martes, 29 de marzo de 2011

Dacrifilia

Su  cuerpo se desfragmenta en millones de gotas, se expande. Fuma. Su mirada se pierde en la salinidad marina que empapa el territorio de los sueños. Llueve, el sonido la remonta al recuerdo de una noche en que el frío manaba de la oscuridad. La negrura la absorbe. Cierra los ojos, él esta junto a ella, le habla pero ella  ya no le oye, permanece lejana, pequeña y ausente como un sueño. Percibe  en los labios  el sabor del cálido líquido que escurre por sus mejillas, semeja belfos esparcidos por  la piel.
Ahora, es  imposible hacer manar esas partículas salinas, ingrávidas y tibias. Su lacrimal  esta reseco y pútrido como su corazón.  Alrededor nada es estático. Temblor, movimiento. Todo gira. Ella se aferra al dejo del recuerdo.

 -Ayer me he cortado para ver si todavía siento-.

 No escucha lo que él  responde, se limita a observarlo, lo mira con los ojos secos, etarios, asustados ante este gesto de suplica. Reconoce la escena, anticipa el final, conoce esa actitud, esa mirada. Entorna los parpados y evoca la imagen de él frente al espejo. Cristales pequeños corren por sus pómulos. Las manos entrelazadas sobre el rostro,  en ese absurdo rictus de pudor perece querer cubrir ese tesoro, ocultar el cuarzo que danza a través de sus pupilas azules, surcos diminutos, acuáticos, gráciles. Porciones pequeñas de glucosa, proteínas y sodio. Secreción preciosa, azucarada y  lípida. Una sensación apacible y placentera surge a través de ellas. Suave estremecimiento que anida en el remolino de su vientre, calor que escurre en su entrepierna. Sonríe, él le da la espalda. Ella lo abraza, toma su rostro entre sus manos, acaricia sus ojos, huele la sal que habita en ellos. Degusta ese licor humano, absorbe la humedad  embriagante que es su llanto. Lame sus globos oculares, coloca con suavidad la punta de su lengua sobre su córnea. Él permanece, se deja hacer, se retrae, siente la venenosa intensidad de esos labios, dulcemente lascivos, obsesivos y asfixiantes. Ella fluye a través de esos diamantes diminutos que escurren de él, que nacen para ella.

Lo haces perfecto – susurra- adoro tu capacidad histriónica.

Él sonríe, la mira entre su llanto. –

El sexo es una flor acuática, un ojo metálico que atiza las llagas con dolor y placer indescifrable –dice.

Ambos obtienen lo que necesitan fundidos en la humedad de su boca macerada en lágrimas.




orquidea psicopata

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Agradezco sus comentarios y sugerencias para mejorar¡