viernes, 17 de julio de 2009

Lluvia



Lluvia

Escribiré un texto sobre la nostalgia. Todo será la atmósfera, el olor a salitre de la playa fría, la soledad azul de tardes vacías con el ruido vaporoso de la ciudad. ¿Para qué me sirve la voluntad?
Observo las paredes blancas. Lucho. Lucho contra su plasticidad. Están mojadas de ausencia. Asisto a este entierro de lo cotidiano, nocturna. Espero la procesión ancestral de fantasmas que me posee cada noche. Todos son el mismo hombre…los recuerdos. Veo mi realidad de muros pálidos que carecen de naturalidad. Me hundo en ellos como una muñeca plástica, refugiada en una construcción de látex .Lleno los muros de fotografías. Cubro cada esquina para taparle el paso a la desesperanza. Es inútil. La mujer de la fotografía lleva carmín sobre los labios, sonríe. El hombre que se encuentra junto a ella tiene la mirada triste. ¿Ella se habrá preguntado si tiene derecho  de intentar borrar ese rasgo de dolor sobre su rostro? La chica de la foto se parece a mí, pero ella es feliz. A la izquierda ésta el calendario 2009 que mi abuela me ha comprado. Junto a los girasoles que no son de Van Gogh, está impreso en letras verdes “la confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito” ¿acaso la vida es solamente esto?...
Quiero quitarme la piel y arder, darte mi esqueleto en una cajita de cristal. Quiero borrar cada palabra que me he tatuado y ponerla sobre tu lengua, envuelta en papel de arroz.
Abro la puerta, ya es la hora, la soledad debe estar cansada de esperarme.
Afuera, en el pasillo ha aparecido una catedral. Hombres sin rostro me han dicho que guarda todo el oro del mundo ¿Por qué no se ha llevado toda la miseria?
 El ambiente se ha enrarecido. Se percibe un olor agrio.
Quiero salir a la calle y ver los autos siendo peces dentro de un enorme lago. Quiero pisar el asfalto e incrustarme a él como un crustáceo, gritar tu nombre, mirar bajo las rocas y contemplar los alacranes.
Los naranjos están llenos de ti. La escarcha está llena de ti. La lluvia se llena en ti. Los ataúdes te proclaman.  Mis muslos se han manchado con tu nombre.
¿Qué parte de mí te pertenece? ¿Acaso soy una estadística en tu vida? ¿Tú eres en mí sólo el hombre número dos, el tres o el cuatro? ¿Puedo decir que te he besado tres mil quinientas cuarenta y siete veces? ¿Qué sentido tendría ahora decir que he tenido dieciséis orgasmos?
¿Dónde estoy? Corro. Sigo las vías del tren, que pasan frente a la catedral. Seres grises, con mirada acuosa me invitan  al último vagón. La tristeza se desprende del ala de un pájaro. La sangre me salpica, me golpea. Decido subir el primer escalón, mientras las piernas aún me tiemblan.
El tren retrocede a diez kilómetros por hora. Esta máquina y yo somos presas de la lentitud.
Los pasillos están plagados de imágenes. Algunas incluso parecen absurdas:
Los ojos de un hombre que por fin sonríen, él ayudando a la chica a pintarse las uñas de color rojo dinastía. Manos. Texturas de manos. Relieves como puentes, mirlos, brasas o acuarios. Caricias. Estatuas de piedra y estatuas humanas. Estanques. Murallas. Árboles sepultados bajo la nieve. Árboles resplandecientes en fríos días de sol. El hombre ayudando a la chica a calzarse las botas. Labios de corporeidad mortal y rosa, tardes de gritos, de llanto. Tardes de risa silenciosa. Encajes enredados por la piel. Una horda de sombrillas multicolores brilla como una constelación, como planetas agrupados, coronados por polvo, por finas gotas espaciales y brillantes.
Entonces, me concentro en esa última imagen: él sueña que sueña junto a la chica, sueña que ella lo despierta de ese sueño para acostarse junto a él. La besa, la acaricia, la aprieta contra sí, pero ella no le oye. Es la misma chica de las fotografías, incompleta, sin ángulos ni dimensiones. Escucho el crujir de algo. Algo se rompe. La hendidura en la muñeca del modelo para armar. Raja oscura y chorreante. Cierro los ojos. Recuerdo un poema de Garduño:
“… porque sin ti la vida
es un ataúd cotidiano,
porque sin ti no habrá palabras
para callar y olvidar tanto recuerdo … ”
Observo las paredes verdes, rosadas, azules o amarillas. Y a nueve mil kilómetros está amaneciendo.




Fotografía: La Giralda, Sevilla.
orquidea psicopata

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