martes, 16 de noviembre de 2010

Mujer de barro.




Mujer de barro


“Vamos por la vida cargando a nuestros muertos y antepasados sobre nuestras espaldas. Todas las tradiciones chamánicas así lo certifican, pero nuestra tradición racional tiende a olvidarlo. El árbol genealógico es a la vez, nuestra mayor trampa y nuestro tesoro más preciado. Trampa que lleva a traicionarnos a nosotros mismos por quedarnos apegados fielmente a contratos inconscientes. Tesoro que nos engendra y nos da la posibilidad de vivir desarrollando la conciencia”.
Marianne Costa
Mujer de barro
Soy una mujer de barro, los dioses me armaron, hicieron cada una de mis hendiduras, hicieron de mi ombligo un círculo perfecto, de mi sexo una imperfecta flor.  Me alimentaron, me pusieron ahí de cara al sol, me dejaban secar, esperaban  que mi rostro se formara. El sol besó mi piel de cobre, mi madre luna me abrazó, sopló dentro de mi boca, me removió, mis caderas se abrieron, se ensancharon, y me brotó un  ritmo de mar, un sonido de sangre.
Estuve ahí muchos días y noches, los tamarindos maduraban, bajo mis pies podía sentir la dulzura de la fruta corriendo a través de las venas de la tierra, metiéndose a mí por debajo de mis uñas, endulzándome. No podía moverme, era preciso esperar, yo también debía madurar. Olía a mar y a noche, a pan, a leche calentada en el brasero de la abuela. Pusieron sal bajo mis párpados, entonces aprendí a llorar. De mis pechos brotaron cantos de palomas, me percaté que habían crecido como frutas, eran amarillos.
Me hicieron asomarme dentro de todos los cenotes,  ver el agua corriendo bajo la tierra en mantos subterráneos, en venas abiertas. Me encontré de frente a las pirámides, vi lucha y despojos, vi ese líquido precioso, granate, derramándose en nombre de la lluvia, de las cosechas.  Sentí el miedo ante los extraños, ante su mundo desconocido, ante el regreso, el castigo de Quetzalcóatl ¿Qué habíamos hecho mal? ¿En qué nos habíamos equivocado?  Vi la imposición de una cultura extraña, el dolor que causaba el símbolo de la cruz, los otros la abrazaban para venerarla. Pude ver el miedo, pude ver el odio, la avaricia por el oro. Entonces la muerte dejó de ser lo que había sido, se volvió castigo, el horror ascendió hasta esa otra vida. Perdimos el honor, robaron algo que los dioses habían puesto dentro de nuestro espíritu, no sólo saquearon los templos, no sólo corrompieron el jade; olvidamos, aprendimos lo que ellos tenían para mostrarnos, dimos la espalda a los secretos que los dioses nos habían revelado dentro de la selva, las cosas que oíamos en el canto de los jaguares se quedaron enterradas bajo la tierra como los templos. Sobre ellos se erigieron nuevas ignorancias, efigies al horror y el miedo. Sentí asco. Su dios también exigía sacrificios, también se alimentaba de sangre, pero sobre todo se alimentaba de odio, entonces  mis ojos dejaron de ser de chocolatl, dejaron de ser el cacao amasado por  una madre antigua y se volvieron posos negros, en ellos dejó de haber una sabiduría ancestral, y se asentó una tristeza de obsidiana.
Estaba lista, adornaron mi cabello con flores de cempasúchil,  cosieron hierbas aromáticas y hueledenoches  por dentro de mi ropa, bordada por manos hábiles, manos morenas que conservaban parte de su primera memoria. Quise hablar y sólo conocía una lengua extraña, no me pertenecía pero debía aprenderla, aceptarla porque era ese el único regalo que esos hombres  nos habían llevado, esa fue la única imposición de tantas, que era hermosa por sí misma y  la aprendí, la hice mía.
Los dioses entonces se habían cansado de esperar. Ya no podía sentir el latido de la tierra bajo mis pies, no podía ver el vuelo de las guacamayas. Estaba hecha, el tiempo de la maduración se había pasado, incluso tenia ropas sobre mi cuerpo, pero faltaba algo, mi rostro no había terminado de formarse, tenía rasgos multiformes, rasgos impuestos que habían borrado otros anteriores. Entonces el viento, la lluvia, los dioses, corrieron, se alejaron detrás de las montañas, nunca volvimos a verlos, esta era otra obra más de el dios del odio, nos había despojado de nuestras raíces, incluso físicamente, ya no teníamos historia, sólo algunos fragmentos de cantos, algunas historias vistas por los árboles, a los que ahora tampoco podíamos escuchar. A partir de entonces fuimos “los sin rostro”, los que callan, los olvidados.


orquidea psicopata

fotografias:
1 y 2 Mujeres Alfareras, originarias de Amatenango del Valle, Chiapas; México. 
3 Estatua ubicada en el barrio de San Antonio en la ciudad de San cristóbal de las Casas, Chiapas; México.

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