viernes, 17 de julio de 2009

MIS AMANTES DE PAPEL

MIS AMANTES DE PAPEL
Al igual que Lolita tuve una iniciación precoz. Desde muy niña comencé a experimentar un amor sensual. De alguna manera mi abuelo me contagió esta parafília. Lo primero que me sedujo de los libros fue la textura rugosa de las páginas, algunas pastas eran duras, varoniles, otras eran como pétalos, sus frágiles hojas de papel cebolla se desojaban al tacto. Había páginas que acumulaban la mugre de todos los siglos, la amarillenta sabiduría carcomida por polillas, o bien la tersura de la juventud. De cada página brotaban duraznos, astromelias, mandarinas, roces de manos, orquídeas, helechos y tejados.
Algunos libros olían a nuevo, los envolvía la frescura de la brisa pero la mayoría olía a lentitud, a puerta cerrada, a lluvia, a tarde de domingo. El mismo librero tenía un olor a encierro que resultaba fascinante. Al principio sólo podía percatarme de los olores y las texturas físicas del libro, pero mis amantes de papel comenzaron a exigirme cada vez más, fueron educando mis sentidos, empecé a percatarme del olor a pólvora que precedía a los suicidios, del zumbido de moscas que rondaban la muerte, conocí el olor a noche, a ausencia, a añoranza. Luego las vivencias empezaron a ser mas intensas, más complicadas de definir en esencia, olor, imagen y significado. Los libros se volvieron puentes, venganzas, amoríos… que me remitían a peras, a sabanas limpias, a chillidos de ratas y a nenúfares. Días de lluvia que representaban la vacuidad, el insomnio y la desesperanza.
Fue gracias a los libros que descubrí gran parte de mi historia familiar. Conocí la carga de romanticismo que corre por mis venas, fue a través del universo de cosas que guardaban los libros y los volvían todavía más interesantes: poemas improvisados en servilletas de papel, dedicatorias de novios tímidos o apasionados, flores disecadas entre las hojas, boletos de cine, de avión, anotaciones...
Entonces los libros se fueron convirtiendo en objetos de deseo que quería poseer, objetos en los que quería impregnar una huella propia. Me volví fetichista, después, como la vida es una red enorme de causalidades fue gracias a eso que los libros me ayudaron a cuidar la economía y me volvieron saludable: si quería comprar la edición de pasta dura de Baudelaire tenía que ahorrar el dinero íntegro a la hora del recreo durante 3 semanas, eso significaba comer una manzana traída del frutero de mi casa en vez de chicharrines con limón y salsa.
Así fui haciéndome de mi pequeña biblioteca y aprendí que los libros no se rigen por patrones, algunos son como niños y divierten, algunos son viejos y regalan enseñanzas, algunos son doncellas delicadas y obligaban a tomarlas con cuidado, a cambiar las hojas con suavidad para evitar dañarlas, otros piden ser sodomizados, terminan subrayados, con las puntas arrugadas y con las hojas a punto de desprenderse.
Gracias ha ellos me he vuelto una perversa, he hecho el amor con cada autor, con personajes de diversos mundos, sexos, épocas y situaciones. Me he vuelto su cómplice amorosa y amante. Cada uno de ellos me ha aportado algo, un olor, una sensación, una palabra, una imagen, una emoción, un placer distinto. Creo que los libros son como la vida, hay que experimentar con ellos, y disfrutarlos.


orquidea psicopata

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