jueves, 23 de septiembre de 2010

Dios ha muerto


Dios ha muerto
                                       
Padre tú eres Dios. Ser repugnante que maquilla con palabras,  que olvida, que abandona. El que nunca se equivoca, el que juzga.
Este es mi pequeño universo, pertenezco a una familia. Pertenezco.  Tengo mi infancia, mi inocencia, la dulzura empalagosa de la abuela, sus cuidados, sus mimos. Tengo la inteligencia del abuelo, sus lecciones importantes. Cada conversación es un tesoro, una puerta abierta hacia su mundo, hacia las películas y libros. Tú no lo entiendes, nunca lo entenderías. Tengo la triste sonrisa de mi madre, sus ojos hermosos, tristes y tengo su historia, sucia, gracias a ti. Heredé de ella la melancolía.  Alguna vez tú también perteneciste a este mundo, te encargaste de ensuciarlo. Eras héroe y Dios. Me dotaste de fe, creía en ti. Me explicaste el mundo, pusiste tus ojos en los míos, me enseñaste como debía ver, me enseñaste parábolas sobre la maldad. Estaba rodeada de ella, se presentaba incluso en los cuidados de la abuela que me impedían desarrollarme y en la incapacidad mental de madre. Sin embargo fue ella la que estuvo ahí en  los momentos peores. Estuvo ahí para abofetearme los días, las noches que llegaba con olor a alcohol y a sexo. Estuvo ahí para sujetarme la mano toda la noche después del lavado estomacal, esa noche que desconoces.
“Padre perro ¿Por qué plantaste la semilla, si huiste al disparo del alba? Mi mar te sepulta en la ausencia de Dios. Te borro. Nada queda." No sabes que me publicaron esos versos, no puedo recordarlos con exactitud,  recuerdo las sensaciones, recuerdo tus estratagemas. Confiaba en ti, me gustaba caminar a tu lado, sentir el sol, el viento. Fuiste al que pregunté los significados, ¿qué es la menstruación? Entonces tenía 7 años, fuiste incapaz de responder, tu solución fue dejarme una semana sin la única hora de televisión que me permitías ver. Confiaba aún cuando ese día fuiste a recogerme al colegio, me llevaste casi arrastrando hasta la casa, llorabas, me contaste que mama tenía un amante, que intentaba separarme de ti, destruirnos. Recuerdo las palabras, esas que tú has olvidado, esas que ocultas te permiten dormir. Luego el divorcio, el odio a esa extraña, mi madre, un odio que creció con el paso del tiempo. Nos separaste. Hubo más charlas, más lágrimas, cada vez más palabras desconocidas. Cada vez me rompías más, me quebrabas. Nunca me habías contado un cuento antes de dormir, como mi madre, mi abuela. Este fue el primero, lo repetías, mamá te había engañado con su jefe, ella siempre había sido así, ni siquiera era virgen cuando se casaron, incluso había tenido un aborto. Yo no podía ser una puta. Aborto. Castidad. Culpa. Fueron las únicas palabras que me enseñaste. Recuerdo también los cuentos del abuelo, sobre la infancia, los recuerdos, sobre la magia, ese esplendor que se borra con el paso de los años. Cuentos hermosos, construían. El único libro que tú me diste hablaba de la violación de una chica por su tío, su hermano se suicidaba. Entonces tenía 9 años, era un libro de autoayuda, al final todos eran felices siguiendo unos sencillos pasos, olvidaban, crecían. Fue traumático. Nunca había conocido nada tan repugnante, te representaba, era parte de tu doctrina, pero lo mejor estaba todavía por venir, recuerdo que después de eso enfermaste, tu cerebro se podría como tu espíritu. Fui a verte al hospital, cogiste uno de mis dedos y lo sujetaste durante todo el tiempo que permanecí ahí, con fuerza. Yo estaba triste y tenía miedo, todavía  te quería, todavía eras mi padre.  Iba a verte, me asustabas, me recordabas a tu hermano esquizofrénico al que me enseñaste que debía temer, me recordabas el miedo que habitaba los ojos de tu madre. Ese día me pediste que me sentara en tus rodillas,  que lamiera tus manos, era un juego pero comencé a asustarme, me hablabas de lo guapa que era. Palabra absurda, era una niña. Como siempre, no conocías el significado de tus palabras. Corrí hacia la cocina de la abuela,  un par de lágrimas, miedo y asco. Me rompiste, la hendidura en la muñeca del modelo para armar, humus brotando, me volví una mujer rota. Dejé de verte durante un tiempo, pude llorar en casa con mi madre y los abuelos, pero nunca les hable sobre esa tarde, era vergonzoso, era humillante.  Los años pasaban, crecí. Apareció el alcohol, las drogas, los falsos amigos, las falsas sonrisas, pensaba poco en ti. Aparecías tan solo en la intermitencia telefónica, siempre con el rollo sobre la fortaleza, éramos guerreros, decías. A veces me hacías llorar, veces en las que estaba enferma, frágil, quería tan solo una palabra de aliento pero tú hablabas sobre la debilidad, no debía quejarme. Entonces te habías casado, tenias otro niño fruto de tu vientre, el niño era puro, no podía evitar sentir cariño cuando escuchaba su voz por la línea telefónica. Pero siempre estabas tú, como una sombra, manchándolo, obligándolo. Estabas en su colegio de monjas, como estuviste en mí, en la clase de catecismo, en el rezo de medio día, en las alabanzas a Jesús Cristo. Pensé en ti antes de la primera vez, escuché tu discurso sobre la virginidad, escuché que me llamabas puta, me retorcí de asco y furia. Me llenaste de culpa. Quise pensar que lo había decidido, que no estaba equivocándome pero ahí estabas tú para desmentirme levantando el dedo, acusador, mostrando mi estupidez.
Intenté dejarte claro que no quería que llamases más, te hable directamente sobre las cosas que hiciste para causarme daño. Dijiste no  recordar. Me negué durante varios meses cuando te presentabas en la intermitencia telefónica. Pero siempre volvías a llamar, a atormentarme, se aparecía ese niño duende, educado con la palabra del señor, educado en la mentira. Un hijo tuyo, mi hermano. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? He puesto la suficiente distancia entre nosotros, te he hablado con la verdad, he sido ácida en cada una de mis frases, para alejarte, para dejarte clara mi postura. Y ahí estás, omnipresente, apareciendo en la intermitencia de la sombra. Me invitas a conocer tu casa, encuentro líneas tuyas en el correo, siempre un hasta luego, siempre tu ignorancia de frases hechas, y esa substancia tuya que no llega a ser cariño, esa fraternidad descolorida, frases sin brillo, sin calidez. ¿Haz dejado de lado esa capacidad tan tuya, el olvido? Cierra la puerta y déjame.
Este ya no es mi pequeño mundo, he descubierto nuevos caminos. Este es mi infierno, mi paraíso. Construyo mi felicidad. No necesito espías ni redentores, no necesito extraños que hurguen en mi intimidad. He perdido demasiado tiempo en estas líneas, que nunca llegaran a ti, no las entenderías, lo he intentado ya. Eres dios, no renuncias, siempre representando la comedia hasta el final. Los afectos fingidos, las bendiciones. Tu castidad, tu perdón, porque en varias llamadas telefónicas te encargaste de decir que perdonabas a mi madre, a mi familia, redimías mi mundo, con esas palabras mágicas dejabas caer tu perfección sobre nosotros, tu magnificencia. Tú que rompiste, que enlodaste, te atrevías a llevar el espectáculo hasta ese punto.  No te perdono, no puedo hacerlo, soy incapaz de comprender el significado de esa palabra, vivo a través de mis pasiones, intento comunicarme por un lenguaje sensorial, no ficticio, sin simulacros. Esa palabra no figura dentro de mi léxico, porque nunca la he sentido, el rencor, el odio, la pasión, el amor, la necesidad, son algunas que utilizo con frecuencia porque me brotan de la boca del estómago, puedo sentirlas, las vomito día a día. Ya no te necesito. Ya no creo en tu moral de claroscuros, deberías saber que a los tibios incluso “Dios” los escupe. He decido cruzar la línea de sombra, he decido vivir, he elegido el placer aunque lleve consigo el sufrimiento, la derrota, la locura, la posibilidad de equivocarme una y otra vez, todo esto que para ti es la inmoralidad. Esta es mi vida. Sin religión, sin juicios, sin recriminaciones, sin falsas lágrimas. Trato de expiar la culpa, de borrarte. Porque a mí cierto alemán, del que tú renegabas sin haber leído nunca un libro suyo, ese al que tú llamabas nazi, me parece un genio, un hombre, un ser congruente y sincero cuando afirma que “Dios ha muerto”.




 orquidea psicopata

2 comentarios:

  1. Pocas veces leo algo tan emotivo... Me ha gustado mucho y me has hecho empatizar con tu historia.
    Voy a echar un vistazo a tu blog. Ánimo para seguir escribiendo, y también para dejar lastre atrás. Un saludo desde Granada (España).

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  2. mil gracias por tus comentarios, y por regalarme algo de tu tiempo para leer estos textos, saludos afectuosos desde chiapas!

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