viernes, 5 de diciembre de 2008

Eterno retorno





Eterno retorno

“La cadena de cosas en la que estoy  trabado volverá  a
producirse y me creara de nuevo, formo parte de la
serie del eterno retorno. Volveré no a una vida nueva,
ni mejor, ni parecida, Volveré eternamente a esta misma vida,
idéntica a si misma En lo mayor y en lo menor”
F. NIETZSCHE

“Es oscura la casa en la que vives ahora”
A.      PÉREZ-REVERTE

Simone observa el techo blanco, lechoso. Tiene la textura de la plastilina.
Su cabello castaño y rizado cae sobre su rostro, que descansa sobre el pecho de ese hombre. Él fuma, ni siquiera ha preguntado si le molesta. Ella no tuvo tiempo de reaccionar. Pasó de pronto, se quedó esperando su pedacito de cielo, por saborear una nube, por las mariposas de color rosa. Cierra los ojos, por dentro su mente también es lechosa y blanca. Sobre la cama sus pensamientos se escurren, se han vuelto líquidos, escapan de la misma manera en que veinte años antes, Cecilia su madre, se quedó vacía por un instante, ausente, explorada  primeramente su marítima  naturaleza por la mirada de un extraño.  Ahora le  parece oír la voz de su padre diciendo que su madre es una puta, que lo engaña, que ni siquiera era “virgen” cuando se casaron. Absurdo, aún más que el recuerdo sea tan nítido cuando entonces sólo tenía siete años. El hombre la aparta con un gesto, va a bañarse. Ella sonríe, se arregla el cabello frente al espejo, pensaba que se vería distinta, como si un estigma se hubiese grabado sobre su piel ¿culpa? No sabe si debería sentirse arrepentida por algo tan simple, tan natural después de todo. Se pregunta que pensará de ella ese hombre, ese extraño que al cerrar la puerta olvidará su nombre.
Camina despacio por las lajas de piedra, húmedas. Al llegar a casa las piernas aún le tiemblan. Se cerciora de nuevo de que ninguna marca la delata, sólo tiene una sensación extraña.
 Entra a la cocina, prepara café. Su padre se acerca para decir “Ahora sí, toda una mujer”. Siempre tan absurdo piensa ella. Sonríe. Como si en verdad fuese  más mujer por saber lavar platos o acostarse con alguien.
Se dirige a su cuarto de paredes rojas, de horas oscuras, asfixiantes. De la gaveta de la cómoda saca una caja metálica y se arma un churro. Lo fuma lentamente con delectación. Al terminar abre la ventana y prende un incienso para disimular. Le sube al estéreo y grita con Jesy Bulbo: “vente en mi boca, chiquillo vente ya, te chupo las pelotas, saca la coca, vente en mi boca te quiero saborear.” Su padre, de pelo entrecano, alto, con ese bigote ralo que dice lo hace ver más interesante. Él, que hace 20 años admiraba al Che y escuchaba a los Ramones, piensa: “Pinche juventud pendeja y perdida”. Él, que de conocerla diría que es una drogadicta y una fácil, y ojalá fuese más puta y más viciosa quizá podría tener una vida diferente y no verse dentro de algunos años como la sirvienta de un hombre que la mantiene, que no se la coge nunca pero le regala joyas, que le compra un coche pero dice que da asco con esos kilos que le sobran. Simone no sabe como romper el círculo, como quitarse los grilletes.
Ella está de nuevo ante  la mirada del desconocido: -“¿Qué más puedo darte sino mi vida, mi palabra o mi silencio? ¿Qué sino el vacío que me habita, mi falta de fe, mi mar y mi desierto?”- dice que ha escrito eso para él. El extraño  la mira y le responde: “mira chava, no te lo tomes en serio, las cosas no son de esa manera”.  Ella se pregunta cuál es la forma, la manera en que ocurre todo. La mirada se le nubla, se humedece. Mordiéndose los labios. No puede llorar ni sentir culpa. No vale la pena: “el remordimiento es como la mordida de un perro en una piedra” recuerda.
Al entrar a casa no le preguntan cómo está y si lo hicieran ¿qué podría decirles? Prefieren hablar sobre la boleta de calificaciones, ha sacado un siete en química, dicen que esa valoración no es para ella, no para su hija ¿acaso quiere ser una persona mediocre? Simone no lo sabe. No mediocre como él a pesar de su dinero. Su madre, con pijama azul, de tez morena y ojos grandes dice que le duele la cabeza, que subió la cebolla, que murió una vecina, que bajó el tomate, que compró pescado para preparar una ensalada. Cecilia, gris, desdibujada por el vaho de la rutina, efímera como la vaguedad de sus palabras.
Su padre dice que irá a jugar barajas a casa de un compañero de la oficina, ellas  no se miran, ni siquiera existe complicidad, pero pueden  respirar el aroma de la mentira.
Simone se corta los brazos antes de dormir, quiere fingir que siente, quiere tocar el dolor al hendir  la navaja sobre la fragilidad  de sus muñecas, quiere dar a su vida un tinte de tragedia. Distinguir la sangre de entre lo pastoso y gris de su existencia.  ¿Qué diría papá si lo supiera? ¿Qué haría mamá al ver sus cicatrices? Pensarían que su nena tiene un problema mental y podría ser. Simone no lo sabe, pero tiene la certeza de que no lo notarán, hay demasiadas cosas que ellos no conocen y tampoco han de hacerlo ahora. Hace tiempo que ni siquiera la tocan, la acarician, tan solo roces ocasionales, besos fríos de despedida, labios de cristal al darse las buenas noches. Desconocidos que duermen bajo un mismo techo, extraños y lejanos. Ella no sabe que su madre en el cuarto contiguo llora también bajo las sábanas, que intenta dormir antes de que él llegue ebrio, todavía húmedo de exceso y de deseo, para sondear juntos la fría pestilencia de las noches. Los separa la grandeza de un abismo, no se reconocen ni en la ausencia.  El futuro parece inevitable, los círculos no están hechos para romperse y ellos están solos, quedándose vacíos.
  







orquidea psicopata

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