jueves, 30 de septiembre de 2010

ALCIRA, NEREA


Alcira, Nerea


 El monstruo se mira ante el espejo, se construye, tiene talento para ello, coloca gruesas capas de rímel sobre sus ojos, sombra azul sobre los párpados, delineador negro, abundante, para  empequeñecer sus ojos. La boca desnuda, abierta al beso, a la caricia. Lista para recibir el ácido licor, para regar las flores con el vómito negro u amarillo.
 El monstruo tiene 13 años. Nerea. Se apresura, su madre espera con el coche encendido para llevarla hacia el infierno, ese lugar donde se reúnen  los seres como ella, tan egoístas, tan ingenuos. Sube las calcetas blancas por sus pantorrillas, se abrocha los zapatos, están ligeramente sucios, sube la falda un poco más, otro doblez basta para volverla lo suficientemente corta, esta lista.

Alcira tiene un cuerpo grueso, masculino, voz tenue, los ojos grandes y atemorizados. Calla la mayor parte del tiempo. No se ofrece al goce, a la caricia, sus piernas fuertes tienen miedo, su espalda ancha. Se esconde bajo la ropa, sus pechos se asoman desafiantes pero ella arquea la espalda, gana la batalla, los doblega. Se esconde incluso bajo las bragas blancas, enormes, esas que Nerea vio aquella vez en el tejado, cuando sus bocas se unieron en un beso pegajoso, repugnante.



“Hablamos. Le muestro todo lo que tengo, le cuento sobre Ricardo, le describo cada sensación, cada vacío. Sabe que tengo miedo, que tengo ganas de volar pero no puedo. Estoy hueca, busco bajo las sábanas, busco en mis cuadernos de dibujo, en las historias que se estrellan una y otra vez contra el papel. Lloro, necesito mostrarme, me canso de esta máscara, del desafío, de la experimentación. Siempre tengo miedo, siempre estoy bajo la sombra, siempre lloro mientras me acaricio por las noches, siempre el odio inexplicable, implacable. Ayer hice un dibujo mientras me miraba ante el espejo, estaba ahí la sombra púrpura sobre los párpados, intentando ocultar ese defecto, esa diferencia de tamaño, pero el dibujo lo hacía saltar, volvía enorme el defecto del pequeño ojo, el labio también era monstruoso ligeramente torcido y la nariz ancha. Estaba el teatro: los pendientes azules, con hilos pequeños de plata colgando, escurriéndose, inmóviles, el brillo sobre los labios, las líneas negras remarcando la violencia café de las pupilas, el escote. Alcira sabe que tengo miedo, le he contado todo, le hablé sobre la noche en que Ricardo me llevó a esa casa. Llovía, el espacio era  pequeño y húmedo, hacía calor a pesar de la gris desnudez de las paredes,  solamente había una silla y un colchón. Bebimos un poco, nos besamos, rodamos varias veces sobre el piso, me ardía el cuerpo, me dolía la presión de ese sexo hinchado, yo estaba lista, decidida, había pensado en ello con antelación, quería por fin ser congruente con mi rostro, ese rostro de puta. Quería dejar de ser la niña que había respetado las normas, sin embargo tuve miedo. Me guardé todo el ardor, toda la furia. Alcira también está al teléfono cuando inhaló esa substancia por las tardes, el vapor sube, el miedo crece, recuerdo la vez en que miré hacia la calle: los postes danzaban, se agachaban ante mí. Tenía miedo de que llegara mi madre, lloraba, Alcira nunca dice nada, pasan varios minutos hasta que vuelvo a escuchar su respiración, ella simplemente está, recuerdo que me dijo que intentara despejarme. Me dirigí hacia el baño, el lavabo se había vuelto una espiral, al volver se lo conté, me sentía llena de alegría y de llanto, resplandeciente, quería bailar, gritar o esconderme una vez más dentro del closet llorando con la ópera para piano y violín de Beethoven, pero sólo podía dormir, dormirme pronto con la ventana abierta, antes de que mi madre llegara del trabajo, despertaría por la noche, después de haber tenido sueños raros, mágicos. Ella siempre está cuando nos emborrachamos, cuando somos felices, cuando somos conscientes de nuestro florecimiento. Cuando las pastillas para dormir que robo de mi abuela nos hacen reírnos sin parar, incluso en el colegio, incluso cuando corremos hacia los baños a vomitar. Está ahí cuando alzamos los ojos al cielo, después de haber devorado a esos niños mágicos, de haber soportado el mal sabor de los hongos alucinógenos, después de hacer a un lado la tierra, intentando tragar con rapidez. Apartando a Pamela, la idiota que nos pregunta si hemos visto ese “conejito”. Nosotros declamamos poemas de Rimbaud, leemos poemas de Baudelaire, de Garduño, imploramos a la virgen loca. Alcira me sujeta al saltar la barda del colegio, corre conmigo hacia el café en el que nos sentamos durante horas, mientras leo en voz alta poemas de Sabines mientras ella mastica lentamente el pastel de queso, y asiente despacio con la cabeza con la mirada lejana, perdida. Es a ella a quien leo mis cuadernos, mi poesía, a quien leo las cartas al ángel ebrio. Siempre está ausente, con esa mirada de niño asustado. Siempre persiguiendo gatos, escabulléndose como ellos, escapando de nuestras manos. En silencio, huyendo.”





No puedo hablar. Estoy rota. Hoy he cortado una vez más mis alas. He sujetado trozos de mi cabello y he comenzado a cortar sin mirar. Parezco un pájaro recién nacido. Mis padres no han podido entenderlo, yo tampoco. Sólo sé que lo necesitaba. Mi cuerpo crece, se ensancha, los brazos, los senos, los hombros. No puedo evitarlo, sólo puedo desviar los ojos, intentar no contemplar ese escenario con mis ojos huidizos. Cada vez me cuesta más ocultarme bajo los enormes sweaters de mi hermano, cada vez es más difícil mantener mi dignidad. Mi rostro masculino. Lo único que me gusta es esa desnudez de mi rostro, esta dureza en las facciones. A veces quiero gritar, a veces me canso de perseguir gatos. De buscar respuestas entre las hojas. Siempre callo, guardo silencio y espero el misterio expectante de la noche. Nerea me acompaña durante el día pero desconoce la angustia, mis pesadillas, mi deseo. A veces siento lástima por ella, siempre buscando la atención, incapaz de ver la realidad, de ver el aura que deja tras de si, ver la turbación de los súbditos cada vez que miran sus enormes ojos. A veces tengo asco, de cómo se enamora de sí misma cuando lee en voz alta, cuando se piensa y llora. Sin embargo la quiero, la acaricio, beso su cabello cuando llora, la arrullo, me deshago en poemas acerca de su muerte, me deshago en elogios que no aprecia, en miradas que no sabe ver. Me tiene a mí, a Ricardo, a Esteban, no tengo celos de que ella sea una acaparadora. Es egoísta y frívola y la quiero porque ni siquiera ha podido notarlo. Sé que será ella quien se irá corriendo, quien correrá asustada a los brazos de otra, a refugiarse entre las piernas de un Ricardo menos tímido. No se da cuenta de que lleva formándonos durante mucho tiempo, ha construido nuestro amor, nos ha obligado a quererla y odiarla, nos hemos compadecido todas las veces que había lágrimas en sus ojos, todas las que en ellos se leía la turbación, el desencanto. Hemos procurado hacerla reír, le hemos enseñado las cosas más bellas que teníamos para mostrar. Nos hemos mostrado borrachos, desnudos, ofreciendo nuestra absurda desnudes, nuestra desnudes cobijada solamente por las bragas de algodón, hemos enseñado la humedad de nuestra boca, enlazándose el uno en el otro, Ricardo y yo, Esteban y Ricardo, jugando en combinaciones imposibles, hemos creado uno de esos acontecimientos especiales de los que hablaba continuamente, recreado una escena de la historia del ojo, pero ella ha llorado, ha omitido el esfuerzo que hacíamos para darle una razón para estar triste, asustada o pletórica. Aúllo por las noches. Busco. Ella llora sobre sábanas de seda. Se siente desprotegida, la cobijamos, alimentamos su ego, su falta de autoestima, su vanidad. Sé que será ella quien cobrará fuerzas. Quien saldrá corriendo de nuevo con lágrimas sobre los ojos creyendo salvarse, creyendo proteger su pureza. Ese será el último acto que le regalaremos, nos mancharemos de lodo, para hacer resaltar su pulcritud, su decencia. Afuera te encontrarás sola, querida. Brillas como una estrella oscura. Correrás desnuda por los pasillos obligando a los demás a mirarte, a tenerte miedo y asco. Pero ellos desconocen tu majestuosidad, tu poder exangüe y fatuo. Quizá sufrirás de veras, quizá aprenderás a gozar. Quizá tus ramas crezcan, tus flores se extiendan como un manto. Entonces  habrás olvidado este canto, habrás olvidado la mirada de Alcira, la gata que meciste hace mucho tiempo entre tus brazos, habrás olvidado esas historias grandiosas que yacerán escondidas debajo del armario, entonces creerás que el teatro se ha terminado  y podrás reír. Quizá en mi corazón se extinga la llama. Quizá aprenda de ti y hable, y olvide. Quizá aprendas a recordarme, quizá entonces pueda verte de verdad. Dejarás de mentir, de contar historias interminables sobre tus amantes imaginarios, sobre la mafia de tus ojos, de tus hermanos. Entonces te miraré de frente.”


Así permanecen. Líneas paralelas incapaces de tocarse. Dos espejos de agua incapaces de reconocerse en su reflejo.


orquidea psicopata


Pintura: "Amigas" de Tolouse Lautrec

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