lunes, 30 de mayo de 2011

Primera comunión


Este es el sacramento de nuestra fe, dije mentalmente y coloque el trozo de papel sobre mi lengua. Era ligero, inoloro, unas líneas azules, delgadas, formaban un dibujo en su superficie. Lo repartimos en cuatro. Despacio, cerrando los ojos, coloque en mi boca ese fragmento. La música del Dj continúo sonando, su estridencia me desagradaba, pero contaba con el trocito sagrado. Cuando hizo efecto me obligó a darme cuenta de la existencia del pasto, la hierba comenzó a llamarme con ondulaciones suaves. Me tumbé sobre ella, sus fibras verdes revolotearon en mis dedos, se colaron por debajo de mi piel. Éramos uno, me enraicé a la tierra, sin presión, meciéndome. Una voz interna modulaba lentamente mis pensamientos. No podía dejar de repetírmelo: es la tierra, es la tierra... Las hebras ahora estaban debajo de mis parpados, esparciéndose por mis dedos, en mi flujo sanguíneo. Yo era la sangre de Cristo. Yo era su cuerpo, el pan infecto.
Entonces comencé a reír, no podía parar. Te ofreciste a llevarme a casa, la velocidad de la motocicleta convertía el aire en oxido nitroso que llenaba mis pulmones, me hacia flotar. El estallido aún duraba al llegar a casa, al escurrirme conteniendo la respiración para abrir la cerradura.
Las figuras desperdigadas por mi habitación movían los labios, me esforcé en escucharlas, sus labios continuaron moviéndose pero yo no pude oír nada, sus movimientos silenciosos me impedían dormir. Aún podía cerrar los ojos y sentir los filamentos de colores desnudándome, acariciando mis músculos. Seguía ahí, acurrucada, la alegría hincada en mi corazón.
Es la tierra, repetí una vez más.


orquidea psicopata

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