viernes, 5 de diciembre de 2008

PIGMENTACION


Pigmentación


Siempre he pensado que hay cosas para vivirse, no para contarse.
Pero, a veces, las palabras pesan tanto como la nostalgia o la culpa y nos obligan a saltar a los oídos de un extraño, como la soledad  obliga a arrojarse a los brazos de alguien que no siempre te recibe con estos abiertos.
Siempre fui de las que dicen que a las palabras se las lleva el viento. Creía en la magnitud de las sensaciones, en los matices que el sexo me dejaba ver. No hubiera creído que acabaría escribiendo algo para recordar, aunque desde hace mucho desconfío de mi memoria…puedo notar como los colores se han ido diluyendo.
No comprendo esta obsesión por no olvidar. Podría haberme tatuado todos los caminos, todos los días, toda una vida y tampoco habría servido de nada. Se que muy pronto nada tendrá sentido.




Hay pequeños sucesos que nos cambian la vida. Noticias que aparecen de pronto y uno no sabe si cagarse de risa o de miedo.
Cuando Raúl me dijo que había una nueva droga que te prendía más que cualquier cosa. Que te ponía más alerta y con los ojos más grandes que una buena grapa de coca, que te ponía más sensible y más contento que unos carrujos de mota y en un viaje más profundo, más largo que masticando unos hongos, creí que me estaba cotorreando. Él sabia que yo había probado de todo: pastillas, hierbas, inyecciones y supositorios. Luego siguió diciéndome que quería probarlas pero que tenía miedo de que le robaran el alma, que le hicieran quedarse como el corazón de una lechuga. No pude evitar reírme ni pensar que cada día estaba más avionado. Pronto podría parecerse a un vegetal pero no porque unos chochitos le robaran el alma.




Desde el principio puse una condición. La primera marca me la hice yo misma frente a él. Quería recordar que ese hombre había dejado una huella en mi cuerpo. Luego les di libertad de elegir una parte de mí. No importaba si había sido doloroso o placentero, si él era feo o guapo. Tenía la cicatriz correspondiente. Nunca se habían negado. Sólo les pedía una cortada pequeña, siempre con la misma navaja. Mi cuerpo fue convirtiéndose en un mapa. Un conjunto de líneas que formaban un collage amorfo, recortes de piernas, de gestos, de miembros.
Cuando fuimos a ver al Seco y nos enseñó las pastillas más pequeñas que jamás había visto. Volví a burlarme de Raúl, quien seguía diciendo que iba a ser el mejor viaje. Eran redondas, de colores brillantes: azules, fucsia, rojas y amarillas. Quizá nunca hubiera debido probarlas, quizá era mi destino. La primera vez me gustó mucho. No creía que existieran tantos colores distintos. Podía olerlos, tocarlos. El color mango sabía y olía como tal. Junto a este, sobre el piso, podía hallar el color sangre más encendido y con un olor más tenue. Las paredes giraban. Me hundía en ellas. Todas eran sensaciones cálidas, eran brazos dibujando ocres, parduscos, violáceos y rojizos.
Las comimos varias veces, eran dulces, debía chuparlas como caramelos hasta que se diluían y el flashazo llegaba. El efecto era más rápido de lo que creía.
El Seco, al vendernos la primera dosis nos dijo que tuviéramos cuidado, podíamos ingerirlas durante mucho tiempo o por muy poco, pero había un momento en que debías detenerte, dijo que no era una droga común, era una especie de puerta hacia dentro, todos pasaban por varias fases, pero había un punto en el que no había nada, un punto en el que debías parar. Me pareció raro que sintiera algún tipo de respeto o temor por alguna droga química. Él era adepto a las drogas naturales. Solía verlas con veneración. Lo había oído despreciar hasta los mejores ácidos que nos había vendido. Pensé que él también se estaba quedando en el viaje. Después de un tiempo de haberlas consumido, comencé a tener recuerdos muy vívidos: imágenes, olores, me divertí al atribuir el retroceso a mi reciente afición a los “caramelos”.





Una noche, la cama era un espiral enorme. Me había acurrucado en una esquina. Un pozo estaba al otro lado, intentaba devorarme, crecía. Un ángel degollado me miraba sin ojos desde la otra esquina. Su cabeza saltaba de un rincón a otro. Manos emitían chillidos ahogados. Anunciaban que ocurriría algo. Me asustó ésta especie de pesadilla. Todo parecía real.
La estrella negra cayó sobre mis hombros. Cayó como la noche sobre el cuarto. Me hundí al contemplar el agujero negro en el techo que producía  vértigo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Los cambios comenzaron.
Estoy desnuda. Las cicatrices se han borrado. Se han diluido como la tinta de mis recuerdos. Estoy sola. Los ojos reptan por las paredes. Las palabras se impregnan en la hoja. Son ácidas y huelen a sangre. Estoy pálida, hueca. El agujero negro crece, me absorbe. Siento lenguas deslizándose por toda mi piel. ¿Siento?
Un calambre estomacal me obliga a arrojar unas criaturas. Son dulces al pasar por mi garganta. Sus patas, sus tenazas aún mordiéndome la lengua. Son peludas, redondas y pequeñas. Me impresiona la brillantez de sus colores. Unas rojas, azules, amarillas y fucsias. La habitación gira. La hoja parece querer callar. Parece no querer decir que el agujero negro está dentro, que me brota, que soy yo.  Soy la madre de estas cucarachas que  han salido de mí,  demonios coloridos que he engendrando. Me muerden. El papel  me absorbe. Me borro como las cicatrices. Me diluyo. La hoja parece no querer admitir que es mi tumba. Acaricio el último color, rojo sangre…










orquidea psicopata

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