jueves, 4 de agosto de 2011

Madre




El sol aguijonea la piel de los transeúntes. Salta sobre nosotros como un niño caprichoso esgrimiendo pequeñas agujas. Los puestos de helados  de color  azul o rojo rompen con la monotonía de los edificios grises.
El verano es una explosión de color que transforma todo. El termómetro marca treinta y seis grados, chorros de sudor brotan de mi frente, el paseo no es agradable, el lugar no es agradable.
Una sonrisa aparece de pronto, salta hasta mis ojos. Es una de esas risas limpias, francas, que se trasmiten por contagio. La pequeña lleva sandalias, sus piernas son más anchas que largas, es bajita y redonda, refulge como una esfera. Observo su vestido de color pastel con dibujos de osos, y la cinta de color rosa que adornaba su cabello, es una nena hermosa, como tantas otras, de pelo castaño cortado a la perfección sobre los hombros. Pero su mirada me recordó a esos otros niños, a los de verdad, a los que lloran de veras y de veras ríen, a esos que no son de plástico.
Sus pupilas centellean,  lanzan destellos a su alrededor, tiene la vista fija en un cartel de colores que anuncia los precios de los helados.
La visión duró sólo un segundo, cuando la alegría estaba en su momento álgido, justo cuando la manita se cerró para aprisionar el cono, llegó a mí la siguiente frase “Ahora te pones mala y te rompo la cara”. Se opacó el brillo, sólo la mueca se quedó ahí, muerta, rígida. El resplandor se elevó por los aires y se esfumó.
Dediqué una mirada breve a los tacones, al bronceado perfecto, a la falda corta y al brillo de los labios, al rubio platino recién teñido de esa madre y comencé a caminar más rápido, para huir de esa náusea dorada que se reveló ante mí como una  visión de futuro.


orquidea psicopata

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