domingo, 27 de febrero de 2011

Cómete mi corazón





No tengo agrafía secundaria. Tengo las letras pero no salen. Tengo este sabor ácido en la garganta. Este sabor amargo que sólo la culpa instala aquí, bien hondo.
No puedo contarte mi vida en tres palabras. No diré hola mi nombre es Marina, he intentado suicidarme, tengo 19 años, me he cortado el cuerpo para intentar sentir. Sí, el psicólogo dijo delirio de persecución, dijo debes dibujar, dijo siéntate, tómalo con calma, crece despacio, cambia de color. Pero nunca dijo por dónde tenía que empezar, cuál era el fin. Las historias aquí no comienzan de la misma forma. Nada se encuentra definido, el nudo, el desenlace. ¿Dónde cabe la falta de fe?  el vacío, la nada rodeándome, llenándome los ojos, acuchillando la carne despacito.
Tengo estas palabras que describen mi vida a grandes rasgos. Lejos. Bien ocultas. Al principio quería mostrarlas, ponerlas sobre la mesa, cortarlas en finos trozos, añadirles sal, aunque ardiera, aunque sintiera mi nombre en carne viva. Tantas veces sonreíste con esa mueca irónica o simplemente volteaste la cabeza. Sólo dejaste que el silencio me engullera, que su boca me absorbiera una vez más. Y otra vez tuve que andar a tientas, ciega, chocándome contra los muros, estrellándome contra los vidrios fragmentados.
Aprendí que debía callar. Aprendí a llorar descalza, desnuda ante la lluvia pero ocultando el rostro. Me burlé de mis heridas pero tú no fuisté testigo de esa risa.
Hace unos años, me acerqué a un par de chicas en el patio de la escuela. No sé qué me invitó a confiar en ellas, seguramente la desesperación o la estupidez, comencé a contarles que no estaba bien, que el psicólogo no ayudaba, mi reflejo seguía deformándose, la relación con mi madre iba a peor. Una de las chicas se llamaba Claudia, sonrió con ojos tristes, me dijo que no era normal presentarse a alguien de esa forma. Entonces yo no lo sabía.
Esto es un aprendizaje difícil, aprender a arrastrarse y a reptar para que aplaudas, para que me des una palmadita. No quiero la pimienta sobre mi carne áspera, no quiero el tomate, la cebolla, no quiero que reduzcas la acidez de mi carne. Ni que quites las plumas, que limpies las vísceras, que uses aceite de oliva extra virgen.
Déjeme a mí cocinar el plato, deja que la amargura repose, se asiente, que la hiel me macere despacio. Quiero cortar grandes trozos de carne. Batiré la sangre, añadiré la crema y los huevos, podrás disfrutar de un postre delicioso. Cómete mi corazón, pero no escupas el veneno, se ha mantenido allí dentro durante tantos años que su delicado sabor añejo es una muestra del arte culinario. No desperdicies nada, aunque estés lleno, los niños que mueren de hambre están muy lejos de tu casa, de nada serviría arrojar migajas por la ventana. Mastica despacio, quizá también absorbas un poco de la grasa, un poco de perfume de canela y de zapote, un suave sabor de tamarindo, un olor de mango, la textura del maíz y  del cacao, da las semillas de calabaza. Paladea, mueve la lengua despacio y no pierdas la furia, el ligero crujido que lo inunda todo, que te deja ese sabor de coágulos en la garganta, de vísceras podridas y escandalosos ruidos.

orquidea psicopata

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