martes, 29 de marzo de 2011

Ausencia

“Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia”
 Henry Miller.
AUSENCIA:

Espera por él frente a la ventana, el  gélido viento la recorre, ráfagas  que noche a noche constituyen el presagio de  volver a verlo, la certeza  de conservar intacta la nitidez de sus recuerdos.  Intenta ponerse de pie para impedir las mariposas irrumpan en la habitación, sabe que es inútil, se cuelan por los resquicios de las puertas y ventanas, por las grietas del techo, por las tejas, traspasan los vidrios. La plaga no cesa hasta poblar el cuarto, hasta cubrir de lepidópteros el corazón.
El eco de una voz la sobresalta, la aparta del letargo.- Acércate-dice, y la rodea con su brazo. Se descubre con la mirada perdida en un cenicero de metal, sentada junto a un hombre, bañada por la iridiscencia una bombilla que emite una luz roja.
Él desabrocha los botones de su blusa de un tirón, le dice que se acueste sobre la alfombra. Se masturba sobre ella, en la mano izquierda empuña el miembro, en la derecha un cigarrillo, que apaga sobre su piel antes de ponerla boca abajo y penetrarla, antes de hundirse en esa orquídea de fragancia y  pétalos oscuros, de sumergirse en el veneno de su flor. Ella entrecierra los ojos,  piensa en nada, siente las mariposas que deambulan por su cuerpo, se cuelan por sus oídos, sus ojos y sus labios, hasta inundarla, de esa marea negra que la transporta  al lugar en que espera por él. Trata de evocar su rostro pero ya no lo recuerda, solo la tibieza de su aliento, la sensación provocada por el peso de su cuerpo, su risa en la oscuridad, el ángulo  formado entre su nariz y su boca, la luz colándose por el cristal.
Se pregunta cuál era la identidad de ese único  hombre que irrumpió en su ser, que la penetró tan hondo, que escarbo en la dureza de su alma, que sano la soledad del minotauro. Se marchó dejando una herida profunda,  sobre su sexo un estigma color sangre, una huella honda. ¿Con qué derecho le arrancó un sollozo por primera vez?
-Te quiero- dijo ella y se hundió en un mar de tristeza y de ira cuando abrió sus ojos de animal asustado para preguntar “¿me quieres?” mientras  él susurraba a su oído:
-Me gustas. Me gustan tus gemidos y tu cuerpo, me gusta  tu olor y tus labios, tus piernas. Déjame hacerte el amor en silencio, no me preguntes eso, no  preguntes nada ahora.-
No puede entender cómo él supo robar sus lágrimas, cómo desde aquel momento en que cruzó la puerta la humedad  emigro de sus ojos.
Esa fue la última noche que pudo dormir, lloro hasta que sus ojos se  vaciaron, en su piel empezó a formarse esa costra oscura y gruesa.
Aunque las mariposas que precedieron a su encuentro no fueron amarillas, sino negras, fue a partir de ahí que comenzaron a atormentarla por las noches. Aún trata de ahuyentarlas con la agonía del orgasmo  provocado por la sodomización. Ruega por que la dejen dormir o  la abandonen para siempre.  Se aferra  a la esperanza de escuchar de nuevo el sonido de sus pasos. Quiere verlo volver para  dejarse caer en sus brazos, hurgar en los resquicios de su cuerpo, ahogarse de nuevo en su saliva, y  raspar su piel contra sus labios y su lengua  para arrancar de él cada una de sus lágrimas.

  orquídea psicópata

Dibujo: Hernán Miranda

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