lunes, 21 de junio de 2010

El recuerdo y la furia





Mi padre perteneció a la raza de los Óbuc, raza antigua y violenta, que desde el inicio del tiempo se mostró sedienta de sangre. Tienen un aspecto repugnante, aunque lo verdaderamente asqueroso es su comportamiento, sobreviven gracias a su maldad innata, a su capacidad para aprovecharse de los débiles.
Los Óbuc son capaces de sobrevivir en el desierto, se alimentan de arena y de huesos de los muertos. Son tan fuertes que sobreviven a todas las condiciones de humedad y temperatura a las que deben someterse, en los asaltos que realizan a otras tribus. Poseen una piel extremadamente dura y una larga cola que los dota de estabilidad en cualquier terreno. Son de baja estatura, agiles maquinas de matar gracias a esos dientes afilados, a esa mandíbula enorme. Tienen aspecto de un reptil fosilizado. Lo que verdaderamente lo caracteriza son esas costumbres tan distintas al del resto de las tribus; no entierran a los muertos, los dejan secarse al sol. No hay gobierno ni orden, sólo son capaces de rendir culto a ellos mismos. Prácticamente no existe ningún símbolo ni unión entre ellos, únicamente se observa un vínculo durante los primeros años de enseñanza de los miembros más jóvenes. Su lenguaje es primitivo. Habitan en pequeñas casas de arena. La expresión de su rostro es escalofriante; siempre parecen reír, aún mientras esas fauces decapitan, mientras destrozan los huesos de sus víctimas. La característica más importante de los Óbuc es que entre ellos no hay mujeres. Lograron exterminarlas hace muchos siglos, algunos dicen que fue para divertirse, otros piensan que era parte de un plan estructurado, con el que comenzaron sus ataques a otras tribus. Este tipo de actos son comunes en su asquerosa naturaleza. La desgracia los hace regocijarse. Esta es la razón principal que los obliga a desplazarse por las arenas del desierto hasta encontrar alguna aldea. Aparecen por la noche, entran a las chozas, violan a las mujeres y matan a los niños, roban y destruyen todo a su paso. Después de varios años vuelven a los pueblos en busca de los vástagos con los que compartan características, vuelven para reclutarlos y enseñarles la vida en el desierto. Saben que la mayoría de las mujeres son incapaces de matar a esas semillas, dejan que la maldad y el odio crezcan dentro de su vientre. De esta forma sobreviven, garantizar su permanencia a costa de la agonía y la nausea que provocan. A veces los Óbuc pasan muchos años sin atacar a ningún pueblo, nos permiten vivir períodos de paz, pero siempre regresan para dejar un rastro de dolor y de sangre tras de si.
Mi madre es una aldeana de la antigua raza Sebu, raza pacífica, de tamaño reducido, de pies fuertes. Su mayor instrumento de sobrevivencia es su nariz alargada, una especie de tercer brazo que les permite cosechar y recolectar con rapidez. Tienen orejas son enormes y una memoria de sorprendente precisión, que los caracteriza; esa capacidad para escuchar, para aprender y contar historias. Los Sebu tienen claro que los dioses les dotaron de orejas enormes para oír todos los sonidos del mundo, por eso la música es tan importante para ellos. Los niños eligen su nombre, en la primera palabra que deciden cantar, ese es también el nombre de su melodía. A lo largo de nuestra vida debemos componer una canción que será estudiada y aprendida por la tribu tras nuestra muerte, de esa forma realmente nunca moriremos. Los Sebu cantan mientras cosechan, mientras duermen, mientras sonríen. Esta es la forma en que recuerdan, en la que honrar a los muertos.
Soy el producto de una unión violenta. Soy diferente porque aunque los dioses decidieron volcar en mí todo lo repugnante, me permitieron permanecer aquí. Soy un monstruo, en mi rostro se percibe un parecido con una antigua raza de guerreros, mis rasgos son horribles, atemorizantes. Cuando los Óbuc volvieron a reclutar a sus vástagos, no me llevaron con ellos porque no reconocieron en mí ninguno de sus rasgos, solo la maldad y el odio me unen a ellos.
Los Sebu han cuidado de mí, me enseñaron a cantar. Mi madre me crió, me alimentó, me enseñó a recordar con toda la bondad y la armonía que la habitan. Todos han tratado de hacerme sentir un Sebu, a pesar de que los dioses no me han dotado de orejas enormes ni una nariz alargada como un brazo, de que me hayan castigado con unos ojos pequeños y una mandíbula gigante. Mi cabeza es diminuta y ligera, mis brazos son anchos, fuertes como árboles. Mi nombre es Furia. Esa fue la primera palabra que elegí para cantar. Yo me dirigí al desierto y estrangulé a mi padre con su enorme lengua mientras dormía, soy ligero porque los dioses han querido que sea brisa y hoja. Fui maldecido con la incapacidad de hacer manar las notas, nunca he podido cantar otra palabra que no sea mi nombre, por eso escribo estas palabras confiando en la memoria de los Sebu, este es mi canto, de esta forma quiero que se me recuerde. Los Óbuc volverán, sé que me buscan, y quizá mi destino sea morir entre sus fauces, pero sé que mientras uno solo de mi raza sobreviva y cante, mientras recuerde todos los nombres, el miedo no podrá apoderarse de nosotros y jamás seremos exterminados, viviremos por siempre, cantaré unido a ellos, lo haremos tan alto que los Óbuc podrán oírnos por las noches desde el desierto.

miércoles, 16 de junio de 2010

JUGAMOS A METERNOS BAJO LAS SABANAS


Jugamos a meternos bajo las sábanas. Jugamos a crecer y a vencer nuestros temores. A veces te conviertes en un dulce gato salvaje; te estiras, ronroneas y te quedas dormido arrullado por la ternura de tenernos. A veces soy un águila, me aferro a tu piel con garras afiladas. Siempre somos distintos, siempre hay alguna diferencia en tu textura, en tu aliento, en tu piel. Sólo hay algo que no cambia; tu boca siempre es una tea ardiendo en mis entrañas, tu boca mortal y rosa, de un rosa violento y encendido. Tus labios se abren  y se cierran, con calma, muy lentamente mientras duermes, me sosiega tu ritmo y no el de la lluvia, no el sonido de las gotas estrellándose una y otra vez contra las persianas.
Jugamos a extinguirnos desde adentro, desde esa llama azul que nace del sexo. Amarte es una guerra oscura, amarga. Un fragor que se extiende sobre mi piel, llaga turbia. Te amo con todas las letras de mi nombre, fuertemente y dulce como si mi amor fuese una  venganza. Jugamos  esta guerra ancestral tantas veces ganada, una guerra absurda y pura, sin artificios, que nos obliga a usar un lenguaje desnudo, de cuerpos y silencio.
No sabemos si éste juego nos vuelve fieras, si somos furia o presa, si somos ángeles condenados al misticismo de la luz.  No sabemos nada. Nosotros cabalgamos, corremos deprisa hacia el centro de la noche, huimos, persiguiendo el vaho que exhala la entrepierna. Queremos nadar de nuevo en ese río de vino, queremos volver a poseer todas las palabras y entonces, sin darnos cuenta nos acariciamos, de las manos nos brota el anhelo, de las yemas de  los dedos nos surge la inspiración pero nosotros seguimos buscándola porque estamos ciegos de luz y de deseo. Seguimos cabalgando y algunas noches nos volvemos mito, porque permanecemos sobre nuestros caballos mientras nos empapa una lluvia fina, mientras nos moja una miel azul. A veces sólo somos seres tristes, noches en las que tropezamos y morimos ahogados en sótanos profundos.
En esta habitación no reside una tristeza azul, aunque a veces me brote un miedo púrpura. En este lecho nunca ha dormido una serpiente pero a veces los insectos nos visitan, hordas de hormigas, arañas y moscas. Los insectos representan a la muerte, por eso llegan aquí, por eso intentan recordarnos nuestra fugacidad, por eso son crueles cuando jugamos a ser dioses. Pero  suspiramos cerrando los ojos, no queremos matarlos pero los olvidamos y  dormimos, entonces desaparecen, se pierden en los sueños.
No sé si somos criaturas celestiales, si soy un animal oscuro, si la bestia sedienta de mi sexo era un ángel al que encadenaron a la caverna. No sé si soy orquídea carnívora cuando tengo ganas de devorarte,  si tú eres tu silencio, tus ganas de no herirme, paz, furia concentrada, si eres pantera o dios de vidrio. De dónde vienen  mis ganas de curarte, de dejarte reposar.
Tengo palabras tatuadas debajo de mis uñas, nacen de mi alma, son canción aprendida y rezo y esta noche vamos a morir en paz, una  más en la oscuridad y la gloria, en nuestro lecho mojado de sudor, lleno de  hierbas, de pétalos de loto, plumas de colibríes, arañas de colores,  sombras, navajas y  árboles.




orquidea psicopata