viernes, 5 de diciembre de 2008

poema

Regálame esta noche
una dosis de locura.
Penetra el nimbus de mi piel
con la semilla del deseo.
Refugiados en la oscuridad,
hagamos el amor en un silencio,
En una pausa de nuestra soledad.
Permite que te recuerde de esa forma
bajo la espiral
de la desnudes y de la sangre.
Deja paladear
la sal de tus heridas,
la dulce amargura de tus ojos.



orquidea psicopata
ANGEL EBRIO:

Fui ángel ebrio, Corazón de luz.
Promesas sangrientas, desfloran.
Angustia, negrura del tiempo me corroe,
me tatúa, sangro, me mancho de tu piel,
de tu silencio.

Habitas la orquídea de mi cuerpo,
anidas al fondo de mi sexo,
rasgas la impenetrabilidad.

No hay salida,
no hay poesía dentro de esta pagina,
no hay palabras.
Es mi corazón, mi angustia,
Silencio sin manera de salir ileso.

Corazón de luz,
ebrio ángel soy sumergido en el vacío.
Fetos sonrientes
se infectan en mi sangre.
Me suplantan en la avenida de la vida.
Tengo miedo de volver a no ser…


orquidea psicopata

VOYEUR:

Te busco aquí
dentro de la cama desértica,
como un presagio dentro de la piel,
en el cuarto lleno de espirales de humo.
Te busco y tropiezo
con la oscuridad
que forja mi retraído espacio,
con las llagas grabadas de tu nombre en mi alma.
Me entrego a respirar
las sales minerales de tu amor,
tu terciopelo.
Como un viajero me entrego a tu recuerdo
me entrego a tus labios sin tocarte.
Tus ojos me habitan por completo
me hunden en la psicodélia secreta del deseo.
Me condeno a observarte.


orquidea psicopata



 cuadro que habita en "Tarumba"
(poemario de Sabines y casa de un querido amigo)

Riqueza


RIQUEZA:

Tengo la mirada perdida.
Decaigo
ante el peso de la luna.
Tengo una marca sobre la mejilla izquierda
y sobre el corazón
una soledad que te recuerda
como un hoyo negro
o una tarde de lluvia.
Tengo los pechos pequeños,
el espíritu frágil y
una nostalgia que me fumo
noche a noche,
por mas que intento arrancarle los secretos
me resulta interminable,
la ingravidez
de tu risa bajo la lengua,
y mi carne,
que se desprende negra en cada costra,
un lunar sobre el parpado derecho,
sobre el hueco en que descansa
la temperatura de tu piel.
Tengo el pelo grasoso,
un nudo en la garganta,
un desfile de rostros,
una procesión de sombras,
una bacha prendida
un tatuaje de tu boca
y un charco gris en la memoria
que se arrastra a roer, a corromper la vida,
el insomnio bajo la sabana,
un catalogo de cicatrices para cada dolor.
Tengo una foto de tu arrogancia, desnuda
que miro entre lo absurdo de esta mirada de puta.
Miro la colección de estampas
que me regala el vacío,
fumo,
recuerdo que
me hace falta una cuerda o una tina,
o tal vez solo me haz faltado tu.




orquidea psicopata


La soledad de mi nombre
vacila en la calle ancha,
suspendido del árbol de la lujuria.
Árbol del deseo, que somos,
en el manto de la noche.
Sudor calido y amargo.
Vino de la piel
derramado sobre el día, otra vez.
Los minerales son frágiles.


Toca mi sangre animal,
piérdete en mi aliento
de ángel fugaz.
Deja que la muerte penetre
en este instante liquido,
que el silencio nos envuelva,
nos sepulte en su memoria.



orquidea psicopata

POEMA


¿Podría decir una palabra de la vida?
Hablar de la estética prendida de tus ojos,
y los días lluviosos,
las avenidas tristes,
los vagabundos a la vuelta de la esquina,
la necesidad de hablar de ti.
Esta es una vida hermosa
a los ojos de los asesinos, los vagabundos,
los solitarios y las prostitutas.

II
¿Hace falta saciar la ira?
La ira, maldición humana
de inteligencia criminal.
La ira que aumenta
a cada paso de la rueda histórica,
se enreda en los pies, cuelga de los ojos,
se coagula en las miradas.

III
Podría otorgar mi realidad a la palabra
o sucumbir ante el encuentro
del muro metálico.
Sollozos manchan mis alas con la noche.
La dialéctica inventa
una nueva promesa que se deja caer como un suspiro.

IV
Ay, del deseo que me sucumbe,
ay de mí, mujer de trapo,
ay de mi realidad histórica
bajo el filo de la soledad y del vacío.
Arde la angustia no preescrita.
¿Basta una mirada para renunciar al aquelarre
basta un vocablo para negar la sangre?.
Sin la daga del deseo
la carne no se enrojece ni se hincha.

V
No hay suicidas, violadores, ni mentiras,
no hay conspiración humana
que obligue a destruirse uno mismo como a un Dios.
Basta que tus parpados sonrían,
me mires y digas
que a tus ojos,
esto es una vida hermosa.



orquidea psicopata

Ahora



Ahora

El hilo  de Ariadna los había unido, tal vez algún principio de entropía… por alguna razón María, estaba esperándolo.
Hasta ahora nada había resultado como lo esperaba. Todavía tenía en la boca el sabor del vómito que el refresco de cola que desayunó le había producido. Los ojos hinchados por el llanto y por la resaca espantosa. María se había imaginado aproximándose a él con un vestido corto, ondulado por el viento como su cabello. Acercándosele, rodeando su cuello con los brazos, dándole un beso profundo,  húmedo y largo.
Puede que él pensase que su boca era fresca y roja; que toda ella, olía a chocolate como una orquídea oncidium winkle, que tenía las virtudes de Terpsícore y Calíope. Sin embargo ella sabía que con ese calor infernal ya debía habérsele corrido el maquillaje bajo sus enormes gafas.
En la sala de espera del aeropuerto, había tres hombres más viejos que su abuelo. Los tres usaban un bastón para apoyarse.  María subió y bajó dos veces por el elevador buscándolo, mientras tanto uno de los viejos encontró a otro hombre, al que esperaba o lo esperaba. Por su mente cruzó la idea de que alguno de los dos ancianos la abordara, casi al instante lo vio en el estacionamiento; El cuerpo alargado, el rostro mucho más joven de lo que parecía en las fotos. Apenas lo saludó con un beso en la mejilla. Procuraba mirarle de reojo. Pensó que le gustaba su cuello, los labios rosas, los dedos largos y delgados y la maleta con estampado militar.
La náusea fue pasándosele en el camino mientras él la tomaba de la mano y sonreía. De pronto el calor fue haciéndose menos insoportable y el aire más ligero.
Joaquín, al llegar al hotel, dijo que quería ducharse. Ella, contestó que podían verse más tarde; él dijo que no tenía que irse sino quería hacerlo, María esperó sentada sobre la cama,  se retocaba los ojos e intentaba desviar la mirada de la puerta corrediza que transparentaba un poco y dejaba ver un cuerpo duro, unos hombros fuertes.
Él acarició su rostro y la miró, la miró como nadie la había mirado. La besó con los ojos más que con los labios. Ella sintió que algo temblaba dentro de si. Ya no importaban los nueve mil kilómetros; cualquiera de los dos podría haber hecho ese viaje, era necesario.
Él se volvió cálido, ahora sus manos quemaban dulcemente, sus dedos eran brasas que incendiaban resquicios interiores bajo la piel. Ella se volvió líquida, su naturaleza marítima brotaba a oleadas profundas, con vibraciones suaves. María lamentó que él se hubiese vestido tan rápido, ni siquiera había podido mirarlo. Después de ese beso, los dos se separaron sorprendidos ante esa unión de fuego y mar. La avalancha se contuvo, pero el muro ya se había derrumbado porque sabían que podían mirarse el rostro desnudo.
Esos días fueron de presencias concurridas, no de rostros de amor que ya no aman, no de víveres que buscan a su hambre. El tiempo no se agotaba bajo sus pies, recorrían las lajas desnudas, se deslizaban por lagos de colores, por saltos de agua, por las ruinas derruidas de sus ancestros, nada buscaban  en aquellos lugares, ya se habían encontrado uno en el otro.
La voz de una niña los guiaba, señalaba formaciones de rocas, mostraba un cocodrilo sin lágrimas con pico de paloma, cuchillos para cortar flores, presidentes con trompa de elefante. María sintió frío, escuchaba la voz de lejos, como desde un túnel. No podía concentrarse para ver en la pared de piedra ese elefante rosa que la voz-niña anunciaba. Sólo podía sentir ese cuerpo pegándose a su espalda, frotándole los hombros, susurrándole cosas, respirando cerca de su cuello, cubriéndola para que no tuviese frió. María sentía que temblaba, no sabía con exactitud si por la temperatura o por eso que brincaba dentro de ella. Afuera el sol brillaba fuerte, con ráfagas de aire que arrullaban los árboles.
Los labios de Joaquín rozaban su cuello. Ella quería arrancarle la ropa y acurrucarse para saborear la miel que corría por su cuerpo, para hacer que le arrancase ese sabor de fruta que le había reservado. Tuvo que decirle que estaba segura de  haber olvidado algo importante en su cuarto de hotel.
Entonces descubrieron cual era en verdad la primera desnudez, la que persiste ante la mirada real, la que se guarda y encarcela en las pupilas con un total dominio y una completa voluntad. Descubrieron que a través de los ojos se comienza a hacer el amor. Quien condenó la lujuria como un pecado, no sabía que la lujuria era “una campana despertando en su boca”. Nada había de malo en eso, lo vergonzoso y antinatural hubiera sido no dejarse arrastrar por esa ola.
Conocieron la forma de crear un poema sincero y atemporal, con una herramienta más letal que las palabras: el silencio. Un silencio habitado por signos. Un lenguaje compuesto de sensaciones táctiles, gustativas, olfativas, auditivas y visuales que ofrecía el horizonte inexplorado de sus cuerpos sudorosos y desnudos. Sumergidos, absortos en el descubrimiento de esa otra forma de comunicarse, ese descubrirse uno a través del otro que provoca tantos cambios en el mundo como si nos remontara al mismo descubrimiento del fuego. Yacían sumergidos en el ardor azul que manaba de su cuerpo, mojado y abierto como la carne pulposa de una fruta, en los chasquidos y quejidos, caricias, gemidos y gestos. En una nueva forma de besar, recorriéndose sin prisa, deslizando su boca con detenimiento, descubriendo los vestigios, el rastro que los haría llegar al paraíso, en la otra esquina. Tenían las herramientas necesarias para volar, incluso tenían la sensación de ya no estar vacíos, la certeza de que al cerrar los ojos podían renunciar a la nada o la náusea que los había resguardado, porque bajo sus párpados ahora había recuerdos para llenar los terrenos baldíos que dejaron la incertidumbre y la desesperanza.
 No era sólo el tamaño de sus órganos, no era sólo que sus corazones estaban hechos para guardar: una clave de rumba, un poema y una caricia de pétalos de orquídea, no eran sólo sus labios, capaces de contener toda su piel y su esqueleto, no era sólo que sus caderas podían unirse para quedarse quietas, satisfechas como un día de domingo o para moverse al ritmo de todos los sones, para crear música con las notas del alma, para tocar arpegios con los dedos sobre la piel del otro, para formar gemidos en bemoles y en octavas que se adherían a su saliva, carne y sangre.
La vida pasaba a través de sus ojos, en esa única promesa que tiene validez porque no esta formulada, porque no es afirmación sino certeza, porque no es destino sino voluntad y paciencia.
No era posible huir, había que esperar como habían aprendido a hacerlo. No era posible ocultarlo, ya la daga del deseo tatuaba figuras en su cuerpo con tinta tornasol, sólo visible para ellos.
De su espalda fueron surgiendo escamas de colores, surcadas por estrías perfectas  que trazaban formas geométricas e irregulares, brotaron de su piel protuberancias flexibles formadas por  tela poli cromática. La metamorfosis no provocaba dolor, era un paso natural de adaptación y era inevitable. De sus labios surgió una lengua que se enrollaba en espiral para libar el néctar que escurría de sus alas y mojaba su vida. Hubiera podido ser ese tipo de unión frágil, sobre algún pétalo, hubiera podido durar toda una vida, ser el segundo efímero y certero en que sus rostros estuvieran demasiado lejos, pero podrían contemplarse con los ojos en esa succión  interminable de su espiritrompa. Sólo estaban unidos por un punto minúsculo que provocaba el temblor de todo su cuerpo, en espasmos suaves, perceptibles tan solo en su interior. Él hubiera podido decir: “La tierra giró para acercarnos más, giró sobre sí misma y en nuestro interior hasta que por fin nos reunió en este sueño” o pudo permanecer callado, nada hubiera podido romper la magia de ese instante. Ella ya había sido cubierta por su olor, estaban bañados en una secreción dorada y pegajosa. Habían hecho el amor como mariposas, porque se habían vuelto lepidópteros. Él no tenía que irse volando porque aunque su vida sólo durase un día, ese día ya no terminaría nunca. Luego podrían ir a libar flores, volverse elefantes, quedarse quietos y ser helechos, caléndulas o esporas,  ya no importaba porque también habían descubierto que “en el gran reloj de tiempo hay escrita solo una palabra: ahora.”












orquidea psicopata

Me hubiera gustado



Me hubiera gustado


Me hubiera gustado tener una pecera con muchos peces de colores. Ser más alta y delgada, como la rama de un árbol a punto de quebrarse. Tener una expresión melancólica en los ojos, incapaces de mostrar algo que no fuese tristeza pero la naturaleza me dotó de forma diferente.
Cuando crecí pensé que con escribir solucionaría algo, tomé un cuaderno y comencé a anotar cosas:
“La  vida es como masticar un fruto del café, al morderlo sientes un gusto ligeramente dulce, que se pierde rápido hasta volverse insípido por completo.”
Al principio escribí todas las cosas absurdas que habían acontecido en mi vida. Estaban ahí todas las miradas y sus clasificaciones, todos los rostros, el primer beso y la última caricia, la que nunca había recibido. También había frases absurdas: “¿serás tú quien construirá con mi carne un cuerpo nuevo sólo para demolerlo?”
 Cuando las palabras y los hechos me fueron abandonando comencé a escribir las cosas que soñaba. Luego olvidé cómo soñar, entonces mi corazón se vio inundado por una brisa de mar, una laxitud que fue cobrando matices reales y formó un rostro, un nombre, un olor propio. Entonces dejé de escribir, no necesitaba hacerlo porque lo tenía a él. Mis palabras ahora tienen un alcance diferente porque las oigo a través de un eco.
Esta noche soñé como hace mucho tiempo no lo hacía. En el sueño olvidaba la muñeca que mi padre me había regalado, la dejaba junto a un castillo de arena. El viento de la tarde se esmeraba en derribarlo y la muñeca quedaba sepultada en los vestigios de lo que había sido un palacio. Cuando la marea empezaba a subir la arrastró hasta estrellarla contra las rocas, estaba hecha de cristal. Estalló en pedazos al primer impacto. Fragmentos dispersos brillaron una última vez con destellos multicolores antes de desaparecer entre las olas. Sentí brotarme un líquido oscuro y viscoso parecido a sangre a punto de secarse. La hendidura era profunda, estaba  rota, y comenzaba a secarme.
Me desperté llorando. 
Abro los ojos, con esa expresión que los años me han ido dejando, los miro,  incapaces de  mostrar algo que no sea tristeza y me doy cuenta de que en efecto, lo tengo todo. Excepto un cajón donde enterrar mis esperanzas.

orquidea psicopata

Eterno retorno





Eterno retorno

“La cadena de cosas en la que estoy  trabado volverá  a
producirse y me creara de nuevo, formo parte de la
serie del eterno retorno. Volveré no a una vida nueva,
ni mejor, ni parecida, Volveré eternamente a esta misma vida,
idéntica a si misma En lo mayor y en lo menor”
F. NIETZSCHE

“Es oscura la casa en la que vives ahora”
A.      PÉREZ-REVERTE

Simone observa el techo blanco, lechoso. Tiene la textura de la plastilina.
Su cabello castaño y rizado cae sobre su rostro, que descansa sobre el pecho de ese hombre. Él fuma, ni siquiera ha preguntado si le molesta. Ella no tuvo tiempo de reaccionar. Pasó de pronto, se quedó esperando su pedacito de cielo, por saborear una nube, por las mariposas de color rosa. Cierra los ojos, por dentro su mente también es lechosa y blanca. Sobre la cama sus pensamientos se escurren, se han vuelto líquidos, escapan de la misma manera en que veinte años antes, Cecilia su madre, se quedó vacía por un instante, ausente, explorada  primeramente su marítima  naturaleza por la mirada de un extraño.  Ahora le  parece oír la voz de su padre diciendo que su madre es una puta, que lo engaña, que ni siquiera era “virgen” cuando se casaron. Absurdo, aún más que el recuerdo sea tan nítido cuando entonces sólo tenía siete años. El hombre la aparta con un gesto, va a bañarse. Ella sonríe, se arregla el cabello frente al espejo, pensaba que se vería distinta, como si un estigma se hubiese grabado sobre su piel ¿culpa? No sabe si debería sentirse arrepentida por algo tan simple, tan natural después de todo. Se pregunta que pensará de ella ese hombre, ese extraño que al cerrar la puerta olvidará su nombre.
Camina despacio por las lajas de piedra, húmedas. Al llegar a casa las piernas aún le tiemblan. Se cerciora de nuevo de que ninguna marca la delata, sólo tiene una sensación extraña.
 Entra a la cocina, prepara café. Su padre se acerca para decir “Ahora sí, toda una mujer”. Siempre tan absurdo piensa ella. Sonríe. Como si en verdad fuese  más mujer por saber lavar platos o acostarse con alguien.
Se dirige a su cuarto de paredes rojas, de horas oscuras, asfixiantes. De la gaveta de la cómoda saca una caja metálica y se arma un churro. Lo fuma lentamente con delectación. Al terminar abre la ventana y prende un incienso para disimular. Le sube al estéreo y grita con Jesy Bulbo: “vente en mi boca, chiquillo vente ya, te chupo las pelotas, saca la coca, vente en mi boca te quiero saborear.” Su padre, de pelo entrecano, alto, con ese bigote ralo que dice lo hace ver más interesante. Él, que hace 20 años admiraba al Che y escuchaba a los Ramones, piensa: “Pinche juventud pendeja y perdida”. Él, que de conocerla diría que es una drogadicta y una fácil, y ojalá fuese más puta y más viciosa quizá podría tener una vida diferente y no verse dentro de algunos años como la sirvienta de un hombre que la mantiene, que no se la coge nunca pero le regala joyas, que le compra un coche pero dice que da asco con esos kilos que le sobran. Simone no sabe como romper el círculo, como quitarse los grilletes.
Ella está de nuevo ante  la mirada del desconocido: -“¿Qué más puedo darte sino mi vida, mi palabra o mi silencio? ¿Qué sino el vacío que me habita, mi falta de fe, mi mar y mi desierto?”- dice que ha escrito eso para él. El extraño  la mira y le responde: “mira chava, no te lo tomes en serio, las cosas no son de esa manera”.  Ella se pregunta cuál es la forma, la manera en que ocurre todo. La mirada se le nubla, se humedece. Mordiéndose los labios. No puede llorar ni sentir culpa. No vale la pena: “el remordimiento es como la mordida de un perro en una piedra” recuerda.
Al entrar a casa no le preguntan cómo está y si lo hicieran ¿qué podría decirles? Prefieren hablar sobre la boleta de calificaciones, ha sacado un siete en química, dicen que esa valoración no es para ella, no para su hija ¿acaso quiere ser una persona mediocre? Simone no lo sabe. No mediocre como él a pesar de su dinero. Su madre, con pijama azul, de tez morena y ojos grandes dice que le duele la cabeza, que subió la cebolla, que murió una vecina, que bajó el tomate, que compró pescado para preparar una ensalada. Cecilia, gris, desdibujada por el vaho de la rutina, efímera como la vaguedad de sus palabras.
Su padre dice que irá a jugar barajas a casa de un compañero de la oficina, ellas  no se miran, ni siquiera existe complicidad, pero pueden  respirar el aroma de la mentira.
Simone se corta los brazos antes de dormir, quiere fingir que siente, quiere tocar el dolor al hendir  la navaja sobre la fragilidad  de sus muñecas, quiere dar a su vida un tinte de tragedia. Distinguir la sangre de entre lo pastoso y gris de su existencia.  ¿Qué diría papá si lo supiera? ¿Qué haría mamá al ver sus cicatrices? Pensarían que su nena tiene un problema mental y podría ser. Simone no lo sabe, pero tiene la certeza de que no lo notarán, hay demasiadas cosas que ellos no conocen y tampoco han de hacerlo ahora. Hace tiempo que ni siquiera la tocan, la acarician, tan solo roces ocasionales, besos fríos de despedida, labios de cristal al darse las buenas noches. Desconocidos que duermen bajo un mismo techo, extraños y lejanos. Ella no sabe que su madre en el cuarto contiguo llora también bajo las sábanas, que intenta dormir antes de que él llegue ebrio, todavía húmedo de exceso y de deseo, para sondear juntos la fría pestilencia de las noches. Los separa la grandeza de un abismo, no se reconocen ni en la ausencia.  El futuro parece inevitable, los círculos no están hechos para romperse y ellos están solos, quedándose vacíos.
  







orquidea psicopata

A VECES EL SILENCIO...





A veces el silencio

“Paredes  se esfuman en tus ojos. Todo es parte de lo etéreo entre tus labios. Yo pisándote la sombra, oliendo tu silencio entre la piel. La calle ausente.”
Escribe. Se levanta, cierra la ventana y coloca la pluma sobre la hoja en blanco, sin autodeterminación. Desiste. Toma uno de sus diarios, una pagina cualquiera:
“No puedo cerrar los ojos. Temo a la navaja de tus labios, a  ese estruendoso silencio. La habitación en incesante movimiento. Me siento en el lomo de una bestia. Me ahoga el cuarto lleno de agua turbia. Gotas de sangre en mi pijama, tinta roja sobre tus ojos ausentes. Extraño a esa, que se sentaba en mi cama, aniquilada, acosada por el ruido, fumigada como una araña. Ella, que se metía al closet, se escondía entre la ropa y lloraba.  Se veía al espejo de la cómoda y  se parecía a mí. Extraño al  fantasma que alguna vez no fuiste tu.”
Toma la hoja y comienza de nuevo:
“La vida se presenta ante mí como una insinuación, la reiteración de todas las cosas ausentes. Sucesión. Círculo. Tic-tac-tiempo.”
Cada vez escribe menos. Antes pensaba: tanto por decir y se dice tan poco. Ahora se ha quedado sin palabras. Nada queda por decir, prometer ni reprochar. Quizá esta sea una forma de envejecer, quizá su vida es la que se  va quedando  sin hechos, actos y  presencias. Antes un cuaderno para sus amantes, cartas sin enviar, cartas sin escribir pensando en ellos. Hoy no le queda ni una frase, una palabra sería demasiado. Para crear recurre a todo tipo de fetiches: diarios, cartas, lecturas y fotografías. Camina por las calles que recorrían juntos, ojea los libros que él no leía, habita atmósferas en las que él estuvo. Piensa en las imágenes que guarda ahora; él blando sobre la cama como una enorme flor. El perfume que llevaba la primera vez, la segunda y la última, cuando supo que no volvería a verlo. Él era siempre suave, siempre tan distinto cuando  la tocaba y le decía al oído lo mucho que le gustaba. No era congruente  demostrarlo de esa forma dócil, pero en él  nada podía ser rígido. Sus dedos entraban y salían de su sexo con una rapidez que no le permitía gemir, ni disfrutar. Solo lo miraba con sus esos ojos enormes, esforzándose por captar esa imagen que hoy apenas logra recordar.
 Quizá estar con él era una forma de castigarse, de confirmar su falta de atractivo.  Por él añadió esa otra frustración al no poder sentirse querida ni deseada. Lo veía con la mirada triste y repetía:

“No reconozco la belleza en mi rostro que ha sido negado. Soy un escupitajo del corazón.”
Jamás oyó lo que  él dijo después de eso. Ahora, recuerda  las tardes que pasaron juntos, tomados de la mano. Ella lo escuchaba con los oídos en blanco mientras pensaba en lirios, navajas o labios, sabiendo que él no tenía nada importante que decir, era de los que hablan por la simple razón de tener lengua.
Era tan inexpresivo. Sus palabras siempre parecían huecas, falsas. Nunca supo si realmente estaba a gusto. Había pequeños ritos a los que la sometía, como  pararse de espaldas frente al espejo de la forma en que a él le gustaba mirarla, intentaba ver lo que él hallaba, o acariciarse desnuda bajo la sabana, no para sentir placer, sino por la curiosidad de palpar lo que sus manos tocaban. Nunca hubo frases sobre las paredes, ni horas sin tiempo, ni playas desérticas.
Quisiera poder escribir cosas tan nimias como cuando lo detestaba:
“No abriré los ojos. Tengo miedo de ver tu corazón con los ojos cerrados, una lata metálica y hueca succionando mis entrañas”.
Cosas absurdas,  simples como sentirse feliz a su lado y murmurar:
“Me gusta ver el silencio escurrirse entre mis dedos. Tocar la luna con la punta de la lengua. Ver el mar mientras tus ojos me acarician. Me gusta el ritmo de tu respiración cuando los peces explotan dentro de mi mente.”
Ella se pierde en tormenta de frases dispersas, que no construyen nada, que no dicen nada. Un medio de liberación puede convertirse en algo que aprisiona…
Deja que los recuerdos, los rostros se diluyan. Recuerda algo que  debió leer en alguna parte: “¿Por qué a ciertas horas es tan necesario decir: Amé esto? Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá. Así quedan todavía  en el aire del alma esas pequeñas cosas…”
Sonríe tristemente en ese gesto que se ha vuelto como llorar sin lágrimas. Cierra el cuaderno de golpe. Sabe que a veces el silencio llena más que las palabras.








orquidea psicopata

PIGMENTACION


Pigmentación


Siempre he pensado que hay cosas para vivirse, no para contarse.
Pero, a veces, las palabras pesan tanto como la nostalgia o la culpa y nos obligan a saltar a los oídos de un extraño, como la soledad  obliga a arrojarse a los brazos de alguien que no siempre te recibe con estos abiertos.
Siempre fui de las que dicen que a las palabras se las lleva el viento. Creía en la magnitud de las sensaciones, en los matices que el sexo me dejaba ver. No hubiera creído que acabaría escribiendo algo para recordar, aunque desde hace mucho desconfío de mi memoria…puedo notar como los colores se han ido diluyendo.
No comprendo esta obsesión por no olvidar. Podría haberme tatuado todos los caminos, todos los días, toda una vida y tampoco habría servido de nada. Se que muy pronto nada tendrá sentido.




Hay pequeños sucesos que nos cambian la vida. Noticias que aparecen de pronto y uno no sabe si cagarse de risa o de miedo.
Cuando Raúl me dijo que había una nueva droga que te prendía más que cualquier cosa. Que te ponía más alerta y con los ojos más grandes que una buena grapa de coca, que te ponía más sensible y más contento que unos carrujos de mota y en un viaje más profundo, más largo que masticando unos hongos, creí que me estaba cotorreando. Él sabia que yo había probado de todo: pastillas, hierbas, inyecciones y supositorios. Luego siguió diciéndome que quería probarlas pero que tenía miedo de que le robaran el alma, que le hicieran quedarse como el corazón de una lechuga. No pude evitar reírme ni pensar que cada día estaba más avionado. Pronto podría parecerse a un vegetal pero no porque unos chochitos le robaran el alma.




Desde el principio puse una condición. La primera marca me la hice yo misma frente a él. Quería recordar que ese hombre había dejado una huella en mi cuerpo. Luego les di libertad de elegir una parte de mí. No importaba si había sido doloroso o placentero, si él era feo o guapo. Tenía la cicatriz correspondiente. Nunca se habían negado. Sólo les pedía una cortada pequeña, siempre con la misma navaja. Mi cuerpo fue convirtiéndose en un mapa. Un conjunto de líneas que formaban un collage amorfo, recortes de piernas, de gestos, de miembros.
Cuando fuimos a ver al Seco y nos enseñó las pastillas más pequeñas que jamás había visto. Volví a burlarme de Raúl, quien seguía diciendo que iba a ser el mejor viaje. Eran redondas, de colores brillantes: azules, fucsia, rojas y amarillas. Quizá nunca hubiera debido probarlas, quizá era mi destino. La primera vez me gustó mucho. No creía que existieran tantos colores distintos. Podía olerlos, tocarlos. El color mango sabía y olía como tal. Junto a este, sobre el piso, podía hallar el color sangre más encendido y con un olor más tenue. Las paredes giraban. Me hundía en ellas. Todas eran sensaciones cálidas, eran brazos dibujando ocres, parduscos, violáceos y rojizos.
Las comimos varias veces, eran dulces, debía chuparlas como caramelos hasta que se diluían y el flashazo llegaba. El efecto era más rápido de lo que creía.
El Seco, al vendernos la primera dosis nos dijo que tuviéramos cuidado, podíamos ingerirlas durante mucho tiempo o por muy poco, pero había un momento en que debías detenerte, dijo que no era una droga común, era una especie de puerta hacia dentro, todos pasaban por varias fases, pero había un punto en el que no había nada, un punto en el que debías parar. Me pareció raro que sintiera algún tipo de respeto o temor por alguna droga química. Él era adepto a las drogas naturales. Solía verlas con veneración. Lo había oído despreciar hasta los mejores ácidos que nos había vendido. Pensé que él también se estaba quedando en el viaje. Después de un tiempo de haberlas consumido, comencé a tener recuerdos muy vívidos: imágenes, olores, me divertí al atribuir el retroceso a mi reciente afición a los “caramelos”.





Una noche, la cama era un espiral enorme. Me había acurrucado en una esquina. Un pozo estaba al otro lado, intentaba devorarme, crecía. Un ángel degollado me miraba sin ojos desde la otra esquina. Su cabeza saltaba de un rincón a otro. Manos emitían chillidos ahogados. Anunciaban que ocurriría algo. Me asustó ésta especie de pesadilla. Todo parecía real.
La estrella negra cayó sobre mis hombros. Cayó como la noche sobre el cuarto. Me hundí al contemplar el agujero negro en el techo que producía  vértigo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Los cambios comenzaron.
Estoy desnuda. Las cicatrices se han borrado. Se han diluido como la tinta de mis recuerdos. Estoy sola. Los ojos reptan por las paredes. Las palabras se impregnan en la hoja. Son ácidas y huelen a sangre. Estoy pálida, hueca. El agujero negro crece, me absorbe. Siento lenguas deslizándose por toda mi piel. ¿Siento?
Un calambre estomacal me obliga a arrojar unas criaturas. Son dulces al pasar por mi garganta. Sus patas, sus tenazas aún mordiéndome la lengua. Son peludas, redondas y pequeñas. Me impresiona la brillantez de sus colores. Unas rojas, azules, amarillas y fucsias. La habitación gira. La hoja parece querer callar. Parece no querer decir que el agujero negro está dentro, que me brota, que soy yo.  Soy la madre de estas cucarachas que  han salido de mí,  demonios coloridos que he engendrando. Me muerden. El papel  me absorbe. Me borro como las cicatrices. Me diluyo. La hoja parece no querer admitir que es mi tumba. Acaricio el último color, rojo sangre…










orquidea psicopata

Desencuentro




María Siente el cálido aliento sobre el cuello, la respiración agitada, palpable, la  manera  en que la que él se pega a su cuerpo, sus piernas la rozan, la acarician, puede sentir su erección entre  sus nalgas, y el cosquilleo que su aliento le provoca. Sus labios permanecen muy cerca de su cuello, pero no la tocan. Hurga  sus olores, el olor a fruta que emana de su pelo, de su boca, y la transpiración, la agitación, el desorden al  que la induce.
 Baja del microbús apresuradamente, junto a otros pasajeros, él entre ellos. Una ultima mirada y se ha ido. Camina de prisa, para evitar ser tragada por las entrañas de esta ciudad  que intenta devorarla, remitirla  a esta realidad atonal, pastosa y sucia. Ha avanzado varias calles, se detiene en la esquina antes de cruzar, y entonces lo descubre, él esta ahí y  a su vez la mira, durante  un instante sus miradas se tocan, todo parece detenerse, ella sonríe, con un gesto  que ella misma no definiría como una sonrisa, el gesto se  pierde en la nada, se escurre en el absurdo.  El instante se escurre, efímero y  frágil, se rompe al estrellarse contra la realidad.
Entonces ella piensa que él la sigue, comienza a desviarse, cruza a la izquierda o a la derecha alternando en cada esquina, efectivamente él parece seguirla. La  sombra ha caído sobre ellos, la anoche es  un refugio que los sumerge en el vaivén seductor de la oscuridad. María ha entrado sin darse cuenta a un callejón, él se acerca, la toma de la muñeca, la conduce hacia dentro de esa construcción en ruinas, de esta obra inhabitable, inacabada. Ella se estremece ante el contacto de esa mano tibia y húmeda, él la  estrecha contra sí, bebe de esa boca fresca, le levanta la falda y acaricia esa otra humedad palpitante, oscuramente dulce. Su lengua se funde, se enraíza, sus manos se pierden en  esa geografía inexplorada, acaricia sus piernas por debajo de la ropa, la aprieta con urgencia, con ansia. Ella  se arrodilla e introduce el sexo de él  en la humedad de sus labios, su lengua se vuelve una caricia prolongada e interminable. Se tumban sobre el piso, la penetra de golpe, haciendo solamente a un lado el  diminuta lienzo que cubre el centro de su ser.  Su boca emite un grito ahogado, hunde sus dientes sobre su cuello, se sumerge en ella, en la salinidad de su piel, en su sonido de mar. Ella cierra los ojos, se deja llevar por  el ritmo incesante de ese extraño, sensaciones se arremolinan  en su mente, se dibuja en su mente un cálido vacío, un ruido telúrico, un asalto final… luego el silencio, luego la mano del extraño la invita a pararse. Camina junto a ella durante un rato, luego se pierde en la oscuridad.
María aún tiene la sensación de sus dedos en sus manos, la textura de su lengua jugando sobre su  vientre, la temperatura de su piel, la yema de sus dedos acariciando sus pezones,  su olor macerado sobre la piel. Lo busca, pero el  sueño se diluye, el  vacío ocupa una nueva inexistencia, deja un sabor acre en  el corazón y la boca, y ella se pierde en la soledad de la calle, envuelta en la mirada de la noche. Sola, interminablemente sola.  





orquidea psicopata

jueves, 4 de diciembre de 2008

Puta Lola




Puta Lola

-El desprendimiento de heridas sobre el cuerpo, cuando rozo tus muslos con las alas… ¡es querernos!-dijo él, Juan. De ojos amarillos o muy claros, de cabello largo y labios delgados. Alto, pantalón y sudadera holgados; nada más interesante que decir.
Ella, Lola, de minifalda, botas altas, medias negras, escote pronunciado (muy pronunciado) rolliza, caderona… Lola, la putería andando.
Se conocieron en el bar. Ella coqueteaba con un cliente de la barra. Juan entró, con pasos lentos penetró en la noche, interrumpió por un momento las conversaciones que se desarrollaban en el bar: “La roca”
El tipo sudaba, se sentó a la barra y pidió un tequila, Lola le sonrió. El correspondió a medias: sus labios se tensaron en una mueca horrible que parecía una sonrisa.
- ¿Me puedo sentar?- le dijo al oído.
- Claro- respondió Juan.
- Me llamo Lola.
- Mucho gusto, Juan. Cantinero ¡un tequila para Lola!
Las horas y las noches discurrieron entre cigarros, tragos. El mismo bar, Juan, Lola, besos y caricias.
- Estás nervioso como el día que nos conocimos ¿en qué piensas? Dijo ella después de sorber un largo trago.
- Lo siento, pero me recuerdas mucho a Susan.
- ¿Y eso es un insulto o un cumplido? Dice ella tensando el rostro.
- En realidad es alguien que conocí casualmente como a ti…  ¿sabes? Tengo una botella añeja de vino tinto, deberíamos ir a mi cuarto ¿qué dices?...
- ¡Claro, vámonos!
El vino se evaporaba en su cerebro, ni una gota quedaba dentro de la botella ni en las que siguieron.
- Me siento mal debería irme a casa.
- ¡Esta noche vamos a coger- asegura Juan exasperado
- ¡Por favor déjame!
- ¿Estás loca? ¿Creías que íbamos a venir a mirarnos?... por favor ¡no me jodas!
Juan la forzó a tener relaciones, Lola sangraba, sangraba tanto ¿qué debía hacer? ver la sangre era tan desagradable. Sus sentidos se impactaban con el color, aroma y textura penetrante de la sangre ¿Cómo parar la sangre de la puta virgen Lola?  
- ¡Nunca creí que fueras nueva! …además la manera en que te conocí… ¡todas son iguales esperas algo y recibes lo contrario! ¡Puta Lola!
Ella se contorsionaba de dolor entra las sábanas, pensaba en el día en que su vida se había vuelto una farsa cuando decidió cercenarse el corazón conformándose con caricias subidas de tono por debajo de la mesa ¿y para qué aparentar ser una puta? Porque definitivamente era más fácil que amar.
Juan no pensaba más que en hacer que se callara y dejara de sangrar para lo cual cinta adhesiva y sábanas bastaron, sillazos y patadas para cerciorarse luego llevarla al barranco y dejar la bolsa abierta para los perros.
Juan entró al bar “La roca”, Beatriz fumaba en una mesa, se miraron y brindaron desde lejos….las horas y los días fueron discurriendo…
- Estás muy distraído, casi como el primer día que nos vimos ¿te pasa algo? –pregunta ella
- Disculpa pero me recuerdas mucho a Lola.
orquidea psicopata




Chica rubia en una cama (1987) 
Autor: Lucian Freud