jueves, 30 de septiembre de 2010

Gabriela





No me acuerdo porqué me hice maestro. No fue porque me gustaran las niñas, ni siquiera cuando era un chamaco e iba a robar revistas porno al kiosco de la esquina, desde entonces las buscaba maduras, buscaba los rostros que se deshacían de placer ante las envestidas de esos enormes órganos, nunca las otras, esos rostros niños que mostraban muecas de dolor, quizá era eso lo que me resultaba más chocante o lo exageradas que parecían las coletas. No fue porque me gustaran las faldas, mucho menos las piernas escurriéndose como hilos en esa delgadez, o esas otras piernas gruesas, demasiado robustas. Fui un hombre íntegro, tuve las oportunidades, sobre todo ahí, en los alrededores, donde las alumnas son mucho mayores. No hubiera sido el primer maestrito de pueblo que hubiera terminado embarazando a alguna alumna. Entonces la diferencia de edad hubiera sido menos notoria y hubiera terminado como muchos linchado por el pueblo o casándose para intentar recuperar el honor. Yo tenia a Aurora, dos veces por mes viajaba a la ciudad, depositaba en ella todo mi deseo. Ni siquiera lo pensé cuando me cambiaron de municipio y no podía regresar a la ciudad, ni siquiera cuando Aurora se cansó de esperar durante tanto tiempo a que yo llegara a llenarle las piernas durante media hora y me dejó. Luego vino la plaza, llegó Mariela, los niños, la tranquilidad.
Hace unos meses circuló el rumor de lo que había pasado con Gabriela, todos sabíamos que un taxista contratado por sus padres la llevaba al colegio porque no podían recogerla, su madre también era maestra (aunque yo no la conocía porque daba clases en otra zona) su padre es guardia de seguridad, sus horarios no eran compatibles así que Martín desde hace varios años se encargaba de eso, entonces él sólo era un chamaco veinteañero, entonces a Gabriela aún no le habían brotado esos pechos dulces y enormes. Los rumores decían que la habían violado, el hecho es que Martín había huido de la ciudad. Sin embargo era difícil creer en los rumores porque Gaby siguió asistiendo a clases, la única diferencia era que el chofer de ahora era mucho mayor. Entonces todavía no era mi alumna, es verdad que la había mirado, no era especial, no era diferente de esas niñas que se desarrollan mucho mas rápido, los pechos les brotan cuando la mayoría todavía tiene el pecho chato, algunas de ellas salen en el noticiero sobre todo en esos pueblos perdidos, costeros, niñas embarazadas a los nueve años. Gaby tiene el pelo oscuro, rizado, cae sobre sus hombros, los ojos negros, brillantes, la mirada dura, los labios delgados sonríen siempre, es bastante alta, sus piernas son delgadas y largas, las caderas no sobresalen demasiado, pero esos pechos altaneros y dulces, desafiantes…
Hace un año, cuando apenas la había mirado de reojo todavía usaba pantalones y un sweater cerrado, eso era raro porque era el uniforme de los niños, quizá en un intento de esconder esos pechos inusuales que ya desde entonces resplandecían marcando su redondez, su suavidad a través de la tela.
Quizá no debo buscar en ella los motivos de este cambio, tenía que ser ahora, a mis casi cuarenta años, cuando cada mañana veo como mi cabello desaparece, la frente se ensancha, el bigote se vuelve áspero, incluso aparecen esas manchas en las manos, una lluvia ligera que se acentúa con el paso del tiempo. La barriga cede a pesar de los ejercicios que hago religiosamente por las noches. Mariela siempre está ocupada, es difícil hacerme un hueco dentro de su agenda, algunas noches pasa, siempre es monótono y apresurado, y a pesar de ello lo necesito, necesito descargar mi conciencia. Entro en ella como en una pila bautismal, para borrar la culpa, para limpiarme, para olvidarme del miembro endurecido al contemplar la suavidad de esas piernas, la dulzura de esos muslos.
Cuando por fin llegó a mi clase, tenía todavía doce años. Desde el primer momento me di cuenta de que era diferente. Sus ojos negros ardían. Se había olvidado de los pantalones, ahora usaba la falda más corta de la clase, no le importaba que se alzara por detrás empujada por la tirantez de sus nalgas para enseñar de vez en cuando ese trozo de algodón blanco o rosa. Desabotonaba los primeros dos botones de la camisa, los pechos también empujaban la tela, se mostraban precisos, perfectos, eran manzanas enormes. Fue ella quien se acercó a mí en los recreos, al principio sus amigas participaban en el juego, pero fue ella quien las alejó con los susurros, en esos susurros me pidió si quería ser su novio, yo siempre enrojecía, comenzaba a sudar, sonreía, intentaba pensar que era un juego, que ella no conocía el significado de sus palabras, sin embargo mi sexo se endurecía cada vez que ella estaba ahí sentada en mi escritorio, balanceando las piernas por fuera de la mesa, podía aspirar el perfume de su sexo, podía saborear su olor de fruta. No sé si lo planeé, si el hecho de llevarla a ese concurso fue una situación premeditada, lo cierto es que ella tenía una letra preciosa, se haría el concurso de caligrafía como todos los años, ella escribió una carta como todos los chicos, seleccioné la suya, el tema era la patria, la historia. Ganó el concurso escolar entre los otros grupos, todavía quedaba el certamen de la zona donde participaban seis escuelas. Hacía tiempo que ella iba contándome partes de la historia, siempre sonreía y decía que le daba vergüenza y era verdad que enrojecía, pero yo creía que había otra razón para que lo hiciera. Era una niña, debí estar enfermo desde entonces, cuando pensé que me deseaba tanto como yo. No podía evitarlo cuando durante el receso se sentaba en mi escritorio y me miraba con esa carita de pena, me dijo que extrañaba a Martín, me dijo que se había ido, se había asustado porque creía que sus padres se enterarían de que eran novios, me contó que la había besado, le había enseñado a hacerlo deslizando la lengua despacito, bordeando los labios, mordiendo despacio, metiendo la lengua dentro de la boca. “Así” me decía, mientras sujetaba el caramelo con una mano y recurría con su lengua fresca todos los resquicios de su propia boca. Yo intentaba disimular mi erección, sentía como me brotaban gotas de sudor sobre la frente pensaba en lo que pasaría si alguien escuchaba esas palabras susurradas, si alguien descubría su secreto. Lo que más le gustaba a Martín eran sus pechos, los acaricia siempre por encima de la ropa, por eso siempre llevaba esos botones abiertos, porque así es como le gustaba mirarlos, dice que a veces incluso le hacía daño, los estrujaba con fuerza, sólo una vez los había besado, a ella le causó gracia la imagen de su lengua temblorosa recorriéndolos, las cosquillas que le hacía la barba. Martín tenía veintiséis años. No se despidió. Esa fue la última vez que fue a recogerla al colegio. Los besos siempre eran cerca de casa, era seguro, había una carretera de terracería, el camino bordeaba la carretera principal, nunca había nadie. Le hice prometer que algún día me llevaría a ese sitio. Quizá por eso actué con premeditación cuando seleccioné su carta en el certamen, conocía la dinámica, se cambiaría la clase de deportes, yo disponía de doce a dos, ella había avisado a su madre por si se demoraba un poco, yo la llevaría a casa, cuando el evento terminara. El concurso de zona lo ganó un chico, el evento duró poco, fue bastante aburrido. Gabriela estaba sentada junto a mí, su pie rozó mi pierna repetidas veces, como siempre temí que alguien se diera cuenta. Yo había sido un profesor intachable, estaba casado con una mujer joven, Mariela tenía treinta y tres años, yo treinta y ocho, mis hijos eran bastante mayores que Gabriela y sin embargo… estaba a punto de explotar, me había cansado de masturbarme en casa cada vez que Mariela salía, pero el deseo no se iba, estaba ahí, estrangulándome, obligándome a actuar. Al entrar al coche le pedí que me llevara al sitio donde iba con Martín, ya me había indicado el rumbo que debía seguir, fue bastante fácil. Al llegar le pedí que fuéramos al asiento trasero. Comencé a besarla, sabía dulce, a fresa y menta, a chocolate y nata. Yo conocía el ritual, lo sabía de memoria, estaba grabado en las yemas de mis dedos, en cada movimiento de mis piernas. Besé su cuello, despacio, tratando de contener el sonido de mi respiración agitada, estaba jadeante cuando abrí los otros dos botones de su blusa, el sujetador era blanco, de algodón, todos eran parecidos, su madre los compraba siempre iguales, me dijo, me pareció precioso, sujeté la tela y la deslicé hacia abajo, cedió con facilidad, ahí estaban esos pechos desnudos, frescos. Los pezones pequeños de color café claro, perfectamente redondos y suaves, se endurecían más con cada contacto. Sus tetas eran enormes, sólo cabían dentro de mis manos totalmente abiertas. Intenté ahogarme en ellas, era imposible tenerlas todas dentro de mi boca. Mis manos se deslizaron hasta las bragas húmedas, hacia su sexo de color rosa. Era una flor bajo la lluvia. Empujé despacio, sentí dolor, ella dejó de sonreír, me miró asustada. Me retiré avergonzado. La limpié con un pañuelo, había sólo una gota de sangre.
¿Estás bien? Lo siento. ¿Te ha dolido? No sabía qué decir. Ella sonrió de nuevo y me dijo, “¿así que era esto?” Estuvimos en silencio hasta que llegamos a su casa, estaba cerca. “Hasta mañana profe”. No respondí, tenia miedo de que dijera algo, miedo de que le doliera, su madre preguntara y le contara la verdad. Dormí mal. Discutí con Mariela durante la cena. Al día siguiente fue un alivio verla, una angustia esperar hasta medio día para preguntarle como estaba, me dijo que estaba bien, que le había gustado todo, excepto “eso”, le dije que nunca más lo haría, se lo prometí. Entonces debí parar pero no había forma, sólo podía pensar en ella, en su carne morena y clara, en la tersura de su sexo. De nuevo fue premeditación, durante años había preparado obras de teatro, festivales, concursos de declamación, los ensayos se realizaban en mi casa, siempre había sido así, incluso cuando Mariela comenzó a trabajar, dejaba la limonada preparada y galletas encima de la mesa, a veces iba un solo niño a veces dos, mi grupo sobresalía siempre en los festivales. Ahora sería Gabriela quien se ocuparía de todo, es cierto que yo no hacía mucho caso al corregir sus exámenes, que colocaba el resultado correcto en matemáticas, obviando que ella había olvidado las tablas de multiplicar, sus ensayos eran siempre los mejores, sus cartas, sus ejercicios, sus experimentos, era indudable que ella debía representar al grupo, entonces comenzaron los ensayos. En mi despacho había un sillón de color negro, su piel me deslumbraba en su blancura, su claridad. A partir de entonces costó menos, Gabriela se mojaba pronto, besaba su cuello, hacía tiempo que me había afeitado el bigote para evitar que se riera en momentos así, introducía mis dedos en su sexo húmedo, a veces lo besaba, a veces me impregnaba de esa sustancia dulce, usaba la lengua, los labios, los dientes, ella se retorcía de placer entre mis brazos, luego la penetraba, al principio me corría sobre sus muslos, sobre su pubis, pero sabía que era peligroso. Luego tuve que acudir a la farmacia, la más alejada de mi casa en esta ciudad pueblo, no quería que nadie que me conociera se enterase. Disponíamos de poco tiempo, sólo una hora. Hubiera querido hacer la tarde entera. Hubiera querido quedarme dentro de ella durante horas. Luego la recogía su madre o mariano “el abuelo chofer” como Gaby le decía. Era mía, era perfecta. Nunca exigió nada. Era demasiado bueno para durar, el año escolar estaba a punto de terminarse, organizamos como siempre un viaje a la playa para fin de curso. Necesitaba el permiso de sus padres, siempre era difícil conseguirlo, iba solamente la mitad del grupo, por suerte se lo dieron, pensé que no sería así, pensé que sería un infierno porque entonces ya era incapaz de alejarme de esos ratos. Ese viaje fue delicioso, la tenía para mí todas las noches, esperaba a que todos se durmieran, incluso ella, y la despertaba con mi sexo dentro de su boca, acariciando sus pechos que eran cada vez más grandes, más maduros, ahora tenía trece años. Para mi fue una verdadera luna de miel, saboreé la ambrosía de su boca, de su sexo, hasta agotarla. Fue ahí cuando la situación se volvió insostenible, sospechosa, indecorosa. Empezaron los rumores sobre mí, sobre otros años, sobre otras niñas, no sabían que Gabriela había sido la única. Yo empezaba a desconfiar de ella, durante el viaje, por la noche en el camión, mientras todos dormían (se suponía que también yo) había escuchado una conversación: Antonio le había dicho a Romeo que llevaba un paquete de condones, los había elegido con sabor de Mango. Gaby le había prometido que lo dejaría meterse a su habitación. Antonio era un buen chico, al día siguiente escondí una cartera para tener una razón para registrarlo. Encontré un paquete de preservativos, la cartera tardó un día más en aparecer. No lo puse en evidencia, esperé un poco y le solté un discurso sobre la castidad, sobre el honor, estaba tan furioso que el chico se asustó tanto que ni siquiera quiso volver a hablarle. Gaby sabía que yo había sido el culpable pero ni ella ni yo nos preguntamos nada. Las vacaciones terminaron pronto, pero habíamos encontramos una manera para vernos, Gaby iba sola al centro deportivo, había un sendero, un puente de piedra que dividía la laguna, al otro lado un pequeño campo, hacía falta saltar para bajar del puente, pero desde arriba nadie podría vernos. Ni siquiera necesitábamos tumbarnos, Gabriela era alta sólo necesitaba bajar sus pantalones deportivos hasta la rodilla, hacer a un lado sus bragas y entrar al paraíso. Ahora ni siquiera necesitaba besarla, untaba un poco de saliva en su sexo visto desde atrás, la inclinaba un poco y siempre estaba lista. Nos veíamos los sábados a las 9 de la mañana, yo llegaba primero e iba a esperarla bajo el puente, ella corría media vuelta más, luego los estiramientos mientras yo enloquecía con el sexo ardiente, mientras estaba a punto de estallar. No puedo acostumbrarme a tenerla solamente los fines de semana. Me desordeno. Es mía, necesito su piel, su cuerpo, su abrazo para sobrevivir al vacío de mis noches. Necesito untarme en su sudor, en la perfecta simetría de sus pechos.
Camino hacia la puerta, observo a Erika, es ligeramente robusta, sus caderas sobresalen, el pequeño culo asciende, obliga la falda a levantarse en esa hermosa curva. La cintura es un poco más ancha que la de ella, los pechos un poco más pequeños, pero son igual de frescos, igual de perfectos en su redondez, igual de mágicos cuando se trasluce la dureza en sus pezones a través de la ligera ropa. Erika me mira, con las mejillas encendidas, y corre sonriente detrás de la pelota, mi mente me obliga a perseguirla, me veo corriendo detrás de ella, ondeando mi sexo entre las manos, la coloco con las palmas hacia abajo, sobre el escritorio. Beso sus resplandecientes nalgas, beso el sexo húmedo, de color claro, rosa, perfumado, etéreo. Beso sus ojos, su cabello castaño y lacio, beso su boca encendida, estrujo sus pechos por debajo de la blusa, me hundo en su calidez, me hundo en la estrechez de su sexo, goteante. Me alejo de la puerta para ocultar esta enorme erección. Busco dentro de mí, busco el momento en que esta sensación fue más fuerte que mi vida plagada de soledad, de rutina. Soy un monstruo pero no puedo parar. Gaby, ven, te necesito, déjame sentarte una vez más sobre mis rodillas, déjame acariciar tus muslos y arrullarte, deja que te cante una canción de cuna. Deja que mi lengua pez se aloje en tu garganta, que mi sexo roca se duerma dentro de ti. Veo el destello de tus ojos en todos los rostros, no puedo parar, te necesito. Cúrame.

orquidea psicopata


Dibujo: "The engel of meet"  de Mark Ryden

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