lunes, 21 de marzo de 2016

La marea



Mariana nació en una ciudad pequeña, fronteriza, llena de humores variopintos y acentos diferentes. Le hubiera gustado pertenecer a una ciudad caliente, donde los niños van a bañarse  al mar, corren semidesnudos persiguiendo perros y comiendo mangos; quisiera haber olido a sal y a fruta. Pero nació en una ciudad gélida, en un día lluvioso. Un lugar  donde los amaneceres están llenos de niebla e impiden  ver el sol.
Le gustaba imaginar que se llamaba Marina, y no Mariana, Marianita, imaginaba que había nacido un poco más al sur o al este, que tenía la piel tostada y las plantas de los pies suavemente habituadas a la arena; le hubiera gustado ser en parte esencia de salitre y de amaneceres cálidos con sabor de tamarindo.

Vuelvo a mi infancia de pájaros ciegos, de charcos risueños y de perros flacos, de muros sucios y  casas grises.
Vuelvo a mi infancia que encarna la imagen de la contradicción: la  casa burguesa de los abuelos, el piso de piedra natural, la televisión con ciento ochenta canales, y mi barrio: nuevo, sin identidad, con techos de lámina y paredes sin pintar. Vuelvo a la calle que siempre olía a polvo, a estiércol de vaca, a plumas de pollo y a desagües.
La imagen más recurrente es la de los perros de mirada dulce, sarnosos, flacos, que inundaban la calle y a los que mi madre no me dejaba tocar. Y es que yo era la niña frágil, la que se enfermaba si se quitaba los zapatos, la que no corría descalza ni podía correr más de veinte metros sin tener que usar el inhalador, la que torcía los pies cuando caminaba, la que se caía porque tenía  pie plano, la que nunca aprendió a saltar la cuerda, a inflar un globo ni a jugar bien a la pelota.
Mi mundo se redujo durante muchos años a un entorno mágico, un cuadrado de diez por diez, habitado por pájaros, colibríes que llegaban a libar en las flores de mi madre, catarinas (muchas más de las que hay ahora), y “Muñeco”, ese perro mestizo como yo; multicolor,  que me enseñó a jugar a la pelota.
Entonces el jardín era una selva, habitada por campanas, tulipanes, pájaros negros, elotes y manzanas. En esos tiempos mi madre era una mujer distinta, tenía un aspecto descuidado y siempre cantaba en la cocina mientras arreglaba jarrones con rosas cortadas del jardín. Las flores eran de un rojo oscuro, casi negro.
Mi madre se llama Clara, y en verdad es alba, alborea, transparente como un amanecer. Ella sola hubiera podido fabricar ésa semilla, no sé si buscó mal, si no buscó, o si por alguna razón escondida dentro de su orgullo, se dijo que podía tenerme aun con un ser con la naturaleza de mi padre.
Pasaron muchos años para que pudiera conocer parte de su historia, pero desde entonces supe que una tibia tristeza la acompañaba, no es que la viese llorar demasiadas veces durante mi infancia, pero había algo en su voz, en sus ojos y en su sonrisa, que me hacían sentir que una nostalgia tibia y dulce como un gato se le acomodaba en  el vientre, le ronroneaba en la garganta.

 Guarda esos recuerdos de su infancia, las sensaciones que tuvo, las imágenes, como tesoros. Es curioso cómo tantos años después pueda darse cuenta, de que la apreciación que tenía de esos seres, no era errónea.


Su madre tiene las pestañas rizadas; los párpados oscuros, de color café, contrastan con su blanca piel; tiene las mejillas enrojecidas y ojeras permanentes, sus ojos brillan con un destello intermitente que no respeta la risa ni las lágrimas. Lo que más le gustaba de su madre son esos ojos que vienen de la familia del abuelo, ojos enormes y expresivos.


La abuela Soledad tiene la voz muy fuerte, puede resultar desagradable, pero a Mariana nunca le ha parecido eso. Desde pequeña la llama mamá.
Siempre me hablaba en un tono especial, reducía su voz, la contenía, para darme ese tono amelcochado que tanto me gustaba. Admiré siempre su elegancia al mirar a la gente, al saludarla, a pesar de que nunca salió de este pequeño pueblo sus ademanes parecían europeos.  

La recuerdo un día quebrando los platos, lanzándolos al suelo uno a uno, mientras lloraba. Después de divorciarse, cambió mucho; aunque se había esforzado durante diez años por esconderse, por desaparecer bajo esas faldas largas; aunque se disfrazó durante tanto tiempo de esposa abnegada y tonta, se demostró a sí misma que podía ser otra. Y aunque muchas cosas cambiaron, siempre pensaré en ella con la mirada triste mientras arregla un jarrón lleno de flores.

Ni estación es, le dicen apeadero. Veinte metros de cemento a ambos lados de la vía. El tren pasa cada hora, el trayecto dura un poco menos. Las calles son aguanieve y barro, entre los bloques de pisos apenas logra verse el pequeño edificio de ladrillos. Soledad se levanta temprano los lunes para volver a tiempo a casa de los señores. El domingo regresa a mediodía. Todas las semanas igual, ya son seis meses de estar así; del pueblo a la capital, de la capital al pueblo. Atrás quedó la otra rutina diaria; la de caminar hasta la fuente a traer agua, dar de comer a los cerdos,  la cosecha, la siega, la vendimia, según la época, la firmeza dictatorial de sus padres, las injusticias de sus hermanos y, también, el amor de su hermana.

Me encantaba su tono meloso y que siempre tenía golosinas, muñecas de porcelana, frascos de perfume, cajas de música y alhajeros llenos de joyas. A veces me hablaba como a Fido o como la servidumbre y ése tono hiriente y dulce me encantaba.

El cambio vino por la edad, no eran tiempos donde se pudiera elegir. Más tarde llegarían las interminables jornadas haciendo pelucas, otras fábricas por limpiar, correr ante los caballos y la porras de los policías en las manifestaciones, más casas de buenas familias y siempre la suya propia; con tres hijos y un marido malabarista de turnos dobles y terceros trabajos para evitar  números negativos.

Había algo en la voz de mi madre que parecía frágil. Durante toda la vida la he visto como a una hermana; a ésa edad la percibía como una chica triste, tantas veces a punto de quebrarse. No temía a su autoridad, quizá debido a esa voz niña que me reñía y me consolaba segundos después, una voz delgada y dulce.
Procuro evocarla cerrando los ojos y buscando en las imágenes que guardo dentro. La veo en la cocina, incapaz de complacer a mi padre aun con  guisos deliciosos. Veo la cocina de mosaicos amarillos, y ventanas grandes, la veo cantando canciones que tantas veces la hicieron llorar.

 Sube mecánicamente sus catorce años al tren, se sienta siempre junto a la ventana y mira pasar los edificios y los sembradíos desde la duermevela. A veces piensa que eso es pensar, confundir lo que se vive con lo que estaría viviendo si nada hubiera cambiado. El sueño le gana un pedazo de viaje, abre los ojos y ve algunas cabezas por encima de los asientos, algunos pasajeros leen de pie el periódico. Se van acercando las gárgolas negras, vigilantes en lo alto del techo abovedado de vidrio y acero. El tren se va deteniendo con un chirrido metálico, dejando oír los tintineos acompasados, los golpes secos de las puertas que se abren y cierran, el bullicio de los andenes, la gente haciéndose paso por escaleras y túneles.

La casa de la abuela me gustaba tanto que a veces escondía frutas, verduras, o incluso trozos de pastillas aromatizantes para baño, en los bolsillos de mi ropa, para llevarme un pedacito de ella.  Al llegar a casa mi madre los descubría y no entendía por qué los había robado. Lo que quería guardarme en el bolsillo era algo de la claridad de esa casa, era desilusionante ver cómo los objetos perdían su brillo y se volvían comunes.

Disfrutaba trepando en los durazneros del patio; en un árbol había duraznos dulces y amarillos, el otro, más pequeño, tenía frutos blancos con las semillas rojas,  un poco más ácidos.

A las siete de la mañana ya está vestida de uniforme. Da los buenos días, sirve el desayuno, ayuda a vestir a los niños, recibe los primeros encargos del día y comienza por las camas. Se van los señores, y la casa es de la servidumbre. La radio canta las primeras coplas de la mañana, y ella tararea suave mientras barre, friega, limpia el polvo, sacude las alfombras, los cojines, lava ropa, plancha los manteles; a media mañana una pasada rápida por la cocina para una taza de leche y un trozo de pan de ayer.

Soledad es blanda, la persona más débil de mi genealogía, necesita de Dios, como un cachorro necesita de una madre, se ata a él como su recurso imprescindible, lo evoca a la hora de comer, entre comidas y a la hora de la cena, seguro reza antes de dormir, encomendarse a Dios es su plato favorito, y su entremés.

Mi abuelo, me gustaba mucho. Se llama Francisco como su padre. Con él, nunca era posible equivocarse porque te ponía las cosas claras, una carcajada sincera o una voz grave y sentida reprochándote. Me gustaba porque no tenía una  risa fácil, se reía hacia adentro con un gesto en los ojos y una contracción de la barriga, pero sin hacer ruido,  igual a un caracol dentro de su concha.

Con suerte, podrá salir a la esquina si algún ingrediente falta para la comida. La tienda está cerca, pero ella se tarda mirando los  coches, los tranvías como trenes extraviados en busca de una estación, los vestidos estampados, las pieles, los trajes nuevos de los transeúntes que sólo caminan sobre asfalto y nunca llevan barro pegado a los zapatos ni a los pantalones.

Es difícil hablar con ella, pone la atención de una niña, pero busca siempre la moraleja. Mi abuela pertenece a otro siglo, su mundo está lleno de luz y de seres buenos, de pasillos enormes iluminados con arañas pendientes del techo, un mundo que mezcla carteles de neón, vestidos victorianos, maquillaje discreto, hadas, príncipes, princesas y carteles de Hollywood, todo salpicado por una fina lluvia de color dorado, que quizá pueda traducirse como la omnipresencia divina.

Le gustaba el silencio, prefería no hablar mucho, la mayoría del tiempo decidía alejarse, a la sala o a su habitación y cerrar las puertas. Mariana siempre lo seguía desde que tenía pocos años, aunque él viera películas en idiomas que no entendía, o se quedara callado, leyendo, durante mucho rato;  le gustaba su aire, jugar alrededor de él, sin hacer ruido, para respirar ése airecillo polvoso y solemne que parecía  espeso a su alrededor. Con él, descubrió mucho de lo que  disfrutaba.

Cuando llega la tarde la casa se va llenando, el señor quiere su copa, sus pantuflas, su puro y su libro. La señora quiere tranquilidad, una tila, que le preparen el baño y que pongan su novela en la radio. Trajinar en silencio cansa más, hay una tensión que sólo el silencio del sueño consigue romper.

Me gustaba mucho ojear sus libros, un libro de primates era mi favorito, me gustaba la variedad de extrañas posturas, me gustaba ese libro por sus colores vivos y sus hojas gruesas y brillantes, todavía no sabía leer pero pedía ver las fotografías para que me contasen historias.

Son más de las once cuando puede retirarse. Comparte un pequeño cuarto con Rosa, la encargada de la cocina. En diez metros cuadrados, hay dos catres, con una silla a los pies. Un viejo aparador, una lámpara en la mesita y una ventana que mira al patio. No se necesita más para dormir, normalmente mira al techo, y siente el olor a jabón de las sábanas blancas.

Las películas fueron pocas y duraron poco tiempo. Cuando él aún conservaba sus cintas de video y me decía seriamente que iba a ver una película “de gente grande”, me predisponía a prestarle atención y a pensar que sería una lección importante, y al terminar, en efecto, yo sentía que había aprendido algo, aunque hubiese visto “la bella durmiente del bosque”. Luego vendió todas las cintas y llegó la televisión por cable con la que se terminaron las películas interesantes y las cambió por la programación chatarra de cine de “estreno”, proyectada sesenta veces por mes, o sea dos veces por día, por la tarde y a la media noche, por si quedaba duda. Los libros que me dio dejaron la huella más honda en mi vida, y que aún ahora ocupa la mayor parte de mi tiempo y de mis prioridades.

Recuerdo la comida de mi madre, la sensación al sembrar hortalizas en el jardín: rábanos, zanahorias, fresas…

La biblioteca estaba en el cuarto de planchado. Había muchos libros y muchos objetos que le parecían mágicos. Había reglas y moldes para hacer dibujos de formas extrañas, rompecabezas, óleos, frascos de tinta china, colores de madera, figuritas y sobre todo un armario que en cuanto era abierto, inundaba con un cierto olor a madera y polvo, el pequeño cuarto.

Cuando mis padres se divorciaron, tenía ocho años; mi padre soltó todo su veneno para contarme cosas acerca de mi madre, de sus amantes, de sus errores, de su aborto, de lo aberrantes que eran las decisiones que ella había tomado en su vida, yo le creí y durante mucho tiempo sentí un odio sordo por  mi madre, pero a él también comencé a odiarlo porque sus palabras quemaban por dentro, ardían.

Nunca tuvimos nada en común, mi madre nos unió por casualidad o por destino, quizá para que mi padre fuese mi tragedia griega, para ser Electra y luego Edipo, cuando tuve diez años ya no pude soportarlo por lo que me había dicho, por lo que había hecho en mi madre, porque había intentado mancharme de diferentes formas y de alguna, había logrado ensuciarme con su rencor y su miedo.

Recuerdo los cuentos para colorear y los que traían letras y  dibujos, narrados en un casete, esas cintas me gustaban mucho, me emocionaban sin importar cuántas veces las hubiera oído antes.

Su tono de voz era más bien plano, las únicas  observaciones destacables que recuerdo eran sobre las maravillosas ventajas de hacer ejercicio, o alguna frase venida  de un libro de superación personal,  sobre cómo hablar en público y cómo ser una persona exitosa, aunque obviamente, él no hacía ninguna de ésas cosas.

Mi abuelo decidió seguir con los libros el mismo proceso que con las películas, diciéndome que eso no era un libro para niños, que ese era un libro para “gente grande”. Yo comenzaba a leerlo emocionada.

Mi abuelo marcaba el fin del mundo, su dimensión, qué tan grande era éste, pero, sobre todo, hasta dónde podía llegar.

Cuando mi curiosidad dio muestras de ser demasiado grande, comenzaron a quitar la llave que cerraba el librero porque yo preguntaba por libros “incómodos”, nunca volví a preguntar por ellos y la llave volvió a su sitio y los ojeé muchas veces a escondidas.

De pequeña lo quise mucho y tuve ese enamoramiento del que hablan los psicólogos, aunque en realidad nunca me dio motivos para gustarme, no era una persona de ojos tristes, ni tenía la elegancia de mi abuela, no era en absoluto interesante, era sólo mi padre; poco a poco fui desprendiéndome de  él, como una costra. Era católico, conservador, leía poco, le gustaba el fútbol y los deportes, era una de ésas personas que suelen no gustarme, pero yo aún seguía queriéndolo.

 Cada vez que iba a verlo no podía evitar sentirme disgustada con su familia, ¿mi familia? con su forma de ser, de reír, de comer, yo no era parte de ese mundo, era un extraña y me hacían sentir como tal, todos esos seres oscuros.

Esta noche soñé que era otra, soñé que cantaba hasta quedarme ronca, me reía tanto que empezaba a pensar que estaba loca. Yo era la otra, ella, pero también era yo misma.

 Nunca volví a darle una oportunidad, mi padre es un ser gris que lleva una vida lejos de la mía, un personaje al que llamaría Nada, porque nada destacable representa.

Lo confuso del sueño es que cuando ella me hablaba la miraba como a otra, pero al llegar a casa y verme en el espejo de la entrada, me vi exactamente igual a ella. Quizá por eso le dije que me deprimían los espejos, me ayudó a colocar una tela sobre el vidrio.

 Cuando tenía once años me dio un libro que hablaba sobre un divorcio, había un suicidio, el tío de la chica la obligaba a ver pornografía para después violarla, luego de seguir siete sencillos pasos, todos se perdonaban y la historia tenia un final cristiano y conmovedor, me preguntaba si de verdad lo había leído y, sobre todo cómo podía dármelo, era asqueroso y tan poco creíble como esos “guerreros”  lograban sanar y recuperarse.

Cuando cantaba, yo me dejaba tocar, entraba en  trance y ni siquiera me daba cuenta de las manos que recorrían mis senos y me alzaban la camiseta, luego la puerta y el desfile de rostros confusos uno a uno, la marcha interminable con la canción de fondo, sonando a lo lejos y también resonando en mis pulmones, en mi caja torácica, estallándome por dentro, la música humedeciéndome, escurriéndome, vaciándome, llenándome, dejándome indefensa. Tú preguntabas ¿es justo, se lo merecía, se daba realmente cuenta de que sus piernas pendían laxas, deshilachadas, igualitas que las de una marioneta?

Desde entonces, Mariana odia a la mayoría de mortales religiosos, le recuerdan el moralismo de su padre, lleno de contradicciones, y esa ocasión en la que su padre estuvo a punto de tocarla, ¿Qué diría su Dios? ¿El vengativo o el tolerante? si ella hubiera sido un poco más tonta, si no hubiera corrido despavorida a la cocina de la abuela; se llamaba Santa Eulalia, era realmente buena, por la noche podía verse un halo a su alrededor.

Lanzando los platos al suelo, uno por uno, deteniéndose a escuchar el sonido de su impacto. Lentamente, colocando las rosas por última vez en esta casa vacía, ésta que no volverá a pisar nunca, reconciliándose con sus muros y llorando una oración, una plegaria a los colibríes, al perro, a las ratas, a los seres de los que se despide; llorando, brotando como un río, mientras su hija de cuatro años la observa lavarse la cara, ponerse rímel, colocarse el brillo de los ojos, la sonrisa en la cara y el rojo sobre los labios; poner el jarrón sobre la mesa, cerrar la puerta.  

La abuela era una santa, doce hijos, y la especial carga del pobre Juan, el pobrecito era esquizofrénico, ni siquiera gritaba cuando Juan la golpeaba, cuando estrellaba su cara contra la pila, cuando la llevaba del pelo hasta la cocina para que le dijera dónde había escondido la comida. La abuela era una santa, había aprendido bien, era sigilosa hasta en la desgracia, comedida, discreta y sumisa. Se callaba a pesar de las miradas en la iglesia, cuando ésas viejas enfundadas en chales oscuros, cuando ésas mujeres que no tenían otra cosa que hacer, la señalaban.  Si fueran buenas cristianas se hincarían y pedirían perdón por su pecados, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a santa María siempre virgen, a los santos, a los ángeles y ustedes hermanos para que intercedan por mi ante Dios nuestro señor. La miradas esquivas, por el rabillo del ojo, sus propias hijas cuchicheando a la hora de comer, señalando los moretones con los dedos sucios. Todo honor y toda gloria,  anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección. Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria ¡ven señor Jesús!

En el sueño cantaban, llevaba a muchas detrás, parecían olas, parecían sacadas de una postal. Respiraban al unísono, Ahí lo mismo daba que fuera Theroigne, Elvia Carrillo, Petra Gómez,  Simone, Ramona, Virginia, Aura, Beatriz, Aída, Soledad, Clara o Mariana. Eran una, un solo cuerpo, un solo rostro. A pesar de que algunas gritaban, a pesar de que otras callaban, unas silentes, unas locas, unas pestíferas, otras ígneas, perfumadas. Una sola, en su diferencia,  en su clamor distinto, en su llanto, en su descaro, sólo un rostro en cada carcajada. Me vi en ella, vi mis ojos en los suyos, tuve miedo, le pedí que tapara los espejos.
En el sueño, eran libres, sin dogmas, sin doctrinas, sin rosarios, vaginas de colores: pálidas, rosáceas, negras, verdes, lilas. Iban muchas, parecían olas.  





orquidea psicopata

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