domingo, 22 de junio de 2014

Camino





Esta no es la crónica de un viaje, con el tiempo aprendí que es más importante definir lo que no se es y lo que no se quiere, aunque no sepamos decir cuál es el lugar a dónde vamos o al que pertenecemos.
Me deje llevar. ¿En qué momento? Me deje atrapar por la telaraña de meta-conceptos, la felicidad, el amor, la libertad como objetivos de vida, como puertos para desembarcar,  me fui perdiendo en la densa niebla de rostros, de toda esta gente que se dirige como yo hacia ninguna parte.
La palabra es cuchillo.  ¿Y en qué instante la palabra se pone de mi lado si sólo la empuño tras la hoja en blanco? Sólo puedo esconderme entre estas letras una vez que me siento  herida y ya estoy sangrando. Menuda arma escogí para la vida, un arma poco práctica, como me volví yo misma.
Un arma que no permite el reconocimiento. Los demás aplauden cuando sonríes, aplauden cuando callas y cuando sabes que decir, en el momento en que sale la palabra hiriente y llega al lugar deseado, profesionales en acupuntura. Mientras tú agachas la cabeza y emprendes la retirada para venir a refugiarte aquí. Al paso que vas nunca aprenderás a amarte.
Nunca aprendí a amarme, por dentro todavía acostumbro arrastrarme. La vieja costumbre que tienen algunos niños de andar por la vida reptando, yo todavía la conservo, es la única forma que tengo de desplazarme, de “avanzar”.
En el fondo creo que siempre resentiré el abandono de mi padre, siempre pensaré que fui un costal que le cargaron a otros, que me pasaron de uno en uno, mi madre, la abuela, el abuelo, los hombres que no me amaron, las amistades que no conservé…
y a pesar de todo, cuando los otros cuidaban de mí, era todo tan fácil, ahí estaba el cordón rosa de dónde la oveja no debe salir, pero el  cascarón  terminó por abrirse ¿Por qué?
¿Por qué la puerta tuvo que abrirse y tuve que salir? Cada vez más sola, cada vez más vulnerable, salir a éste mundo deslumbrante, dónde lo único que brilla es la polución, aprendía a tragar las oleadas de mierda que llegan de vez en cuando, su sabor amargo y añejo tan difícil de quitarse. Avanza siempre con pasos cortos, mira siempre hacia todas partes antes de cruzar, sonríe lo suficiente, no pienses en voz alta, no digas todo lo que piensas, no camines con la frente en alto.
Pero ¿Quién me enseño todo eso? ¿Acaso fueron lecciones explicitas que los otros me dieron? No lo sabes, ya no te acuerdas, quizá lo único que recuerdas sea el dolor. Causa y efecto, acción- reacción. Como las ratas de Skinner. Si hacías esto, dolor, hacías lo otro y un dolor zumbante llegaba hasta tu estómago, cada acción correspondía a un pinchazo en un lugar distinto, los ojos, los dientes, las uñas. Y aprendiste, claro que lo hiciste, por eso aún estas aquí.
Sabes perfilar esos ojos grandes, los veo y creo que son ojos de vaca, los ojos perfectos, la actitud correcta para quien va camino al matadero.
¿Podrías arrojar la piedra más lejos? Podrías culpar a alguien más por lo que eres ahora: la vaca degollada, la yegua que da tumbos de ciego.
La vaca degollada, la que llego hasta aquí sola, con su actitud pasiva y su respiración pausada ¿entonces porqué lloras? ¿No aprendiste también a tragar tus lágrimas?
Lo siento, a lo único que no he podido acostumbrarme es al tiro de gracia, a que el último disparo llegue desde atrás, a que quien meta la última daga sea siempre una persona que amo,  una más de estas vacas hediondas.

(2014)


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