martes, 29 de marzo de 2011

La pared


Pero solo era fantasía. La pared era muy alta como vez, no importara lo que intentara no podía ser libre y los gusanos carcomían su cerebro.
Repite el estribillo, su cabeza esta a punto de estallar. El tequila sienta bien en su garganta reseca. Mariana aún duerme.

Luís.
Odio tener que despertar  todos los días antes que ella. Antes disfrutaba viéndola mientras dormía. Saboreaba el calor que a esa hora aun no es sofocante, el rumor lejano de las olas, de las primeras voces, el ambiente arenoso de la costa. Ahora todo va tiñéndose con el color de la rutina. Ella esta ahí, de espaldas, pequeñas marcas rojas se distingue en la carne morena de sus nalgas. Huellas del pasado imposibles de borrar. Somos presa del tiempo. Me duele saber que he llegado tarde a su vida, cundo ya todo estaba impregnado de manchas. Me pregunto si yo soy una cicatriz más, o si mi llegada ha sido tan suave,  tan lenta, tan imperceptible que podría disolverse  en cualquier momento  de la misma forma,  tenue y sin dejar rastros. ¿Merezco ser algo que perdure en ella? Que las marcas de este animal amargo perforen su cuerpo y su mente. ¿Debo dejar los vestigios de mis dientes sobre su cuello y absorber su sangre, si no puedo ofrecerle la redención?
Recuerdo el primer día que la vi. Su cabello ondulado rozaba sus hombros, enredado por el viento. Su camiseta rosa, ajustada, sutilmente traslucía sus pezones. Parecía feliz, tan viva. Casi me molesto su naturalidad. Pensé que el aire que respiraba debía ser otro, menos seco y mas tibio. Me preguntó si podía sentarse y pidió un café. Vi sus ojos profundos como pozos. Ahora, después de haberme hundido en ellos, sé que son pozos vacíos. Había algo en ella  que no podía ocultarse. Entonces pensé que la había juzgado a la ligera. No debía ser tan superficial como me  pareció al principio. Le dije:
-Dos personas solitarias no quieren dejar de estarlo- sonrió
 –Sí, la maldita soledad sin uno mismo, dice Sabines- me dijo.
-La soledad también puede ser una llama- respondí.
Y comenzó a hablarme de Benedetti, de la película de Eliseo Subiela. Me propuse no hablarle de la nausea, no mostrar de golpe la podredumbre que brota de dentro hacia fuera. Pensé que era joven, seria fácil conquistarla si no hablaba de más. La llama creció. Le pedí su teléfono, luego la invite a tomar algo. La bese. Después de unos tequilas me descubrí pegado a ella en el pasillo, mordiéndole el cuello, metiendo mis manos por debajo de su falda y apretándole las nalgas, me susurraba que no lo hiciera, que podían mirarnos, pero sonreía traviesa. La tome de la mano y la conduje al baño. No le importo que 3 tipos la miraran entrar. Hubiera querido que fuese eterno. Pensé que no volvería a verla. La invite a comer a mi casa el fin de semana. Anoté la dirección. No creí que llegara.
La comida se enfrió, mientras la desnudaba sobre el sofá, note las marcas rojas que tenia en los brazos, en los pechos y en las nalgas. Me dijo que había tenido una relación extraña. Le gustaba que él le hiciera ciertas cosas. Después de un tiempo de seguirnos viendo me hablo de él. Menciono su nombre solo una vez. Me hablo sobre los cuchillos y las cuerdas, sobre estar atada y con los ojos tapados, sobre las sensaciones. Sé que no fue ella quien decidió dejarlo. Creo que todavía lo extraña. Habla de él un resabio de tristeza, creo que extraña lo que él podía darle y yo no. Sabe que se ha convertido en  mi única obsesión, ella esta obsesionada con el dolor. Solo una vez la vi cortarse, se levanto de madrugada después de haber hecho el amor. Pensó que  estaba dormido. Tomo algo del último cajón. Sus facciones se tensaron cundo apareció el primer surco rojo. Su expresión delataba un doloroso placer, pensé que debía sufrir la misma abstinencia que un adicto, sin su dosis necesaria. Gimió despacio. Lamió las gotas de sangre que escurrían por sus brazos. Se puso el pijama y se acostó de nuevo. La abrace.  La Abrace muy fuerte. Comenzó a llorar. Ahora, mucho tiempo después. Ella aun esta aquí, en la misma posición fetal. Junto a mí. ¿Para que diablos puede servirle mi ternura?


Mariana.
Si pudiera dar un salto delante de esta telaraña que me aprisiona. Amanece. Recuerdo esas palabras agrias, dulces, paladeo cada letra y la mirada de sal. Pienso en Anaïs, en la profundidad de esos ojos, pupilas en las que parece que podrías ahogarte, sus ojos no eran pozos vacíos, estaban llenos de musgo, de helechos, de ranas, de agua. Llenos del terror que evoca la luz. De misterio producido por la oscuridad de la vida. Mis ojos van perdiendo el brillo, todo se hunde, lento bajo la vacuidad. El reposo, la tranquilidad, el cálido vacío. Los rayos de sol entran por la ventana. Sé que el esta de pie, que me mira. Espera  a que tenga los ojos abiertos para darme los buenos días. Espera que sonría, que prepare café y huevos como siempre. Pero yo cierro los ojos. Me cuesta asimilar la luz. Cuesta darse cuenta de que he despertado otra vez. Que hay que empezar de nuevo la rutina. El cansancio que me provoca el sinsentido de esta búsqueda. El infierno es un lugar solitario. Nadie más conoce el sufrimiento que produce rozar de nuevo las sabanas blancas, que envuelven mi cuerpo como una mortaja. Si, el infierno debe ser blanco, como la ausencia, el vacío, todo, lo inmenso, la nada.
Este “despertar” cada día se parece mas a la muerte. Cuando aún estoy quieta y con los ojos cerrados es el único momento en que  creo que de verdad estoy despierta. Algo me devora, estoy anestesiada el resto del día. Por la noche apenas puedo recordar lo que he hecho. Solo en sueños muestro mi verdadero rostro. Todas son mascaras rotas, rostros fragmentados que no me desfiguran, sirven para cubrir la verdadera podredumbre que me corroe. Me miro con los ojos cerrados. La única forma que lo hace soportable. Pienso en mi carne flácida. Un cuerpo, blanco, blando, desparramado sobre la cama. Una masa que apenas siente. La orquídea seca y usada, esparcida sobre la tierra para uso y redención, la puta que robo los poemas de Bukowski. Él me ha visto hacerlo, no podría entender lo mucho que me gusta, no entendería porque mis piernas tiemblan y siento ganas de gritar, no entendería que es mucho más placentero que cualquier otra cosa. Recuerdo haberle preguntado, hace tiempo – ¿si te dijera que el dolor me excita, podrías proporcionármelo?– No respondió, sus ojos se humedecieron, algo se rompió dentro de mí en ese momento. No comprendía. Era un mentiroso. Un poeta. Hundido en la tragedia, en una tristeza que sufre pero no disfruta ¿de qué puede servirme su ternura? Por alguna razón decidí quedarme, embarrada, varada en la nada o en la nausea. Con este cuerpo insulso. Malsano como las palabras. Si, más insulsas aun que la propia carne. Seguí hurgando en Miller y en Sartre, en Nietzsche. Pero solo encontré al bufón. El espejo farsante, el único donde podía reflejarme. Descubrí que esa es la única persona que puede hacerme real. Sus besos hacen sufrir más que las navajas a veces no puedo respirar cerca de él. Su aire me asfixia.  Me da asco. No le quiero, pero debo permanecer aquí. Debo levantarme, sonreír, darle un beso de buenos días, preparar café, decirle que lo quiero antes de que salga. Es precioso crear heridas. Las cicatrices son las marcas que me hacen saber que mi corazón sigue latiendo. El dolor es en un medio que no debe suprimirse, debe servir para llegar al clímax. Estas heridas son más hondas pero no dejan marcas, ya no hay manchas oscuras, llagas frescas sobre mi piel. Es preciso, hay que hacer algo para poder seguir sufriendo. La respuesta es la vida. Me levanto y sonrió.

orquidea psicopata

Aprendizaje


Ofelia tuvo alas, podía volar, pero nunca vio el sol, sólo espacios sellados, clausurados. Una y otra vez se estrelló contra las paredes, lo atribuía a su torpeza, a su falta de cálculo, tardó en darse cuenta de que era el entorno el que cambiaba, se reducía cada vez más, hasta que le resultó imposible abrir las alas. Así aprendió a caminar, mientras marchaba a tientas con la cabeza baja, dando saltos en la oscuridad. Luego los túneles se volvieron cada vez más bajos, le imposibilitaron mantener una postura erguida entonces comenzó a arrastrarse, a deslizarse despacio, reptando. No hay elección, es imposible detenerse, la horda que se arrastra tras de sí la destrozaría. Es preciso avanzar, ejercer su aprendizaje.


orquidea psicopata
Pintura: Hernán Miranda.

Ausencia

“Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia”
 Henry Miller.
AUSENCIA:

Espera por él frente a la ventana, el  gélido viento la recorre, ráfagas  que noche a noche constituyen el presagio de  volver a verlo, la certeza  de conservar intacta la nitidez de sus recuerdos.  Intenta ponerse de pie para impedir las mariposas irrumpan en la habitación, sabe que es inútil, se cuelan por los resquicios de las puertas y ventanas, por las grietas del techo, por las tejas, traspasan los vidrios. La plaga no cesa hasta poblar el cuarto, hasta cubrir de lepidópteros el corazón.
El eco de una voz la sobresalta, la aparta del letargo.- Acércate-dice, y la rodea con su brazo. Se descubre con la mirada perdida en un cenicero de metal, sentada junto a un hombre, bañada por la iridiscencia una bombilla que emite una luz roja.
Él desabrocha los botones de su blusa de un tirón, le dice que se acueste sobre la alfombra. Se masturba sobre ella, en la mano izquierda empuña el miembro, en la derecha un cigarrillo, que apaga sobre su piel antes de ponerla boca abajo y penetrarla, antes de hundirse en esa orquídea de fragancia y  pétalos oscuros, de sumergirse en el veneno de su flor. Ella entrecierra los ojos,  piensa en nada, siente las mariposas que deambulan por su cuerpo, se cuelan por sus oídos, sus ojos y sus labios, hasta inundarla, de esa marea negra que la transporta  al lugar en que espera por él. Trata de evocar su rostro pero ya no lo recuerda, solo la tibieza de su aliento, la sensación provocada por el peso de su cuerpo, su risa en la oscuridad, el ángulo  formado entre su nariz y su boca, la luz colándose por el cristal.
Se pregunta cuál era la identidad de ese único  hombre que irrumpió en su ser, que la penetró tan hondo, que escarbo en la dureza de su alma, que sano la soledad del minotauro. Se marchó dejando una herida profunda,  sobre su sexo un estigma color sangre, una huella honda. ¿Con qué derecho le arrancó un sollozo por primera vez?
-Te quiero- dijo ella y se hundió en un mar de tristeza y de ira cuando abrió sus ojos de animal asustado para preguntar “¿me quieres?” mientras  él susurraba a su oído:
-Me gustas. Me gustan tus gemidos y tu cuerpo, me gusta  tu olor y tus labios, tus piernas. Déjame hacerte el amor en silencio, no me preguntes eso, no  preguntes nada ahora.-
No puede entender cómo él supo robar sus lágrimas, cómo desde aquel momento en que cruzó la puerta la humedad  emigro de sus ojos.
Esa fue la última noche que pudo dormir, lloro hasta que sus ojos se  vaciaron, en su piel empezó a formarse esa costra oscura y gruesa.
Aunque las mariposas que precedieron a su encuentro no fueron amarillas, sino negras, fue a partir de ahí que comenzaron a atormentarla por las noches. Aún trata de ahuyentarlas con la agonía del orgasmo  provocado por la sodomización. Ruega por que la dejen dormir o  la abandonen para siempre.  Se aferra  a la esperanza de escuchar de nuevo el sonido de sus pasos. Quiere verlo volver para  dejarse caer en sus brazos, hurgar en los resquicios de su cuerpo, ahogarse de nuevo en su saliva, y  raspar su piel contra sus labios y su lengua  para arrancar de él cada una de sus lágrimas.

  orquídea psicópata

Dibujo: Hernán Miranda

Planeta Zobi


Una de estas noches en las que permanecía dando vueltas en la cama durante horas, me sucedió algo sumamente extraño, una sensación me hizo abrir los ojos. Entonces surgió del techo una burbuja de aire que transportaba a un ser pequeño. La burbuja se posó sobre mi estómago, se rompió y el pequeño comenzó a hablarme. Comprendí que me encontraba en uno de esos sueños que se producen en la duermevela y que se confunden con la realidad. Me dijo que necesitaba refugio pues su vida corría peligro en ese país lejano del que procedía. Me encontraba sumido en un sopor extraño y cálido. Owi, como dijo llamarse el visitante, comenzó a  explicarme las cosas que según él, eran sumamente raras y que todavía hoy ocurrían en su planeta. Dijo que el planeta era grande y vasto, con  amplias extensiones de tierra, llanuras, selva, desiertos y enormes mares. Continuó contándome que los habitantes del planeta se hallaban separados en grandes bloques de tierra, ahora eran cinco, pero se había separado y reagrupado muchas veces a lo largo del tiempo. La palabra continente brotó de mis labios, él asintió con la cabeza. Dijo que su mundo era tan raro que a pesar de que cada uno de los bloques tenía la riqueza necesaria para prosperar, había zonas llenas de hambre y miedo, azotadas por la guerra y las enfermedades. Mientras “los otros” siempre permanecían impasibles. Él pertenecía a Cameria. Había sido conquistada y saqueada, sus culturas habían tratado de ser exterminadas como fueron arrancadas todas las flores, esas eran cosas que gustaban de hacer los hombres blancos. Incluso ahora, tantos años después el norte dominaba al enorme sur. Owi era de piel color granate, oscura y brillante, ese era un rasgo que los caracterizaba, hinchó su pecho con orgullo, y luego dijo que algunos, gracias a ello los consideraban inferiores genética, física y mentalmente.  Aún quedaban culturas como a la que él pertenecía, que buscaban la armonía con la madre tierra. Luego estaba Luripa, uno de los continentes más viejos, ricos y seguros.  Cerca de ahí estaba Orompo el continente gris, los hombres grises siempre habían sido menospreciados, la aparente cultura y civilización de los demás países no impedían que se les atribuyera, gracias a su color de piel, cosas como la maldad y suciedad innatas, algunos incluso sugerían que  su color estaba asociado a la innumerable cantidad de enfermedades que los azotaban. Sisia estaba llena de colores, de aromas deliciosos y de rezos, pero había también un prejuicio para ellos, se les atribuía la violencia, los demás consideraban  absurdos conceptos importantes para ellos como el honor y la obediencia. Yama era el último, el más desconocido, el menos poblado, aquí no había ninguna opinión generalizada, tal era su desconocimiento.
Dijo que había viajado hasta aquí, hasta este planeta lejano del que nada sabía, porque necesitaba ayuda para refugiarse, para brindar un lugar seguro a toda la gente que quisiera huir de aquel infierno. No podía soportar más que su vida estuviera dirigida por tiranos que asesinaban cada día a miles de seres sin que nadie pudiera detenerlos. No podía seguir llenándose los bolsillos de esa indiferencia que le roía cada noche, tampoco podía ya soportar la culpa, esa que le quitaba el sueño por las noches, esa que le obligaba a buscar soluciones para los animales del agua, a quienes recogía cada vez con mayor frecuencia, los llevaba hasta su casa, hacía los mismo con los animales del viento que merodeaban dentro de su hogar, incapaces de salir a respirar ese aire pútrido, a veces los sorprendía mirando por las múltiples protecciones de las ventanas, con ojos enrojecidos. Owi calló de pronto. Le dije que provenía de un mundo muy parecido al nuestro pero él era más afortunado, por su valor de salir a probar suerte, su posibilidad de hacerlo y por lo claro que podía verlo todo. Le deseé suerte, quizá en algún otro planeta lejano encontraría el refugio y la posibilidad de vislumbrar un nuevo horizonte. Nunca más volví a verlo. Se alejó con una sonrisa triste, transportado de nuevo por esa burbuja de aire. Los primeros rayos se filtraron por las persianas. Lo envidié secretamente, yo también deseaba huir, deseaba encontrar alguna puerta abierta. Cerré lo ojos y volví a sumirme en ese sopor angustiante y cálido.

Dacrifilia

Su  cuerpo se desfragmenta en millones de gotas, se expande. Fuma. Su mirada se pierde en la salinidad marina que empapa el territorio de los sueños. Llueve, el sonido la remonta al recuerdo de una noche en que el frío manaba de la oscuridad. La negrura la absorbe. Cierra los ojos, él esta junto a ella, le habla pero ella  ya no le oye, permanece lejana, pequeña y ausente como un sueño. Percibe  en los labios  el sabor del cálido líquido que escurre por sus mejillas, semeja belfos esparcidos por  la piel.
Ahora, es  imposible hacer manar esas partículas salinas, ingrávidas y tibias. Su lacrimal  esta reseco y pútrido como su corazón.  Alrededor nada es estático. Temblor, movimiento. Todo gira. Ella se aferra al dejo del recuerdo.

 -Ayer me he cortado para ver si todavía siento-.

 No escucha lo que él  responde, se limita a observarlo, lo mira con los ojos secos, etarios, asustados ante este gesto de suplica. Reconoce la escena, anticipa el final, conoce esa actitud, esa mirada. Entorna los parpados y evoca la imagen de él frente al espejo. Cristales pequeños corren por sus pómulos. Las manos entrelazadas sobre el rostro,  en ese absurdo rictus de pudor perece querer cubrir ese tesoro, ocultar el cuarzo que danza a través de sus pupilas azules, surcos diminutos, acuáticos, gráciles. Porciones pequeñas de glucosa, proteínas y sodio. Secreción preciosa, azucarada y  lípida. Una sensación apacible y placentera surge a través de ellas. Suave estremecimiento que anida en el remolino de su vientre, calor que escurre en su entrepierna. Sonríe, él le da la espalda. Ella lo abraza, toma su rostro entre sus manos, acaricia sus ojos, huele la sal que habita en ellos. Degusta ese licor humano, absorbe la humedad  embriagante que es su llanto. Lame sus globos oculares, coloca con suavidad la punta de su lengua sobre su córnea. Él permanece, se deja hacer, se retrae, siente la venenosa intensidad de esos labios, dulcemente lascivos, obsesivos y asfixiantes. Ella fluye a través de esos diamantes diminutos que escurren de él, que nacen para ella.

Lo haces perfecto – susurra- adoro tu capacidad histriónica.

Él sonríe, la mira entre su llanto. –

El sexo es una flor acuática, un ojo metálico que atiza las llagas con dolor y placer indescifrable –dice.

Ambos obtienen lo que necesitan fundidos en la humedad de su boca macerada en lágrimas.




orquidea psicopata

Abro los ojos




Abro los ojos. No estoy segura de que esto sea la realidad. Mis ideas penden de una telaraña. Tiemblo, hace frío, mi rostro esta mojado de sudor. Una extraña sensación me embarga. Las imágenes son nítidas como fotografías. Las sensaciones aun queman mi cuerpo. ¿Fue un sueño o un recuerdo?
Flotaba, invadida en una tibia suavidad, descansando en líquido amniótico, en un útero azul. Los sonidos me acariciaban al tocar las paredes que me cubrían, nada hubiera podido perturbar mi sensación de bienestar, la calidez de no sentir mis venas expuestas.
De pronto el azul se tornó negro, sentí que me asfixiaba. Insectos se colaban por mi boca, penetraban mis oídos, escarbaban mis poros. Pude sentir sus alas atravesando mi garganta, bajando por mis intestinos y mi útero. Pude sentir como invadían mis órganos, la voracidad con que carcomían mis tejidos y músculos. Un estridente zumbido lo ha inundó todo, quise gritar,  alejar el dolor que me causaban, fue inútil, estaban hambrientos y ávidamente desgarraron mis entrañas.
Mi piel permanece intacta, tal vez sienten repulsión por la piel, por dentro me disuelvo en saliva acida. Los cortes de sus dientes y tenazas son perfectos, artísticos. No sangro, no hay evidencia alguna de que me habite una multitud  carnívora, soy una cáscara blanca. Abro los ojos, en ellos arde el vacío,  mis pupilas dilatadas son un pozo de sangre. Estoy vacía, me han dejado vacía.

orquidea psicopata

sábado, 26 de marzo de 2011

La cueva de Ana

Ana llegó a casa cuando tenía nueve años. Su abuelo la había inducido a nuestro territorio un par de años antes. Entonces sus visitas eran esporádicas. Nos elegía fijándose solamente en el brillo de nuestros colores. A partir de su llegada comenzó a deslizarse con una frecuencia inusitada por nuestros lomos. No rechazaba a ninguno de nosotros, Aspiraba con fuerza al deslizar la llave del armario despacio, se tardaba en llegar hasta nuestra piel. Lo mismo le daba que uno hablaba de pájaros, del gótico o de un viejo y el mar. Sus manos se acostumbraron tanto al tacto rugoso de nuestras hojas que empezó a llevarnos con ella a todas partes. Primero nos llevo hasta su habitación, que al principio nos pareció demasiado fría, sin espacio para nosotros. Luego comenzó a llevarse a alguno de nosotros en el bolso, nos mareábamos un poco pero nos sentíamos pájaros. A veces nos depositaba en otras manos, pero siempre volvíamos a la cueva de Ana, a sus certeras caricias, al ruido incesante de su habitación. Nos acostumbramos a su familiaridad, a su cuidado al alisar nuestras hojas, al pegar nuestras solapas. Nos acostumbramos a sobrevivir a la violencia de sus lecturas, armada siempre por un lápiz y separadores intrusos que nos invadían como una horda de colibríes.
Aquí dentro la luz no cabe, el polvo se deposita sobre nosotros en una fina capa, la humedad nos va pudriendo despacito. Ana no vuelve, la caja de cartón es demasiado fría y en verano demasiado cálida. Nos preguntamos si Ana nos extraña, nos preguntamos si volverá, algunos pierden la esperanza. Yo creo que sí, al recordar la alegría que emanaba de sus rostro al recorrernos con las manos, pienso incluso que ella debe estar en un espacio parecido sin el tacto de nuestras hojas, un lugar húmedo y frío del que emergerá trayéndonos nuevos hermanos en sus maletas cargadas de libros.


orquidea psicopata

martes, 1 de marzo de 2011

La derrota



No necesito un hombre oscuro para mostrarte todo el vértigo del mundo. No necesito un hombre amargo que me ayude a explicarme al dios de la derrota, Sólo el fracaso amanece y se derrama, se escurre fuera de tu boca pero no escapa. En tu interior resuena un sonido metálico, hueco y duro. El olor que emanas al despertar pudre tu reflejo. Olvidas la noche, la historia, el arrepentimiento. Pero sigues, sólo eso, sólo eso…
orquídea psicópata.


Pintura: Las botas,  1886, Vincent Van Gogh

Hombre



Es tan ácida tu claridad
Que incluso tu boca
Despide un tacto de roca.

Es tan ácida tu claridad que
Los poros de tus manos
Solo sienten la roja patria,
La roja angustia,
Desprendida a medias de tus ojos.

Es tan ácida la oscuridad de tu boca
Que busco huir
De ese sonido desnudo,
Que brota de tu azul venganza
Y lo impregna todo
De esta textura de azufre y llanto. 

orquidea psicopata

Pintura: Eco por un grito, 1937, David Alfaro Siqueiros.

Sardinas y trenes



Detesto las miradas que escudriñan, que hacen un balance de cada pieza de mi armario, analizan las manchas, la suciedad, detectan los botones mal cosidos, el color gris de los puños.
Hoy he escuchado “te voy a culturizar” detesto la expresión, no la usaría nunca, ni de broma. Si perdemos la seriedad de nuestras palabras perdemos credibilidad. Nuestra vida se convertirá en un mal chiste, en una frase absurda. Detesto la música banal “ponme un tercio, uno cincuenta, esto es un robo”. Los críticos dirán que esto es denuncia, que es una voz urbana. Creo que es paja, frases hechas, convencionales, que se unen una a otra y forman un enorme todo, una gran pérdida de tiempo.
Odio el chillido de los trenes al llegar a la estación. Veo desde arriba mi propia imagen; soy una mancha de color pardo. Corro, me enredo, me esfumo en la enorme masa móvil, me fundo. Miro hacia adelante, avanzo, es imposible huir esa masa uniforme, esta masa de carne. Sudo, subo el volumen del reproductor de música. Cierro los ojos, sólo un segundo, resulta tan difícil evocar desde aquí el color verde, pienso en fibras verdes, en dejar de ser gris, en huir del gris.
Llega la prisa, la gente que grita y empuja, que contribuye a la solidificación de la enorme lata de sardinas. Miran al suelo lleno de puntos negros, rojos y grises. Nunca los rostros.
Me enfurece el movimiento repetitivo de la gente que engulle patatas fritas, una a una, una a una. Quiero inmunizarme, sin prisa ni angustia, sin furia, sin ira ante los comentarios absurdos, ante la levedad con que se tratan las palabras.


orquidea psicopata