miércoles, 15 de junio de 2011

Poquito a poco





Este es tu cuerpo: las paredes amarillas, páginas fieles, donde el tiempo ha dejado escrito su lenguaje de nostalgia. Tu cuerpo está en las conchas marinas ancladas a la jardinera de la entrada, en el cesto de violetas sobre el fregadero, en esa jaula vacía de los loros  que murieron hace ya muchos años, después de desplumarse el uno al otro. Estás en los rostros de las muñecas de trapo sobre las sillas, en las firmas de los cuadros, en los relieves de las figuras de papel maché, tu tacto permanece por todas esas horas empleadas en el tejido de los miles de manteles que descansan sobre cada uno de los muebles, eres tú cada palabra en cada una de las páginas, tu mirada me sigue desde las fotografías.
Esta casa eres tú, hay pedazos de carne tuya en los rincones, hay miradas escondidas debajo de la cama y sobre la mesa.  Sonidos guardados en el limonero del patio, en la jaula de palomas que también se ha quedado vacía, hay susurros en las hojas de las plantas, voces que se sientan sobre los sillones a tomar el té. Hay ausencia sobre el televisor, en las cobijas de tu cama y en el teléfono. Presencias recargadas sobre la puerta, miran por la ventana, miran por encima del polvo que danza al sol.
Tus ojos  no son esos ojos abiertos, translúcidos, que han perdido ya todo rastro de furia y de luz. No son esos ojos secos que te impiden cerrarlos aún cuando duermes, como si la muerte te obligase a mirarle de frente todo el tiempo. Tus pupilas son imágenes guardadas, almacenadas durante toda una vida: los lirios, los barcos, las catedrales, la tierra húmeda o recién labrada, los rostros de niños sucios, rostros ajados, ateridos, mudos. Rostros de pena y de hambre, de alegría ilimitada. Risas maduras, rojizas como mangos, caídas del árbol y todavía ahí, revoloteando. Eres imágenes de acantilados, pájaros desnudos, fina lluvia, semillas a punto de secarse,  hormigas transportando millares de hojas…
 Tu boca abriga aún el sabor de los duraznos, del café amargo, la espuma del chocolate, la textura de los rábanos, pero tú sólo estás aquí para quejarte, puedes sentir  la tierra encima de tus huesos, entrando por tus fosas nasales, rellenando tus oídos, despacio,  sellando tu  boca, haciéndote sentir llena, lentamente, satisfecha a un ritmo acompasado.
Pero pocos pueden verlo de esa forma, la mayoría ve restos inútiles. Para algunos tu casa es un desierto, ellos no ven las imágenes poéticas tomando limonada con menta desde el patio, desconocen la belleza de lo absurdo esparcida entre tus cosas.  Acuden a su visión apocalíptica de bisagras y armatostes, a una explosión lunar habitada por cabezas de muñecas de porcelana y  tapas de váter decoradas con flores, la casa te respira, llora tu humedad, respira tu olor de ajo y tomillo. Quizá alguno hace planes de futuro acerca de la propiedad,  yo sólo siento que contigo también se mueren las cosas que nunca se me ocurrió preguntarte, palabras que se quedan apiladas, esparcidas sobre la jardinera, sufriendo sus estertores, por más que intente resucitarlas lanzando al viento de una vez todas la preguntas, quitando el tapón de la bañera del odio, dejando de lado las cortinas de la incomprensión, ellas ya no dicen nada, respiran cada vez con mayor dificultad. Tus hijos se quedan aquí y yo me marcho, camino hacia las amapolas, hacia las rejas coloreadas por buganvilias, dejo que mis pies estrechen la calle de piedra. Me cuesta cerrar la puerta, parece increíble que no vaya a derrumbarse, sus pulmones exhalan gemidos, me cuesta abrir bien los ojos y seguir viéndola de pie, aunque la oiga crujir, aunque escuche las vigas rompiéndose, el techo partirse por la mitad, observo el asfalto craquelarse, siento que las paredes te absorben, se cierran como una caja torácica, te abrazan como a un corazón.
Pero cuando cierro la puerta, no escucho ningún sonido, volteo y no observo ningún derrumbe, y pienso que los muros te serán fieles incluso en eso, a pesar de sus ganas de hundirse, de borrarse, de ser tumba…  van a derrumbarse como tú, poquito a poco.





 orquídea psicópata

2 comentarios:

  1. Siempre quedan rastros de la vida, aunque no podamos verlos o vivan en mundos diferentes.
    Me pasé a ver tus textos y me gustó.
    Me entusiasma esta foto.

    Saludos

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  2. si, lo escribí un poco antes de la muerte de mi bisabuela, y esa sensación daba que la casa respiraba como si fueran una sola, saludos!

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