda cosa irónica, ridícula, ser la víctima, la que debe ser, la casta, sumisa, servicial, la bonita, la virgen, la fértil, la que tiene ese deseo maternal alumbrándole la vida. La que sólo tiene eso. La que está loca si no entra en el canon de la maternidad, si no busca reproducir uno a uno los errores, los traumas y los miedos, en un niño, en un nuevo reflejo de la ausencia, en una figura invertida.
Te acuerdas que mamá era como un fantasma.  Volvió a trabajar cuando yo tenía cinco años, esto coincidió con mi entrada a la primaria, para entonces ya dormía en mi propia cama, ya era una niña grande,  aunque de veras me sentía pequeña y frágil. Odiaba que  ya no me preparara el desayuno, que no me peinara, ni me ayudase a abrocharme la chaqueta, que no me llevara hasta el salón de clases. Entonces comencé a orinarme frecuentemente por las noches. Recuerdo que soñaba baldosas blancas y que me encontraba sentada sobre la taza del váter, sin embargo, tenían que pasar varias horas para que el líquido frío me despertara y me hiciera descubrir, una vez más, que la experiencia en el baño sólo había sido un sueño.
La abuela tiene incontinencia, aunque la operaron por ello, hace años. Desde ese episodio de mi  infancia, creo que tengo algo parecido, pero nunca quisieron llevarme al ginecólogo, dijeron que era muy chiquita y, aún hoy, me persigue la obsesión de orinar cinco o seis veces antes de salir de casa, para evitar los accidentes que me ocurrieron a los ocho, a los diez y a los doce.
Creo que el problema, en realidad, es que no me enseñaron a reconciliarme con mi útero, a nombrarme, a aceptar los labios oscuros y asimétricos de mi vulva,  mi color encarnizado, mi olor salobre.
A ver Mara, piensa un poco, recuerdas perfectamente que menstruaste por primera vez cuando tenías nueve años, recuerdas el dolor en el vientre y el susto a pesar de que sabías qué era lo que pasaba.  Pero piensa, ¿cuándo te masturbaste por primera vez? un recuerdo tan placentero te evoca tan poco, probablemente tendrías diez años, te encantaba el actor de esa película y te acariciabas pensando en él frecuentemente.
No sabes si el himen es etéreo, transparente, blanco o dorado, pero sí sabes que esa noche el calor que sentías era más grande, de repente sentiste dolor y paraste. Un dolor más agudo que el de cuando te caíste sentada de un árbol y lloraste, y la abuela dijo: “la niña ya se nos desgració”.
 No hubo rastro de sangre ni de ninguna culpa, desde entonces ha sido una de tus prácticas favoritas, a veces monótona. En la secundaria, te masturbabas cinco o seis veces por día; en ocasiones, lo haces dos y otras sólo un par de veces por semana. Durante varios periodos de la vida lo has hecho de manera  mecánica, aunque placentera, a menudo tan sólo para poder dormir. 
En mi vida de chica posmoderna, como parte de la generación “Z”, nacida a finales de los noventa, hay un montón de cosas que no entiendo. A veces creo que me he pegado el viaje  padre y he aparecido en mitad de la edad media, como cuando pienso en quién inventó el mito de que las mujeres no suelen masturbarse; alguien tan ignorante como tú, y seguramente, el mismo idiota que dijo lo del pelo en la mano.
Ahora recuerdo como odiaba las veces en que había salido de ducharme y me sentaba un rato, inspirada, para tocarme. La abuela llamaba insistentemente o de plano abría la puerta, ¡la de veces que estuvo a punto de pillarme!..
La abuela, que también me revisaba los calzones. Recuerdo que me daba vergüenza porque  siempre me mojaba; la abuela se encontraba con manchas blancas que delataban mi excitación absurda, irrefrenable, misteriosa; en esa época de púber, me excitaba cualquier cosa… Vergüenza le debería haber dado a ella, y en fin… vuelves a caer en el juego de la culpa sin recordar que es como la mordida de un perro en una piedra.
Pienso también en aquel episodio, cuando  me fui a estudiar arte a  la universidad, en una ciudad cercana, ubicada a un par de horas. Cerré la  habitación con  llave y atranqué la puerta. Sabía que mi compañera de cuarto, mojigata, y con sólo un par de días en la pensión, no regresaría hasta la tarde. Pero regresó mucho más temprano y me encontró sobre la cama, leyendo un cuento erótico en el ordenador y en una postura comprometedora.
Mara, le ofreciste mil disculpas, pero se asustó tanto que se cambió de cuarto, al día siguiente. En la pensión, circulaban sobre ti los rumores más absurdos; fue otra chica, Marcela, quien  te aconsejó que mejor te cambiaras de casa, porque la dueña estaba añadiendo una cola interminable de detalles al relato.
Mi cuerpo es mío, déjame en paz, sólo yo sé cómo me gusta, a qué hora, con quién. Sé qué me gusta compartir, cómo llenarme, ¿tú qué sabes?, con tus ideas mochas, con tu genealogía de mujeres vestidas de blanco, vestidas de luto, de largo, de mantilla y de rebozo ¡chale, estamos en el siglo veintiuno! ¿Tú en qué año te perdiste?
 El placer, la ablación, la edad media, el misionero… parece que no vivo en el dos mil quince sino en el siglo dieciséis. Cada vez que piso una sala de hospital, escucho aquellos fríos relatos de cómo las mujeres paren hijos sin haber gozado y en la única postura  permitida. Las mismas mujeres a las que tú aplicarías tu censura. Tu único recurso.
Mira, papá ¿todavía te puedo decir así, verdad? hace años que no digo esa palabra, hace años que no pensaba ni siquiera en todo el odio. Años en los que dejé de cuestionarme, en que me cansé de sentir culpa a pesar de la sarta de recriminaciones. Todo se enfría, hasta la cena más caliente.
¿Te acuerdas de la prueba de embarazo? la envolví bien en papel periódico, no sabía que ustedes me revisaban la basura; esa fue una de las últimas veces que te vi, cuando te dije que de haber resultado positiva habría abortado. Si me esfuerzo aún puedo ver tus ojos saltones, tu rostro verde, como si estuvieras a punto de vomitar. A mí también me pasaron en la secundaria ese video donde sacan al feto con fórceps, donde tiran los pedazos a la taza del váter, la diferencia es que tú te la creíste, tú antepones el derecho del feto al derecho de la madre.
Mírame bien, vas a ver que tengo cara de loca. No soy una buena mujer, no sé bien lo que es eso, pero no imagino que algo de la definición me guste. Sólo una vez más te lo voy a decir para ver si te quede claro. No quiero hijos. No te espantes, no es tan grave lo que acabo de decirte. Mi vida la construyo yo y no te estoy preguntando si te gusta, no te pregunté tampoco cuando decidí tatuarme, cuando decidí besar a un hombre, cuando decidí besar a una mujer, cuando decidí acostarme con uno o dos, o tres o mil. Ya te dije, mi cuerpo es mío, mi primer territorio y mi primera posesión.
No me importa tu idea sobre el aborto, no me importan tus juicios de valor, ya no me hacen daño tus palabras ni lo hiriente que fuiste luego de separarte de mi madre. Debes saber que aquí fallaste, no me da miedo la libertad ni el sexo, ni descubrir que tengo un sinfín de posibilidades, pensarme queer, insostenible, loca y puta. No me molesta pensarme de esa forma.
Ya no me siento víctima, no me importan tus supuestos privilegios, a mí no me da miedo salir sola, ni siquiera a las dos de la mañana, porque sé cuidarme como tú nunca lo hiciste. Conozco las rutas seguras para llegar a casa, pero, sobretodo, para estar a salvo de mí misma. Esta soy yo, mi cuerpo, mi cara, mis nalgas, mis ganas, mi hambre. Quizás en  un par de siglos, agarres por fin la onda y veas que no está chido decir que “se ve mal que las mujeres fumen”. ¡Tu presencia me caga tanto como un disco de los Beatles!  De verdad, lo dejemos pa´ otro día, luego te explico, va a estar difícil. Tanto catolicismo te robó, por lo menos, cinco siglos de historia.
No regreses, no vas a ser abuelo. ¡Vete, déjame! Yo no voy a arriesgarme como mi madre, a tener una hija para que su padre la toque. Sabes que ese es el motivo principal, no hay vuelta de hoja. ¡Lárgate¡ Siempre huyes al escuchar estas palabras.










orquidea psicopata

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