viernes, 5 de diciembre de 2008

A VECES EL SILENCIO...





A veces el silencio

“Paredes  se esfuman en tus ojos. Todo es parte de lo etéreo entre tus labios. Yo pisándote la sombra, oliendo tu silencio entre la piel. La calle ausente.”
Escribe. Se levanta, cierra la ventana y coloca la pluma sobre la hoja en blanco, sin autodeterminación. Desiste. Toma uno de sus diarios, una pagina cualquiera:
“No puedo cerrar los ojos. Temo a la navaja de tus labios, a  ese estruendoso silencio. La habitación en incesante movimiento. Me siento en el lomo de una bestia. Me ahoga el cuarto lleno de agua turbia. Gotas de sangre en mi pijama, tinta roja sobre tus ojos ausentes. Extraño a esa, que se sentaba en mi cama, aniquilada, acosada por el ruido, fumigada como una araña. Ella, que se metía al closet, se escondía entre la ropa y lloraba.  Se veía al espejo de la cómoda y  se parecía a mí. Extraño al  fantasma que alguna vez no fuiste tu.”
Toma la hoja y comienza de nuevo:
“La vida se presenta ante mí como una insinuación, la reiteración de todas las cosas ausentes. Sucesión. Círculo. Tic-tac-tiempo.”
Cada vez escribe menos. Antes pensaba: tanto por decir y se dice tan poco. Ahora se ha quedado sin palabras. Nada queda por decir, prometer ni reprochar. Quizá esta sea una forma de envejecer, quizá su vida es la que se  va quedando  sin hechos, actos y  presencias. Antes un cuaderno para sus amantes, cartas sin enviar, cartas sin escribir pensando en ellos. Hoy no le queda ni una frase, una palabra sería demasiado. Para crear recurre a todo tipo de fetiches: diarios, cartas, lecturas y fotografías. Camina por las calles que recorrían juntos, ojea los libros que él no leía, habita atmósferas en las que él estuvo. Piensa en las imágenes que guarda ahora; él blando sobre la cama como una enorme flor. El perfume que llevaba la primera vez, la segunda y la última, cuando supo que no volvería a verlo. Él era siempre suave, siempre tan distinto cuando  la tocaba y le decía al oído lo mucho que le gustaba. No era congruente  demostrarlo de esa forma dócil, pero en él  nada podía ser rígido. Sus dedos entraban y salían de su sexo con una rapidez que no le permitía gemir, ni disfrutar. Solo lo miraba con sus esos ojos enormes, esforzándose por captar esa imagen que hoy apenas logra recordar.
 Quizá estar con él era una forma de castigarse, de confirmar su falta de atractivo.  Por él añadió esa otra frustración al no poder sentirse querida ni deseada. Lo veía con la mirada triste y repetía:

“No reconozco la belleza en mi rostro que ha sido negado. Soy un escupitajo del corazón.”
Jamás oyó lo que  él dijo después de eso. Ahora, recuerda  las tardes que pasaron juntos, tomados de la mano. Ella lo escuchaba con los oídos en blanco mientras pensaba en lirios, navajas o labios, sabiendo que él no tenía nada importante que decir, era de los que hablan por la simple razón de tener lengua.
Era tan inexpresivo. Sus palabras siempre parecían huecas, falsas. Nunca supo si realmente estaba a gusto. Había pequeños ritos a los que la sometía, como  pararse de espaldas frente al espejo de la forma en que a él le gustaba mirarla, intentaba ver lo que él hallaba, o acariciarse desnuda bajo la sabana, no para sentir placer, sino por la curiosidad de palpar lo que sus manos tocaban. Nunca hubo frases sobre las paredes, ni horas sin tiempo, ni playas desérticas.
Quisiera poder escribir cosas tan nimias como cuando lo detestaba:
“No abriré los ojos. Tengo miedo de ver tu corazón con los ojos cerrados, una lata metálica y hueca succionando mis entrañas”.
Cosas absurdas,  simples como sentirse feliz a su lado y murmurar:
“Me gusta ver el silencio escurrirse entre mis dedos. Tocar la luna con la punta de la lengua. Ver el mar mientras tus ojos me acarician. Me gusta el ritmo de tu respiración cuando los peces explotan dentro de mi mente.”
Ella se pierde en tormenta de frases dispersas, que no construyen nada, que no dicen nada. Un medio de liberación puede convertirse en algo que aprisiona…
Deja que los recuerdos, los rostros se diluyan. Recuerda algo que  debió leer en alguna parte: “¿Por qué a ciertas horas es tan necesario decir: Amé esto? Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá. Así quedan todavía  en el aire del alma esas pequeñas cosas…”
Sonríe tristemente en ese gesto que se ha vuelto como llorar sin lágrimas. Cierra el cuaderno de golpe. Sabe que a veces el silencio llena más que las palabras.








orquidea psicopata

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