viernes, 5 de diciembre de 2008

Ahora



Ahora

El hilo  de Ariadna los había unido, tal vez algún principio de entropía… por alguna razón María, estaba esperándolo.
Hasta ahora nada había resultado como lo esperaba. Todavía tenía en la boca el sabor del vómito que el refresco de cola que desayunó le había producido. Los ojos hinchados por el llanto y por la resaca espantosa. María se había imaginado aproximándose a él con un vestido corto, ondulado por el viento como su cabello. Acercándosele, rodeando su cuello con los brazos, dándole un beso profundo,  húmedo y largo.
Puede que él pensase que su boca era fresca y roja; que toda ella, olía a chocolate como una orquídea oncidium winkle, que tenía las virtudes de Terpsícore y Calíope. Sin embargo ella sabía que con ese calor infernal ya debía habérsele corrido el maquillaje bajo sus enormes gafas.
En la sala de espera del aeropuerto, había tres hombres más viejos que su abuelo. Los tres usaban un bastón para apoyarse.  María subió y bajó dos veces por el elevador buscándolo, mientras tanto uno de los viejos encontró a otro hombre, al que esperaba o lo esperaba. Por su mente cruzó la idea de que alguno de los dos ancianos la abordara, casi al instante lo vio en el estacionamiento; El cuerpo alargado, el rostro mucho más joven de lo que parecía en las fotos. Apenas lo saludó con un beso en la mejilla. Procuraba mirarle de reojo. Pensó que le gustaba su cuello, los labios rosas, los dedos largos y delgados y la maleta con estampado militar.
La náusea fue pasándosele en el camino mientras él la tomaba de la mano y sonreía. De pronto el calor fue haciéndose menos insoportable y el aire más ligero.
Joaquín, al llegar al hotel, dijo que quería ducharse. Ella, contestó que podían verse más tarde; él dijo que no tenía que irse sino quería hacerlo, María esperó sentada sobre la cama,  se retocaba los ojos e intentaba desviar la mirada de la puerta corrediza que transparentaba un poco y dejaba ver un cuerpo duro, unos hombros fuertes.
Él acarició su rostro y la miró, la miró como nadie la había mirado. La besó con los ojos más que con los labios. Ella sintió que algo temblaba dentro de si. Ya no importaban los nueve mil kilómetros; cualquiera de los dos podría haber hecho ese viaje, era necesario.
Él se volvió cálido, ahora sus manos quemaban dulcemente, sus dedos eran brasas que incendiaban resquicios interiores bajo la piel. Ella se volvió líquida, su naturaleza marítima brotaba a oleadas profundas, con vibraciones suaves. María lamentó que él se hubiese vestido tan rápido, ni siquiera había podido mirarlo. Después de ese beso, los dos se separaron sorprendidos ante esa unión de fuego y mar. La avalancha se contuvo, pero el muro ya se había derrumbado porque sabían que podían mirarse el rostro desnudo.
Esos días fueron de presencias concurridas, no de rostros de amor que ya no aman, no de víveres que buscan a su hambre. El tiempo no se agotaba bajo sus pies, recorrían las lajas desnudas, se deslizaban por lagos de colores, por saltos de agua, por las ruinas derruidas de sus ancestros, nada buscaban  en aquellos lugares, ya se habían encontrado uno en el otro.
La voz de una niña los guiaba, señalaba formaciones de rocas, mostraba un cocodrilo sin lágrimas con pico de paloma, cuchillos para cortar flores, presidentes con trompa de elefante. María sintió frío, escuchaba la voz de lejos, como desde un túnel. No podía concentrarse para ver en la pared de piedra ese elefante rosa que la voz-niña anunciaba. Sólo podía sentir ese cuerpo pegándose a su espalda, frotándole los hombros, susurrándole cosas, respirando cerca de su cuello, cubriéndola para que no tuviese frió. María sentía que temblaba, no sabía con exactitud si por la temperatura o por eso que brincaba dentro de ella. Afuera el sol brillaba fuerte, con ráfagas de aire que arrullaban los árboles.
Los labios de Joaquín rozaban su cuello. Ella quería arrancarle la ropa y acurrucarse para saborear la miel que corría por su cuerpo, para hacer que le arrancase ese sabor de fruta que le había reservado. Tuvo que decirle que estaba segura de  haber olvidado algo importante en su cuarto de hotel.
Entonces descubrieron cual era en verdad la primera desnudez, la que persiste ante la mirada real, la que se guarda y encarcela en las pupilas con un total dominio y una completa voluntad. Descubrieron que a través de los ojos se comienza a hacer el amor. Quien condenó la lujuria como un pecado, no sabía que la lujuria era “una campana despertando en su boca”. Nada había de malo en eso, lo vergonzoso y antinatural hubiera sido no dejarse arrastrar por esa ola.
Conocieron la forma de crear un poema sincero y atemporal, con una herramienta más letal que las palabras: el silencio. Un silencio habitado por signos. Un lenguaje compuesto de sensaciones táctiles, gustativas, olfativas, auditivas y visuales que ofrecía el horizonte inexplorado de sus cuerpos sudorosos y desnudos. Sumergidos, absortos en el descubrimiento de esa otra forma de comunicarse, ese descubrirse uno a través del otro que provoca tantos cambios en el mundo como si nos remontara al mismo descubrimiento del fuego. Yacían sumergidos en el ardor azul que manaba de su cuerpo, mojado y abierto como la carne pulposa de una fruta, en los chasquidos y quejidos, caricias, gemidos y gestos. En una nueva forma de besar, recorriéndose sin prisa, deslizando su boca con detenimiento, descubriendo los vestigios, el rastro que los haría llegar al paraíso, en la otra esquina. Tenían las herramientas necesarias para volar, incluso tenían la sensación de ya no estar vacíos, la certeza de que al cerrar los ojos podían renunciar a la nada o la náusea que los había resguardado, porque bajo sus párpados ahora había recuerdos para llenar los terrenos baldíos que dejaron la incertidumbre y la desesperanza.
 No era sólo el tamaño de sus órganos, no era sólo que sus corazones estaban hechos para guardar: una clave de rumba, un poema y una caricia de pétalos de orquídea, no eran sólo sus labios, capaces de contener toda su piel y su esqueleto, no era sólo que sus caderas podían unirse para quedarse quietas, satisfechas como un día de domingo o para moverse al ritmo de todos los sones, para crear música con las notas del alma, para tocar arpegios con los dedos sobre la piel del otro, para formar gemidos en bemoles y en octavas que se adherían a su saliva, carne y sangre.
La vida pasaba a través de sus ojos, en esa única promesa que tiene validez porque no esta formulada, porque no es afirmación sino certeza, porque no es destino sino voluntad y paciencia.
No era posible huir, había que esperar como habían aprendido a hacerlo. No era posible ocultarlo, ya la daga del deseo tatuaba figuras en su cuerpo con tinta tornasol, sólo visible para ellos.
De su espalda fueron surgiendo escamas de colores, surcadas por estrías perfectas  que trazaban formas geométricas e irregulares, brotaron de su piel protuberancias flexibles formadas por  tela poli cromática. La metamorfosis no provocaba dolor, era un paso natural de adaptación y era inevitable. De sus labios surgió una lengua que se enrollaba en espiral para libar el néctar que escurría de sus alas y mojaba su vida. Hubiera podido ser ese tipo de unión frágil, sobre algún pétalo, hubiera podido durar toda una vida, ser el segundo efímero y certero en que sus rostros estuvieran demasiado lejos, pero podrían contemplarse con los ojos en esa succión  interminable de su espiritrompa. Sólo estaban unidos por un punto minúsculo que provocaba el temblor de todo su cuerpo, en espasmos suaves, perceptibles tan solo en su interior. Él hubiera podido decir: “La tierra giró para acercarnos más, giró sobre sí misma y en nuestro interior hasta que por fin nos reunió en este sueño” o pudo permanecer callado, nada hubiera podido romper la magia de ese instante. Ella ya había sido cubierta por su olor, estaban bañados en una secreción dorada y pegajosa. Habían hecho el amor como mariposas, porque se habían vuelto lepidópteros. Él no tenía que irse volando porque aunque su vida sólo durase un día, ese día ya no terminaría nunca. Luego podrían ir a libar flores, volverse elefantes, quedarse quietos y ser helechos, caléndulas o esporas,  ya no importaba porque también habían descubierto que “en el gran reloj de tiempo hay escrita solo una palabra: ahora.”












orquidea psicopata

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