lunes, 29 de abril de 2013

Flor de loto



La noche estaba por desaparecer. La oscuridad iba alejándose, partía lentamente depositando sobre el cielo un muro sólido, niebla. En ese sitio el amanecer siempre es de un color gris sucio.
Estela y Ángel, llevan unas horas de conocerse. Ella llegó a la fiesta un poco borracha, se dirigió a él, lo llamó Alfredo. Naty, su amiga,  brindó desde lejos diciendo: wey, ya estás peda. Ella sonrió, lo había confundido pero eso ya no importaba; estaban ahí, tambaleantes, solos y hambrientos. Rieron  en un reflejo estúpido y ese gesto bastó para incendiarlos. Ella se colocó sobre él con las piernas abiertas entre las suyas. Podía sentirlo, sentir como el humo nublaba su mente y el fuego le quemaba la piel con un ardor ligero, que la obligaba a frotarse, a sacudirse, propagándolo. Al poco rato, él sugirió que fueran a un lugar donde pudieran hablar tranquilos. Estela pensó que irían a un hotel pero él no tenía  dinero y aunque ella llevaba suficiente decidieron caminar. Ángel estaba muy borracho caminaba recargándose sobre las paredes. La llevaba de la mano, la obligaba a perder el equilibrio, que de por sí  le era difícil tener sobre esas pesadas plataformas. Él comenzó a hablar de una ciudad mágica, una ciudad pequeña, habitada por nadie, narraba a la perfección los grabados que tenían las  cúpulas y los vitrales. Estela tenía frío y sueño. Su vista estaba  borrosa, empañada por el vapor de alcohol que todavía tenía en la cabeza. La voz de Ángel  parecía lejana, emitida desde las copas de los árboles, débil como el maullido de un gato asustado. Por fin llegaron a un terreno baldío, un lugar solitario, sin casas alrededor, sólo algunas construcciones comenzaban a levantarse, desde una de ellas llegaba de vez en cuando el molesto ladrido de un perro. Se sentaron sobre el pasto húmedo. Ángel vomitó, ella se acercó a él y limpió su boca con la manga de su sweater pero el fuego ya se había apagado, apenas quedaban cenizas ensuciando el aire. La besó y ella pensó en sentir asco porque aún recordaba el vómito que se hallaba hace un segundo en la comisura de sus labios, también pensó que sería un asco falso, autoinducido. Él intentó acomodarla sobre el pasto, le rasgó las medias. Ella temblaba, empapada de rocío, intentó penetrarla varias veces colocándola en distintas posiciones pero por dentro estaba seca. No era una flor bajo la lluvia. Ángel estaba erecto pero blando como un botón de rosa.  Se levantaron confundidos y jadeantes, ambos estaban avergonzados. Ángel se agachó, tomó una pequeña flor que estaba cerca, la tierra estaba húmeda y la flor estaba ligeramente manchada de lodo. Él dijo que eso era amor, en lugares inesperados, en seres solitarios y malditos, hacia seres extraños como ella: muchacha de ojos mariposa. Dijo que emergía desde lo profundo de corazones cenagosos, del humus, emergiendo a la luz por una fuerza extraña, cómo una flor de loto. Ella oía y caminaba deshojando pétalos entre sus dedos. Se despidieron al llegar a la carretera. Él sonrió, pidiéndole algo de dinero para el taxi.

Flores negras



¿A dónde van esas niñas morenas?
Niñas morenas
Como nubes,
Como cántaros
¿A dónde va su belleza negra?
¿Dónde esta Francisca,
Martha y Damiana?
¿en qué burdel, en qué camino,
Debajo de qué piedra o de qué puño?

Ojos de noche triste,
Sueños de flor de noche,
Ojos indios de pluma y punto,
Igual de ardientes,
Igual de brasas
Qué lanzas de obsidiana,
sus pestañas de una selva extensa,
de continente virgen.
¿Dónde esta su cuerpo de ámbar negro,
De cedro verde?

Sólo es posible verlas hasta los 13 años
Luego engordan, mutan,
Sus pechos se caen, les brotan hijos,
Se les caen los dientes, su cabello palidece.
Aquella que sobrevive va al mercado negro
Y paga su belleza exótica
Tragando litros de sangre blanca

Sólo veo flores glaucas,
Desfilan por las calles,
 un poco marchitas,
Muestran sus venas y granos
 arrugas y manchas finas,
 piel de madera vieja.

Las niñas de miel no crecen, no maduran,
Son cortadas de tajo.
 pagan por ver su cuerpo desnudo.
Ese que hasta los 13 contempla el hombre
 aunque no lleva medias negras,
Ni sujetadores de encaje.
Sólo prendas sueltas
Y faldas largas
Si la vez huélela, respira su humedad
Luego, su figura se deshace,
Se diluye con el viento.

Una mancha de sangre sobre el piso



Un mancha de sangre sobre el piso
¿Cuánto puede durar?
Rosácea, negra,
Compuesta por gotas finas,
Chocolate a punto de secarse
Pardo, café, rosa
¿Cuánto puede durar sobre el asfalto,
Sobre la ropa
Cuanto dura una mancha en la memoria?

Aquí guardo un álbum fotográfico
Cada 2 segundos
Llegan a mí imágenes grotescas
Sacudo la cabeza,
Intento mirar hacia otra parte
¿Dónde?
Y busco en la galería de imágenes mentales
Una fotografía escasa, dulce,
Con sabor de helado derretido
Busco
Algo que deba durar más
Que una mancha de sangre
Sobre el piso.

La servilleta



Karen esta sentada en la cocina. La cocina es un lugar sagrado para huir de sus pensamientos. Resulta casi imposible concentrarse en sí misma mientras su abuela habla. Karen la observa con atención, cada vez le cuesta menos concentrarse en lo que dice. Recuerda que hace unos años, cuando creyó volverse existencialista, evitaba conversar con ella porque los temas le parecían demasiado frívolos y triviales. Ahora nota el parecido que va adquiriendo con ella, la rapidez al hablar, la inconexión con la hilación de los temas.
La abuela Martha, esta noche ha comenzado a hablarle de sus malestares, tema recurrente en este recinto. Karen asiente con la cabeza pero cada determinado flujo de palabras le es imposible no pensar en sus propias dolencias: le arden las sienes, duele la cabeza, le hormiguean los ojos, tiene ganas de llorar, tiene una palabra atravesada en la garganta, una lágrima ha infectado su torrente sanguíneo y amenaza con deshacer su corazón de sal.

-Mañana es cumpleaños de tu tía Ceci- dice la abuela- y hará dos años desde que me hubiera ido. Mi mami ya venía para llevarme. Llevaba una servilletita agarrada, siempre estaba agarrando una servilletita. A veces yo también tengo ganas de sostener algo entre mis manos, de asirme a algo, de que algo sea capaz de sostenerme.
-Yo también lo siento- respondió Karen.
-En tu Caso lo entiendo, ¿pero en el mío? no lo sé, es una sensación de estar flotando a la deriva -comento su abuela.

Claro que Karen lo entendía. Recordaba la ultima vez que había sentido eso, llevaba en la mano derecha el pañuelo con el que acababa de sonarse la nariz, Joaquín le soltó la mano y sin decirle que se adelantara comenzó a fumarse un cigarrillo. Le soltó la mano y esa mano era lo único que la hacia permanecer en el mundo, su único contacto con la realidad y ella de repente se había sentido perdida. Karen se había imaginado su entrada triunfal tomados de la mano, mientras ambos sonreían. Sus  amigos  también esperaban verla entrar así, no con esa expresión de desconcierto y todo porque le había soltado la mano, así, sin previo aviso y en ese preciso momento. Karen  apretó con fuerza el pañuelo al saludarlos, mientras por alguna razón recordaba la sensación que tenia al enseñarle a su madre sus primeras acuarelas, solo que en esta ocasión le parecía que había abandonado el amarillo y que su vida se quedaba temporalmente  invadida por una avalancha  gris.



Cuestion de tiempo



Decidí encerrarme en mi habitación.
Necesitaba llorar todo lo que tenia dentro.
 Lloré hasta hincharme, hasta que mis párpados se desprendieron de mis ojos. Mis poros reventaron, brotaron lágrimas de cada centímetro de piel. La costra que se me había formado, se reblandeció, estallo hasta desprenderse en tiras. Mi sangre se licuó entre el abundante fluído hasta que perdí el equilibrio, la conciencia.

Al día siguiente cuando pensé que el peso que ahogaba mi corazón seria menos grande, pensé que podría sonreír y volver a sentirme satisfecha. Me di cuenta de que no había aprendido nada. Descubrí como una mujer había ocasionado el diluvio llorando 40 días y 40 noches. Me sentía triste, y no sabia si 40 días serian suficientes. Como fuese, el día llegaría. Era joven, aun tenia para llorar todo una vida. Con el tiempo uno no puede darse los mismos lujos.