martes, 1 de marzo de 2011

Sardinas y trenes



Detesto las miradas que escudriñan, que hacen un balance de cada pieza de mi armario, analizan las manchas, la suciedad, detectan los botones mal cosidos, el color gris de los puños.
Hoy he escuchado “te voy a culturizar” detesto la expresión, no la usaría nunca, ni de broma. Si perdemos la seriedad de nuestras palabras perdemos credibilidad. Nuestra vida se convertirá en un mal chiste, en una frase absurda. Detesto la música banal “ponme un tercio, uno cincuenta, esto es un robo”. Los críticos dirán que esto es denuncia, que es una voz urbana. Creo que es paja, frases hechas, convencionales, que se unen una a otra y forman un enorme todo, una gran pérdida de tiempo.
Odio el chillido de los trenes al llegar a la estación. Veo desde arriba mi propia imagen; soy una mancha de color pardo. Corro, me enredo, me esfumo en la enorme masa móvil, me fundo. Miro hacia adelante, avanzo, es imposible huir esa masa uniforme, esta masa de carne. Sudo, subo el volumen del reproductor de música. Cierro los ojos, sólo un segundo, resulta tan difícil evocar desde aquí el color verde, pienso en fibras verdes, en dejar de ser gris, en huir del gris.
Llega la prisa, la gente que grita y empuja, que contribuye a la solidificación de la enorme lata de sardinas. Miran al suelo lleno de puntos negros, rojos y grises. Nunca los rostros.
Me enfurece el movimiento repetitivo de la gente que engulle patatas fritas, una a una, una a una. Quiero inmunizarme, sin prisa ni angustia, sin furia, sin ira ante los comentarios absurdos, ante la levedad con que se tratan las palabras.


orquidea psicopata

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