lunes, 30 de mayo de 2011

Niños pájaros



¿Por qué la tierra tiene manchas?
Son niños mágicos, sueñan, crecen a través de nuestra sangre. Se alimentan de nuestro llanto ¿puedes verlo? Su tallo absorbe la humedad, aparecen después de las primeras lluvias. Mientras tanto  veneramos a Tonantzin,  celebramos la vida, reímos como sandías abiertas, nos entregamos al sol como papayas maduras, le entregamos como ofrenda nuestra alegría. Nos purificamos, nos volvemos uno con la niebla y con el río y  esperamos la señal de nuestra señora. Hasta que los obliga a emerger de la oscuridad, empujando con manos firmes  hacia el abrazo solar. Los conduce cerca de nosotros que los esperamos ávidos.
Ya te he contado la historia de nuestra madre, te he hablado de su benevolencia, nacimos de su costado, somos hombres de maíz. Ella nos protege, nos impide morir. Sólo nosotros conocemos su nombre, sólo nosotros podemos saborearla cuando nuestros pequeños tienen hambre y se llenan la boca de puñados de su sustrato.
Estos hongos son su carne, criaturas traviesas que nacen para ti. Justo cuando los tocan los primeros rayos de luz su aspecto cambia, se coronan de azul, por eso algunos los llaman pájaros.
Cuando crezcas tú también probarás su carne, te nutrirás de ellos, los beberás. Y ahora ven, déjalos ser testigos mudos de su mundo de sombra, cobrarán conciencia de sus cambios poco a poco,  como tú. Nunca más los llames manchas, nunca ensucies su sagrado nombre, ya aprenderás a nombrarlos, ya aprenderás a celebrar su nacimiento. Y ahora ven, las nubes están cargadas. Mañana volverás a visitarlos,  mientras madurarán en paz, bajo el susurro de los dioses y el canto de las palomas.  

Primera comunión


Este es el sacramento de nuestra fe, dije mentalmente y coloque el trozo de papel sobre mi lengua. Era ligero, inoloro, unas líneas azules, delgadas, formaban un dibujo en su superficie. Lo repartimos en cuatro. Despacio, cerrando los ojos, coloque en mi boca ese fragmento. La música del Dj continúo sonando, su estridencia me desagradaba, pero contaba con el trocito sagrado. Cuando hizo efecto me obligó a darme cuenta de la existencia del pasto, la hierba comenzó a llamarme con ondulaciones suaves. Me tumbé sobre ella, sus fibras verdes revolotearon en mis dedos, se colaron por debajo de mi piel. Éramos uno, me enraicé a la tierra, sin presión, meciéndome. Una voz interna modulaba lentamente mis pensamientos. No podía dejar de repetírmelo: es la tierra, es la tierra... Las hebras ahora estaban debajo de mis parpados, esparciéndose por mis dedos, en mi flujo sanguíneo. Yo era la sangre de Cristo. Yo era su cuerpo, el pan infecto.
Entonces comencé a reír, no podía parar. Te ofreciste a llevarme a casa, la velocidad de la motocicleta convertía el aire en oxido nitroso que llenaba mis pulmones, me hacia flotar. El estallido aún duraba al llegar a casa, al escurrirme conteniendo la respiración para abrir la cerradura.
Las figuras desperdigadas por mi habitación movían los labios, me esforcé en escucharlas, sus labios continuaron moviéndose pero yo no pude oír nada, sus movimientos silenciosos me impedían dormir. Aún podía cerrar los ojos y sentir los filamentos de colores desnudándome, acariciando mis músculos. Seguía ahí, acurrucada, la alegría hincada en mi corazón.
Es la tierra, repetí una vez más.


orquidea psicopata

lunes, 9 de mayo de 2011

La búsqueda.


Celina tenía catorce años, coloreaba sus párpados de  azul intenso, para que no pensaran que pecaba de inocente. Tenía a cronos en su contra pero sólo necesitaba un poco de rímel y una expresión seria para disimular.
Llevaba siempre un bolso de tela a todas partes, a pesar del enfado de su madre, la acompañaba al parque, al colegio, al café. Abría la cremallera despacio y extraía de su interior un ejemplar de Rimbaud, una temporada en el infierno,  volvía a releer las páginas gastadas. Miraba de vez en cuando las manos de quienes pasaban a su lado, encontraba llaves, teléfonos móviles o algún reproductor de música pero nunca un objeto mágico.
Era temprano, había hecho novillos. Entonces la vio, ahí estaban los pantalones empolvados, los zapatos sucios. Siempre había pensado que sería un chico alto el que aparecería. Pero ahí estaba ella, sosteniendo el libro como una flor de loto. Camino hacía allí sacando pecho, conteniendo el aire, flotando. Su rostro se ilumino al leer el título de cerca, Baudelaire, las flores del mal aguardaban impacientes y fébriles, misteriosas, plagadas de albatros y de sombras.

sábado, 7 de mayo de 2011

Un poco de ácido




Dicen que la existencia pesa. Pero en este país en el que yo no era nadie, mi peso físico aumentaba cada día pues sobre mis hombres cargaba el peso de la inexistencia.
Represento la vida de los nadie, de los escritores latinoamericanos obsesionados con la revolución, de las mujeres latinoamericanas obsesionadas con el poder ser, pero ante todo represento un sudaca. Porque sólo existe Sudamérica. Porque nos dejan huérfanos. Porque nos privan de nuestra verdadera madre patria, faltos de Centroamérica, de Norteamérica meridional.
Soy un sin patria, un come mierda que vino a mejorar su vida, uno de los que huye de la suciedad sin darse cuenta de que la lleva pegada al cuello, la guarda debajo de las uñas.
Yo, una morena latinoamericana, el perfecto equivalente de una mujer caliente, de esas que dicen llevan integrado un brasero encendido entre las piernas.
Extirpan mis raíces con su desconocimiento, me mutilan sus ganas de no saber. Negando mis pirámides barren mi historia.
Mi orgullo me impide aceptar que yo no tengo nombre. Mi orgullo me hace desear, necesitar que intenten expiar su culpa ¿Cuál? Su conciencia histórica ha sido velada, pocas cenizas todavía permanecen calientes, pocas mentes todavía arden. ¿Queda algo de esa guerra celebrada en otro continente? En ese lugar saqueado, vaciado, quemado, sobreexplotado. ¿Qué queda en el vientre rajado de esa mujer manchada de sangre, de esa niña violentada, manchada?
Y aunque Paz diga que no hay nada peor que el ninguneo mexicano, para mí el peso no de ser ninguno, sino de ser un nadie es como el eco de una explosión, el eco de una masacre, resuello que en una galaxia lejana todavía no está extinto, y todavía duele.







Este texto no va dedicado a todos aquellos que me han abierto puertas, que me han tendido una mano amiga, aquellos que me han enseñado a comprender, con los que he compartido una sonrisa sincera, un abrazo fraterno.
Este texto nace de mi rabia ante la estupidez de aquellos que todavía, muchas veces sin darse cuenta, contribuyen a formar una sociedad segregada, ellos quienes desconocen la historia y sobre todo la niegan. Aquellos que todavía atizan esas heridas profundas que han causado la ignorancia, el ansia de supremacía y la diferencia de raza. Ellos, quienes son incapaces de compartir. Los imperialistas, los que creen en tratados de imposición ideológica, los que dicen adorar la libertad pero no hacen nada por cultivarla. Esos que se sienten orgullosos de su “patrimonio cultural”, de su gastronomía, de su riqueza, sin darse cuenta de que no sería tan rica sino se hubiera nutrido del ombligo de América, de Asia, del mundo.
Porque España nos hizo un regalo muy valioso, el lenguaje, este animal alado que amamos y labramos. Porque esta mi voz amarga podría nacer desde un africano, un árabe, un afroamericano, desde cualquier minoría racial, desde cualquier grupo que históricamente haya sido victima de un menosprecio étnico.
Porque todos somos productos de un sincretismo cultural. No al choque de culturas.



Los piratas no existen


Teodoro entra en la habitación, desenvaina. Un trozo de tela sucia cubre uno de sus parpados, su piel está cubierta por costras de sangre y lodo.
-Los piratas no existen- dice Adrian,  ahogándose a carcajadas.
Teodoro blande el arma, atraviesa la habitación cortando el aire, la espada de plástico se rompe al estrellarse contra el suelo.
Adrian ríe cada vez más alto, ríe cuando deposita una moneda entre esas manos, ríe de su nueva forma de altruismo.

orquidea psicopata