lunes, 15 de noviembre de 2010

Puntos de fuga


Recuerda la primera vez que lo vio. Se adhirió a él, comenzó a ensuciarlo, a absorberlo, a ahogarlo dentro de sus pupilas cafés. Refugiados en un sueño apaciguador y malicioso.

Recuerdo la primera vez que lo vi, decidí amarlo. Te estrujaba contra mí, desgastandote, de nuestros cuerpos fluía una sustancia espesa y clara, se escurría del uno al otro. El mundo entonces era cálido, nos reflejabamos en nuestros ojos, nos reconociamos, nos arrojabamos al mar. Era la vispera del mundo. Soñabamos, podiamos volar.

Soy semilla, fui espora, flotaba, hasta que me posé en tu centro, en tu ombligo y florecí, crecí, quería mostrarme. Me abrí para ti y para mí, adquirí un nuevo tono de piel, me volví dorada, emitía luz,  brotaban destellos iridiscentes desde mis pechos y mi frente. Coloreabamos mis pétalos con risas, con viajes, con el calor, el sociego de las noches que nos dabamos. Pintamos los cuadros más hermosos, eramos uno: el modelo, el pintor, la obra. Era parte de ti, un apéndice de tu cuerpo, me necesitabas como a una mano. No, no era un parásito, vivía entre tus ramas, balanceándome. Epifita, colgaba en paz, capaz de producir mi alimento gracias a ti, a tu clorofila, al oxigeno que respirabamos.

Creció, se enroscó en él, poseyendo cada una de sus ramas. Ávida, se deslizaba con rapidez, lo invadía, cubriéndolo, debilitándolo. Era hiedra, cada día lograba una victoria. Buscaba invadirlo por completo. Respiraba su aire, exhalaba veneno. Lo infectaba.

Construimos juntos una casa, una fortaleza, formamos paredes hechas de cristal con una mezcla heterogénea, una amalgama de sueños, de amaneceres rojos y de hojas, de higos secos y abrazos largos. Construimos una visión del mundo. Habitaciones impermeabilizadas donde jamás entraría el moho, la lluvia, el polvo. Habitaciones frágiles, sin muros,  expuestas al polen, al misterio, al tibio desgaste de la pátina dejada por el roce de los cuerpos y el tiempo. Llenas de luz, de aire. Abiertas. Cuartos donde solamente habitaba la pasión, los ritos animales, donde la dulzura manaba desde el pecho, se escurría en gotas líquidas, nos envolvía, nos arrullaba. Había algunas llenas de silencio otras llenas de música, de extraños sonidos incesantes. Habitaciones blancas, rojas, rosáceas, verdes, amarillas... No queríamos del mundo solo un rincón tranquilo, queríamos la paz, la calma y el estruendo la extrema violencia de la historia, de la palabra. Había puertas cerradas, gritos e intimidad pero permanecía siempre el brillo dejado por una puerta entreabierta.

Construyeron una casa delirante. Habitable tan solo para ellos. Se refugiaron en su mundo idiota, en colores vibrantes, en la simpleza de su absurdo, construyeron una visión del mundo. Ella habia logrado invadirlo tan hondo, infectarlo tanto que ahora todo en él la reflejaba: las manchas rojas, los libros negros, la pasion animal, asqueante, las paredes, los escondrijos, la extrañeza, la incapacidad para vivir de manera normal. Vivían en una casa de brujas, plagada de frases, de gatos, de ruidos absurdos, incomprensibles, inteligibles. Decidieron dejar la puerta abierta al mundo abligandonos a contemplar el espectáculo repugnante.

La gente se reunía a nuestro alrededor, conocían nuestra risa y cada rincón de nuestro llanto. Recorrían nuestras almas. Algunos lloraban, otros enloquecian. Compartíamos, teníamos pictogramas adornando nuestras paredes, guardabamos pinturas, tatuajes y fotografías de sus gestos y su piel. Fueron poblándonos, dejaban su vida por un segundo, abandonaban su casa y entraban aquí. Nos entendíamos o por lo menos lo intentábamos, nos volvíamos transparentes, a través de esas sonrisas nos reflejábamos, sufríamos. A veces reconocíamos a los otros, nos miraban con desprecio, con extrañeza y desaprobación. Surgían muros, tratabamos de escalarlos, de esquivar su impacto. Corriamos, pero nada podia cambiarlo era imposible aceptarse, reflejarse. Había miradas de odio y entonces también comenzamos a odiarlos, nos obligaron a desconfiar de la sinceridad, de la hospitalidad, nos sentimos falsos. Nos desconcertaban, queríamos huir, cerrar la puerta.

La gente se congregaba a su alrededror había locos, que, babeantes, empapados de sudor, estallaban en llanto o en una risa loca. Entraban a compartir sus claroscuros. Había imágenes incomprensibles decorando las paredes, nos miraban desde los muros, desde el techo, volviendo el espectáculo todavía más recargado, más barroco. Comenzaron a odiarnos. Su teatro mágico, su estupidez, su desorganización los imposibilitaba para vernos, para entender la congruencia de nuestro mundo. Incapaces de huir, de correr hacía fuera, hacía nosotros, o de hundierse por fin en esa casa estupida. Incapaces. Se ocultan tras la puerta con ojos locos, tomados de la mano, sonríen de vez en cuando con gesto estúpido.

Silencio.

Silencio.

Líneas paralelas.

Líneas equidistantes.

Líneas rectas avanzan, crecen, siempre hacía lo alto, hacía delante.

Líneas ondulantes, sigzagean, recorren, viajan, se deslizan con suavidad, se disparan en direcciones contrarias y se atraen.

    orquidea psicopata

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