lunes, 21 de marzo de 2016

Horas de sombra y sal




Pásele, joven, ésta es su casa, para servirle, doña Arcadia Cruz, viuda de Romero. Aunque usted ya sabe que en el barrio nos dicen matagatos. Pues sí, la historia es larga y supongo que de eso también va a querer que le platique. Para qué le digo que no, si la verdad estoy re-emocionada, yo pensaba que esto de las entrevistas era nomás para las artistas que salen en la tele, yo creía que a una mujer humilde como yo, no le pasaban estas cosas. Tiene razón, es mejor empezar por el principio.
Pues mire, todavía recuerdo a Artemio, un gato negro que nos visitaba, se dejaba abrazar cuando le poníamos  comida, mataba a los ratones de la casa y dejaba las cabezas en el patio para que las viéramos; mi papá, en agradecimiento, le puso un collar muy lindo, de tela con una plaquita de bronce. Algo le debieron haber hecho porque dejó de llegar durante años, mucho tiempo después nos pareció reconocerlo, estaba bastante flaco y cuando nos quisimos acercar para agarrarlo, salió corriendo, quién sabe si era él, yo creo que sí y que llegó a despedirse, nunca lo volvimos a ver.
Mis papás eran gente muy sencilla, aunque teníamos primos que eran gente bien; hicieron dinero, pusieron tienda, abrieron  negocios. Mi bisabuelo era español, se casó en Yajalón con la bisabuela Trini, dicen que él tenía un carácter fuerte, yo ya no lo conocí y eso que vivió mucho, pero como tuvieron tantos hijos… en total nacieron trece,  mi abuelo fue el penúltimo,  ya no le tocó convivir mucho con el viejo. Sólo se lograron siete, los otros tíos murieron, la mayoría de chiquitos, usted ya sabe. Así era la vida en ese entonces, mi abuelo fue capataz en los cafetales, papá dice que el viejo era duro, se murió en una  caída del caballo, apenas me acuerdo de él, yo tenía unos seis años cuando el pobrecito nos dejó. 
Mi papacito también comenzó a trabajar desde muy chico en los cafetales, pero después se volvió técnico, hacía en el torno todo lo que necesitaba para arreglar  las máquinas. Sí, joven, yo también conocí  algunas fincas cuando era niña, todavía vivimos con mi papá por esos rumbos; ahí por el Soconusco dilatamos un tiempo. Pero como mi mamá sí era de San Cristóbal,  pues siempre tuvieron la espinita de regresarse para acá, y nos vinimos desde que yo tenía unos ocho años.  Pues claro que soy coleta, si yo nací acá, sólo hacíamos algunos viajes a las fincas, pero nos regresábamos con mi mamá cada vez que estaba esperando, para que la ayudara mi abuelita con su quehacer. Es que yo tuve siete hermanos, cinco ya fallecieron, ¡que Dios los tenga en su santa gloria! Sólo quedamos mi hermana Tere y yo, ella es más chica.
Yo fui la primera de todos los hermanos, a mí sí me tocó la vida dura y ayudarle a mi mamita con los hermanos. Mi mamá hacía tortillas, pero no crea, sólo por encargos, yo las llevaba en una canasta para las vecinas, ahí donde vivíamos, en el barrio de La Merced; también me iba tempranito a moler el maíz al molino y a traer carbón.  Con lo que sacaba mi mamá de la venta y lo que nos mandaba mi papá, íbamos saliendo. Teresa fue la quinta en nacer, ya le tocaron otros tiempos, mi papá se quedo acá y puso su torno en San Cristóbal,  nos empezó a ir mejor.  Por ese entonces yo entré a la primaria, tenía como  diez años, pero estudié hasta los catorce, me quedé en el cuarto año y ya no pude seguir estudiando.
Mis hermanos sí llegaron al bachillerato, los varones, Gilberto terminó ya de grande su carrera de abogado, y Heriberto, el que me sigue; mi hermanito era un santo, terminó el bachillerato y se siguió  preparando para ser maestro de secundaria. Era un orgullo, ya sabe cuánto  ganan ahora los maestros, pero era más en ese entonces, además, consiguió dos plazas, una en una Telesecundaria y otra plaza Federal. ¡Si viera como le iba de bien¡ Y  no vaya usté a creer que era codo, si hasta nos invitaba a comer con mi santo esposo y mis muchachos. Bueno, es que por él conocí a mi difunto Carmelo ¡Dios lo tenga en su santa gloria! Eran amigos, a veces echaban sus traguitos juntos, mi difunto marido era zapatero, fue humilde pero honrado mi señor, y pues yo ya tenía catorce años, ya sabe usted que en ese entonces las muchachas no llegaban solteras a los dieciocho. A veces llegaban a la casa, hasta mi papá se tomaba su tequilita para brindar con sus amigos, pues ya ve, me lo presentó y hasta al cine fuimos varias veces, no vaya creer que sola, la tenían a una que acompañar, no se podía salir sola ni siquiera para ir a traer el pan.  Había que llevar también  a los chaperones como les llamaban entonces, a mí me acompañaban mis dos hermanos, porque estaban chiquitos  y les gustaban las películas del matiné. 
Me casé con él a los quince y al, poquito, diosito nos bendijo con mi primer muchacho, mi Paco fue el único que se quedó conmigo, si no fuera por él,  yo viviría sola, y ya ve que una a esta edad ya no puede hacer las mismas cosas, cada día me entra más grande la fatiga. Quién sabe porqué Dios hace las cosas, ya ve que nuestro primer hijo nació enfermo, sí es él, el mismito que le abrió la puerta. Me ayuda en lo que puede, pero apenas sabe valerse solo, tiene que tomar sus medicinas y con eso se mantiene estable, ¡ay si viera cuántos quebraderos de cabeza nos dio mi primer muchacho! De chiquito era callado, era muy rara la vez que hablaba, haciendo esfuerzos lo mandamos a la escuela, pero de plano salió malo para las letras y ya ve, luego lo llevamos al médico cuando le dieron algunas crisis, ya hace tiempo que no le dan las convulsiones, por eso debo de estar bien pendiente de sus pastillas; él solo se programa el relojito que le regaló su hermana y con eso no fallamos. Lo peor es que a la gente le encanta el chisme y dijeron que nuestro Paco nació mal porque éramos alcohólicos, y que de seguro, el Carmelo le hizo daño al niño con alguna de las palizas que me daba. Mi Carmelo sí tomaba para qué le voy a mentir, si usté ya sabe que andamos en boca de todo mundo, le gustaba echarse sus copitas y no le gustaba brindar sólo, pero una es mujer decente, yo nada más besaba el vaso. Y pues sí, tenía carácter fuerte, pero no me pegaba siempre, los esposos son como los padres y si una, aun sin querer,  les da motivos, pues es una manera de corregirnos. Por eso, ahora los niños salen tan irresponsables porque con esa moda de no pegarles, ya ni caso le hacen a una.
Bueno, ya debo de estarlo aburriendo y me imagino que querrá usted saber de mi Mariana, fíjese que ni cuando lo del accidente me entrevistaron, pero ella sí salió en el periódico, esos desgraciados la sacaron así con la sábana blanca. ¡Tan bonita que era mi Mariana, era como la luz del sol! 
Diosito sólo nos mando cuatro hijos, a mi Paco usted ya lo conoce, la segunda fue Rocío, ella vive lejos, es buena para el estudio, siempre fue trabajadora; estudió una de esas carreras raras, pero ni qué decirle porque ella sola salió adelante, no teníamos cómo apoyarla. Es Licenciada en Antropología, mire ahí tengo colgada su foto de la graduación. Ella es la que más me llama, nos manda siempre algo para los cumpleaños y por navidad. Usted perdóneme, pero hace tanto que no la veo, que se me salen las lágrimas sin querer, siempre me deposita algo para los medicamentos de su hermano o para cualquier cosa que podamos necesitar. Cuando llama, le digo que es una santa Todavía tengo esperanza que algún día me dé  nietos, y eso que mi Rocío ya va a cumplir los treinta y ocho, pero no se ha casado, yo creo que ni novio tiene de tan ocupada que está ¡qué rápido se pasa el tiempo!
La tercera en nacer fue mi Mariana, era una bebé preciosa, nació el veintiocho de marzo y así mismito era, como un día soleado. Ya le conté que el bisabuelo era español, mi abuelito guardó una fotografía vieja  de su tía Milagros, él todavía la conoció, y aunque es en blanco y negro se ve que era una mujer hermosa, dice que tenía unos preciosos ojos claros, los mismitos que heredó mi Marianita; eran celestes pero con unas manchitas más oscuras, color violeta. ¡Ya ni le digo, joven, cuántas horas me pasé abrazándola, contándole los deditos y observando sus ojos puros! Era preciosa y, sin saberlo, esa fue nuestra desgracia. Cuando murió tenía apenas trece años. ¡Yo le juro que era una niña, mi Mariana era como un ángel! No, nosotros no supimos nada, no supimos qué pasó. Ya sé que la gente se puso a hablar, dijeron que se había escapado de la casa, que de seguro se había ido con un hombre. Se lo digo yo, que soy su madre, yo la conocía de veras y ella era como una paloma blanca. No supimos quién se la llevó, no supimos si salió a la tienda, pero no creo, porque ella siempre me avisaba. Sabemos lo que usted.
La encontraron en “La Barranca”, ya sabe que me la desgraciaron y los muy malditos, no conformes, la mataron; tenía una pequeña marca oscura alrededor del cuello, nada más; y estaba así tan pálida, tan desnuda como un pájaro, le digo que yo le decía así: ¡Mi palomita blanca! Ese día, cuando la vi por la mañana, llevaba un vestido celeste, un vestidito que yo le hice en la máquina de mi hermana, el color de la tela le resaltaba los ojos. La encontramos con los ojos abiertos; me pasé muchas, muchas horas, mirando por última vez sus bellos ojos antes de cerrárselos. Me hundí en ellos como cuando era bebé y la cargaba, y me perdía mirando esas rayitas oscuras, enumerándolas hasta que perdía la cuenta. Mi Carmelo pensó que me volvería loca, estuve varios días como muerta, sentí que con ella también a mí se me iba extinguiendo poco a poco la vida. No comía, no hablaba, no me bañaba, no quería caminar, me cuidaron varios meses hasta que se me fue pasando, me agarraban de la mano y me arrastraban como a una niña, algo me abandonó ese día que me la robaron. Mi hermana y mis sobrinas se quedaron conmigo hasta que me repuse. Ya sabía que no iba a ser fácil contárselo, pero ha pasado tanto tiempo que ya puedo hablar de ella sin que se me cierre la garganta. Mi Mariana fue la primera muchacha que mataron ahí y, durante muchos años, fue la única; ni siquiera entonces me entrevistaron, se contentaron con sacar su foto en el periódico; su carita pálida, la marca en su cuello y la sábana blanca. Nosotros no dimos la autorización pero tampoco nos preguntaron.
Yo no quise hablar con nadie durante mucho tiempo,  tal vez influyó lo que vi en el periódico, cuando iniciaron la investigación juraron que encontrarían a los culpables, y ya ve, tantos y tantos años, ya se cumplieron veintitrés, y a una se le olvida hasta la impotencia y el coraje y sólo le queda la nostalgia. Abrieron la investigación y no conformes con la pena por la que estábamos pasando, creyeron que el principal culpable era mi Paco, dijeron que su esquizofrenia lo sometía a violentas crisis y que mi Marianita y toda la familia le teníamos pánico. Los  policías no hicieron nada, el periodicazo alimentó los rumores de la gente, pero fuera de eso nunca pasó nada, por supuesto no tenían ninguna prueba. ¿En en qué cabeza podía caber, a quién se le pudo ocurrir tremenda babosada? si mi Paco apenas puede solo, imagínese usted. Nunca encontraron al culpable y ya sabe que la noticia pasó de moda y nadie dijo más. Pasaron varios años hasta que pude volver a salir a la calle.
 Ahí fue cuando me acerqué más al padre Hipólito; en la santa madre iglesia encontré la resignación, le ayudé en todo lo que podía, sobre todo, cuando organizamos la campaña “cristianismo sí, comunismo no” ya sé que el lema nos llegó con treinta años de retraso, pero qué le extraña si al sur todo le llega tarde. El padre quiso organizar unos viacrucis tan grandes como los de Iztapalapa, y es que él era de allá, en su barrio estaba el Cerro de La Estrella, pero la gente hasta con eso se ensaña ¡sálvenos, María santísima!, hasta del padrecito empezaron a hablar pestes, quesque era un “fanático”  religioso y estaba haciendo mucho daño a la comunidad de feligreses ¿Cuáles feligreses? si sólo yo y doña Chonita le ayudamos con la campaña y los desfiles; si el pueblo está lleno de una bola de ateos desgraciados que sólo el domingo van a misa, bien peinados y boleados, para que los vean ahí, paradotes como estatuas. ¡Ay, sagrado corazón, ya ni eso es lo que era antes! El padre de ahora, el padre Heberto, no se esfuerza por predicar los sagrados evangelios, a él lo mismo le da quién llegue a misa, le da igual si llevan escote o minifalda, hasta si llegan acompañados de la querida. 
Disculpe usted, ya sé que la juventud no salió muy religiosa, tampoco mis hijos lo son, fue culpa de nosotros que no les enseñamos más valores. Pero es que me entra la añoranza al pensar que ese primer día que salí a la calle, yo entré en la iglesia como una oveja perdida, me sentía como ciega; estaba tan llena de furia cada vez que pensaba en mi Mariana, pero el consuelo que le supo dar a mi alma el padre, era como un bálsamo, yo andaba confesión tras confesión y era como entrar seguido a la pila bautismal, hasta limpiarse, hasta salir poco a poco redimida. Gracias a esas distracciones que me dio la santa iglesia pude sobrevivir a esa pérdida, que por desgracia no fue la única, pero sí la más difícil de sobrellevar.
Al poco se me enfermó Carmelo, pasamos años difíciles, lo atacó un cáncer de hígado, que para colmo me lo debilitó, pero no se lo llevó rápido. Al final ya no teníamos ni para las medicinas. El pobrecito sufrió mucho, la morfina que nos daban en el Seguro, durante sus últimos días, apenas le hacía efecto para un par de horas ¡Diosito me lo tenga en su gloria! Ya no sé desde cuándo llevo el luto, apenas me lo iba a quitar, pasados unos años de lo de mi Mariana, cuando se me enfermó el Carmelo, se me fue extinguiendo poquito a poco como una vela, fueron años de verlo consumirse sin que pudiéramos hacer nada por él.
Mi Rocío, desde entonces, nos manda dinero, ella se fue a hacer su maestría, yo no entiendo esas cosas del gobierno, dice que le pagan por estudiar, y le pagan bien, gracias a ella pudimos solventar los gastos del entierro, porque lo poco que tenía ahorrado apenas llegaba para la caja, y ni modos que no pagáramos las misas para la salvación de su alma. Ya sabe usted que somos pobres, pero decentes,  a pesar de lo que digan de nosotros.
Pero permítame, mire, nada más le enseño esta foto, verdad que era un bebé chulísimo, hasta sus pestañitas rizaditas tenía mi Juan, parece niño Dios, que me perdone por decir eso, el niño santo. Es que no le he contado nada de mi Juan, mi último hijo, hace mucho que no lo veo, ni siquiera sé a dónde se fue a vivir. Ese muchacho sí  nos dio dolores de cabeza, primero le gustó el trago, su papá no decía nada porque era cosa de hombres, pero después nos dimos cuenta de que estaba en drogas. Mi Juan se llevó la tele, el modular, nuestros ahorros… no vaya a creer que siempre fuimos igual de pobres,  y antes de irse hasta se robaba trastes, empeñaba todo. Ya sé que estaba enfermo, y que por la maldita droga llegó a robar hasta a su santa madre. Rezo todos los días por su salvación. Yo no creo que sea un ingrato, creo que no pude inculcarle todo sola, fue mi culpa, porque para entonces el Carmelo ya estaba postrado en esa cama, y no crea que es fácil educar a un hijo sola, sobre todo, porque su carácter siempre fue así, parecía mula, potro salvaje. Desde que  era chiquito uno le decía: “no vayas a hacer tal cosa”, zas, directito que se iba para hacerlo. A veces, los gatos que vienen me recuerdan al Juan, al principio son ariscos, llegan llenos de heridas, de costras, huelen a macho y cantina, pero después una los cura, y al paso del tiempo se vuelven dóciles. Ojalá algún día lo lleguen a ver mis ojos aparecer por esa puerta, estoy cada día más vieja, pero espero que Dios me preste vida para verlo regresar.
Pues sí, ahora sí le cuento como empezó la historia de los gatos. ¿No quiere más cafecito? Ahorita se lo pongo., ¿Quiere con su rajita de canela y su cascarita de naranja? Claro que así sale más rico y perfumado, así lo hacía mi mamacita ¡que en gloria esté!
Al primero que llegó le pusimos Bola, no sé de dónde salió, tenía manchas negras, blancas y anaranjadas,  y traía cataratas en un ojo, Gladys dice que no es común en gatos sino en perros, pero él tenía como una nube en el ojo izquierdo. Ahorita le cuento más de Gladys, aunque usted ya la conoce. El Bola seguía por toda la casa a mi Paco, parecía su sombra, dormían juntos, comían a la misma hora; yo siento que mi Paco empezó a ser más sociable gracias a ese primer gato. Cuando llegó ya se veía viejo, pero vivió bastantes años, y eso que le pusimos Bola porque tenía una bolita del lado izquierdo, cerca de la pata, con el tiempo empezó a renquear, pero no le creció mucho en todos esos años. No teníamos para el veterinario y nunca lo llevamos para ver si lo podían operar, en ese entonces no conocíamos a Gladys. Pero ni falta que le hacía caminar, mi Paco lo llevaba abrazado las veinticuatro horas y el gatote panzudo se dejaba como un bebé de brazos. Mi Carmelo ya estaba enfermo, sino lo hubiera corrido a patadas.  Viera que en parte todo ocurrió por él, para que no lo mataran y que el Paco no se me pusiera triste. Usted ya sabe que nos apodan “matagatos. La cosa fue así: ya me había encontrado unas gallinas muertas, esas ni las comió, sólo las mató, y de los pollos sólo encontraba las plumas;  yo  sabía que el Bola no había sido porque el pobrecito apenas podía salir al patio para hacer sus necesidades, él siempre estaba adentro de la casa, persiguiendo a Paco, y no salía en la noche, porque dormían juntos.
Era un gato blanco, bastante grande, lo vi salir de la cocina corriendo con una presa de pollo, el gato se las ingenió para entrar no sé por dónde y empezó a robarse cosas de la cocina. Pero lo que más coraje me dio, fue cuando vi que atacó al Bola, le arañó un ojo, el ojo bueno y pensé que me lo había dejado ciego, estuvo a punto de matarlo. Entonces me dije, ahora sí me lo friego a éste desgraciado, compré el veneno y lo dejé en el patio, esa noche encerramos al Bola para que no saliera ni del cuarto. Al día siguiente, me encontré diez gatos muertos regados por el patio, el ladrón resulto gata y con gatitos pequeños, le juro que a los otros nunca los había visto.
 Mi Rocío todavía no se había ido a vivir fuera, ella escuchó mis gritos y salió corriendo, ¡y a ella que le gustan tanto los animales! Mire, aquí está ella dándole su comida al Bola, esa es la única foto que le tomamos al pobrecito. Pues sí, la Rocío me dejó de hablar cuando le dije llorando que yo había puesto un platito con carne envenenada, le dije que era para salvar al Bola, que ese gato nos robaba comida, que fue un accidente, que no sabía que bajaban al patio tantos gatos, que no sabía que había tantos gatos sueltos por el barrio. Ninguna excusa le valió, se llevó sus cosas al día siguiente y se fue para la casa de mi hermana.  Se disculpó llorando, buscando a los dueños entre los vecinos, los entregó limpios y perfumados, en cajitas blancas, aunque más de uno no quiso ni recibirlo para enterrarlo; irónicamente, la gata blanca con sus tres gatitos, terminaron aquí enterrados.
Vaya usté a ver el escándalo, yo no podía con la pena, no quería ni asomar la nariz a la puerta. Hice penitencia más de cuarenta días, desde entonces no como carne, es que estuve a pan y agua varios meses. Fui a confesarme unas diez veces con el padre Hipólito, no me perdonaba el haber matado a esas criaturitas del señor.  La culpa no me dejaba ni dormir. Como dicen por ahí, siempre pagan justos por pecadores, la gente dijo que mi Paco los había ahorcado uno por uno. ¡Vaya usté a creer, lo que hay que oír, niño santo! Él que quería tanto al Bola.
Durante mucho tiempo sólo tuvimos cuatro; va a creer que estoy loca, pero yo siempre les hablo. Me recordaban a mis hijos y  les hablaba como si fueran ellos. Viera que la Violeta es la gatita más linda que pisó esta casa, la encontramos en la calle medio muerta, se recuperó rápido, tenía los ojos celestes, como de siamés, pero era gris con rayas blancas, sus ojos tenían manchitas negras que me recordaban a los de mi Mariana. Se perdió cuando iba a cumplir  dos años de estar con nosotros, me dolió tanto como si se hubieran llevado a mi Mariana por segunda vez. Puede que entonces se le ocurriera a mi Rocío contactar a Gladys para que me visitara, puede que sólo entonces, tantos años después, haya creído  de veras en mi arrepentimiento. Cuando Gladys me conoció teníamos pocos, ella nos trajo algunos más, pero la mayoría llegan solos. Ahorita tenemos veinte. Gladys y mi Chio fueron amigas en la prepa, yo apenas la recordaba, me dijo que era bióloga y que trabajaba en una asociación, no sabía para qué me contaba esas cosas, hasta que me propuso lo de la casa de descanso, dijo que el proyecto ya se lo habían autorizado, pero lo más difícil era contar con un espacio para ellos donde  no estuvieran solos.
Viene cada cierto tiempo, cuando hay un gato nuevo se lo lleva para esterilizarlo, tenemos tantos que es importante evitar que se peleen, mire ahí están todas su camas, son todas cajas de frutas forradas de tela, nos quedaron rebonitas, ¿no? Hasta el Paco nos ayudó a colocarlas. Gladys  compra los sacos de comida y  viene a revisarlos por si hay alguno enfermo, aunque en realidad todos tienen lo suyo. Aquí sólo vienen los gatos como yo, viejos, feos, achacosos y enfermos, gatos llenos de recuerdos. Aquí se vienen a morir, esta es su última casa, me trae a los que sabe que ya no tienen una segunda oportunidad. Cuando encontramos algún gatito pequeño mejor ni nos encariñamos, porque sabemos que a ellos los adoptan rápido y apenas duran semanas aquí, antes de que Gladys se los lleve.
Sí, nos paga una pequeña renta, con eso hemos ahorrado para techar el patio y cerrar todo para que no se vayan. Sé por cuenta propia que el mundo, así como está ahora, no es un lugar seguro para los gatos, son demasiado buenos, demasiado hermosos, me recuerdan siempre a mi Mariana. Fíjese que no, hasta ahora los vecinos no se han quejado, los gatos son muy limpios aunque tengan mala fama, también en eso se parecen a nosotros. Yo no tengo que limpiar nada porque hacen sus necesidades en el patio y tienen suficiente espacio para estar todos. Sí, todavía nos llaman “matagatos”, qué chistoso; ya sé que es muy mal nombre para un refugio, por eso Gladys escogió “La última morada”.
Bueno, joven, cuando guste, esta es su casa. Disculpe por haberlo entretenido tantas horas, pero es que normalmente sólo platico con los gatos. Perdone usted, pero a veces estas horas de sombra y sal se vuelven tan pesadas. Ya sabe que aquí le preparamos su cafecito con su rajita de canela  y naranja, ojalá pueda venir el sábado, es el día en que por lo regular viene a vernos mi hermana, aunque sea media hora. Le puedo pedir que traiga sus álbumes, tiene un montón de fotos de la familia. Sí, ya sé que a usted las que le van a servir son las de los gatos, también tiene de ellos, mis sobrinas las han tomado con su cámara. No se preocupe, en cuanto me llame, yo le digo que las traiga. 













orquidea psicopata

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Agradezco sus comentarios y sugerencias para mejorar¡