domingo, 17 de febrero de 2019

La felicidad y los orgasmos son de quienes se los trabajan


12 de febrero de 2019

Entre Kubissa y Dusell, algunas reflexiones del diario de una gata-perra
(A proposito de los garbanzos)

Hace un tiempo y un momento de fuerte crisis, afortunadamente y gracias a una amiga, llegó a mi vida el conocimiento sobre la existencia de la “Sertralina” un antidepresivo inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS)  que además es barato y de libre venta, y en su momento fue casi una “varita mágica” que me permitió seguir a flote y continuar, pese a la fuerte crisis emocional, hormonal y económica en la que me sentía atascada.
El resultado fue extraordinario, sentía una felicidad “genuina” como hacía mucho tiempo no experimentaba, sentí que me permitía tomar “mejores decisiones” pues lograba tener una especie de “claridad” mental distinta, también experimenté una concepción distinta de “ mi misma”, como nunca antes la había tenido. El problema es que me daba muchísimo miedo ser dependiente del medicamento, la tomé solamente el tiempo recomendable necesario (3 meses)  para que los neurotransmisores no se volvieran “locos” y lograran continuar haciendo sinapsis… (maravillas de la neuroplasticidad). Luego fui disminuyendo la dosis paulatinamente, y seguí con otro tipo de terapias alternativas y en ese momento, sobre todo, ocupacionales (el yoga y el ejercicio me ayudaron mucho, el hoponopono, el sistema Isha…).
A pesar del efecto casi mágico decidí terminar con el tratamiento porque en general poco a poco fui disminuyendo mi consumo de medicamentos y tratando de alejarme de la medicina alópata que sólo identifica los síntomas pero no se cuestiona acerca de su origen, y así fui poco a poco buscando otras formas de conectar mi mente, con mi corazón y mi cuerpo.
Es así que hace un tiempo me enteré de la existencia de las “Flores de Bach”, y de nuevo gracias a una amiga, pude al fin comenzar el tratamiento. Los resultados me parecieron impresionantes desde la primera noche de ingesta. La sensación de felicidad me recordó justamente ese breve periodo en el cual había tomado la sertralina, pero esta vez la sensación iba aunada a una tranquilidad emocional, que me permite hoy usar un adjetivo que jamás habría pensado para referirme a mí: ecuanimidad.
Tranquilidad en la toma de decisiones, de tránsito, de acción y de espera. Por supuesto, supongo que el proceso es paulatino y no lineal, pero en general, creo que es justamente esa palabra la que mejor resume la disminución de mi estado de ansiedad.
Otras extrañas “ventajas” que he experimentado son, por definirlo de alguna forma, una mayor capacidad sensorial en cuanto a mi sentido del olfato y el auditivo. Y por último, que después de incontables meses en que no lograba recordar absolutamente nada de mis sueños de la noche anterior, estoy comenzando a recordarlos. El subconsciente se hace presente y así, tras un laaaargo bloqueo, siento un mayor impulso creativo, como hace muchos años no sentía.
No trato de comparar ambas terapias, porque creo que cada una llegó a mi vida en un momento necesario y me ofreció justamente una alternativa que podía y necesitaba “ver”. Ambas potentes, y necesarias. Ambas desde la sororidad. Trabajo pendiente me queda mucho, pero si, aquí sigo, mi lucha es por vivir y por hacer frente a los terrenos baldíos de la desesperanza. Alternativas hay, aun quedan muchas y habrá que probarlas, irán llegando cuando deban, siempre en el momento necesario. Mi lucha es por seguir intentando porque al final, la felicidad y los orgasmos, son de quienes nos los vamos trabajando.



sábado, 2 de febrero de 2019

A mí tampoco me pasó nada


Del diario de una gata-perra
Febrero 2019


A mí tampoco me pasó nada. Pero recuerdo que tenía unos cinco años y estaba jugando con un tío cuando de repente me tiró sobre la cama, beso mi cuello y mi cara, restregó sus genitales sobre mi cuerpo. Recuerdo la sensación, sentía la cara muy caliente y roja, como aún me pasa cuando a veces hablo en público y siento que demasiadas personas están mirándome; Vergüenza. Supongo que lo que sentía era vergüenza.
Mi madre estaba en la habitación de al lado, en la cocina. No sé exactamente que vio al entrar, pero me sacó del cuarto y me hizo prometerle que nunca más estaría con él a solas, que nunca más jugaría con él. En efecto, esa fue la última vez que eso ocurrió, porque a fin de cuentas yo era una niña obediente y buena, que nunca se olvidó de lo que había prometido, y que nunca, ninguna noche, olvidó ponerle el cerrojo a su puerta. Bloquee el recuerdo durante mucho tiempo pero me acostumbré al miedo, ese que mi madre también había sentido cuando me contó que a los quince años un tío trató de abusar de ella. A ella nadie le creyó. Por el contrario, a mí no me pasó nada, gracias a ella, gracias a la continua alerta en la que me mantuve desde los cinco años. Después lo recordé de pronto y me pregunté si será que habría ocurrido más veces, antes, pero mi memoria permanecía oscura como el interior profundo de un lago. Incluso me pregunté si no sería un recuerdo falso, mi razón lo bloqueaba a pesar de que mi cuerpo recordaba la sensación exacta, quemándome la cara de vergüenza.
A mí tampoco me pasó nada, pero cuando tenía nueve años mi papá me sentó sobre sus rodillas  y comenzó a decirme que era -una niña muy guapa. Metió sus dedos en mi boca, colocaba sus dedos pulgares de forma extraña hacía mi paladar. Sentí una sensación rara. Un conejo asustado me saltaba dentro en el pecho. Corrí hacía la cocina y me quedé con mi abuela el resto de la tarde.
A mí tampoco me paso nada. Pero ese noviembre tenía unos quince años. Me encanta noviembre, sus altares, sus fiestas, los disfraces, mi cumpleaños. Aun era media tarde. Llegamos borrachos a la casa de mi amigo, él ya estaba bastante mal. Al llegar vimos que su hermano mayor estaba cotorreando con unos cuates. Sentí un ambiente bastante extraño, los sucesos son confusos, sólo sé que de repente me preguntó si me gustaba que me dieran por el culo. Los otros chicos se rieron mucho. Yo aun era virgen, tenía quince años. El porno a mí no me había educado así que ni siquiera me percaté de lo típico y ordinario que podía ser su comentario. Sólo sé que me enojé, me enojé muchísimo y tiré de un manotazo todo lo que estaba a mi alcance, recuerdo unas revistas y unos discos colocados sobre una repisa. Vi las cajas quebrarse. Yo odiaba que se rompieran las esquinas de las tapas porque luego los discos ya no podían cerrarse. Salí y me encerré con llave en el cuarto de mi amigo, el seguía bastante mal, me quedé unas horas ahí y estuve ayudándolo a vomitar.
Su hermano mayor era amigo de todos en el pueblo. A mí después de ese episodio siempre me dio asco. Se murió años más tarde ya en una permanente sobredosis alcohólica y con el cuerpo entumecido de solventes.
Recuerdo que una amiga me dijo unos días después que lo había escuchado decir en una fiesta, que él con algunos de sus cuates me habían cogido por turnos, penetrándome por todos lados. Me dijo que no lo creyó, ella era una amiga cercana y sabía que yo ni siquiera era sexualmente activa. Me contó, para que lo supiera, me dijo que todos sabían que eran unos pendejos, que no les hiciera caso y que lo bueno es -que no me había pasado nada-.
Esa no fue la única vez que eso pasó recuerdo perfectamente a otros dos tipos, con los que apenas había cruzado un reglamentario -hola- que dijeron casi exactamente lo mismo. Recuerdo que también escuché que inventaron cosas, justo de esa amiga que me había contado, pero al fin de cuentas eso era lo de menos, en términos reales nada había pasado y esos solo eran discursos de adolescentes tontos.
La virginidad me seguía pesando. Y entonces por fin pasó algo, yo era rolliza y tenía 17 años, él tenía 25, una moto y era bisexual. Me parecía hermoso. Yo quería que ocurriera, lo deseaba. Pero en ese momento fue un –no- rotundo, pensé y oí la voz de mi padre diciéndome que mi mamá era una puta, que no era virgen cuando la conoció, que tuvo un aborto voluntario, diciéndome, bombardeándome... Me sequé, me cerré, luché, y cuando vi que no era un juego dejé de resistir y hasta pensé en qué podía hacer para que terminara todo más rápido. Al día siguiente tenía las piernas llenas de moretones. Por supuesto, eso no tuvo nada que ver con una violación; Claro que siguió ocurriendo, porque el chico me gustaba mucho, porque ya no tenía qué perder. Incluso fui perdiendo el miedo y me solté porque con él estaba aprendiendo mucho.
El cuerpo tiene memoria. Y lo que nos termina de matar es el silencio. Si nuestro nido es un lugar peligroso en el que para sobrevivir hay que naturalizar el miedo, las familias que luego vamos tejiendo, pueden volverse también mecanismos de silenciamiento.
Lo bueno es que yo he sabido poner límites, porque tampoco me ha pasado nada cuando amigos muy cercanos, compas- todos con parejas o novias- , se pasan un poquito de copas y sin que yo haya dado un sólo un indicio, se sienten con el derecho de besarme o de manosearme. Lo bueno es que se parar, y controlarme, y decir de una buena manera –te lo agradezco, pero no- para no terminar con malos rollos.
Si algo me molesta es el victimismo, por eso prefiero decir que a mí tampoco me paso nada.  Y porque socialmente nada es grave –no pasa nada- no te pasa nada, hasta que no apareces violada, y/o bañada en sangre, quemada, cubierta de ácido, dislocada, mutilada, cortada, dañada, hecha pedacitos en unas bolsas o sencillamente, un día ya no apareces.
Lo que pasó, no es nada, pero me ha hecho fuerte. Por eso camino de noche con las manos empuñadas. En una el gas pimienta, abierto, listo. En la otra, las llaves de casa y del coche, con las puntas de las llaves colocadas hacia arriba, puestas en medio de los nudillos. Ayuda también poner cara de perra, de perra loca, perra rabiosa, perra en celo, defendiéndose. Camino y pienso: si se me acerca lo tumbo, -si se me acerca lo tumbo-. Nunca en la calle he sufrido un ataque sexual. Soy afortunada. Camino alerta, soy pequeña pero ya no me siento débil. Camino con seguridad y hasta con rabia, ya he transitado del perfil de víctima.
Los cuerpos tienen memoria; por eso ahora me cuesta abrirme, por eso a la rabia la precede la culpa. Por eso ahora me toca barrer toda presencia de personas que me hubiera gustado que se quedaran, porque me digo en voz alta que sólo saco la basura, cuando en realidad la basura también está aquí adentro, ha manchado las paredes, y a veces me pregunto si me equivoco, a veces todo es confuso, y surge niebla, miedo, asco y patrones de transferencia. Y todo resulta aún más inquietante cuando por lo bajo pienso (no sea que alguien escuche siquiera el sonido de ese pensamiento): como me gustaría que te quedaras.
Por eso digo de nuevo que no me pasó nada, porque me niego a ser otra vez la víctima y porque no me gusta saberme en desventaja. Focalizo la parálisis en la indefensión programada.
Los cuerpos que históricamente se han dibujado indefensos son los de las mujeres. En el imaginario social los niños no tienen “sexo”, son seres neutros, y por lo tanto seres indefensos por igual. Pero desde la adolescencia son sólo los cuerpos de las mujeres y los cuerpos de hombres “feminizados”, sólo aquellos que por sus características físicas se parezcan más a un cuerpo “femenino”, los que serán objetos, “cosas” con las que se puede jugar siendo más o menos violentos. Son los cuerpos sobre los que puedes ejercer dominio en escalas múltiples, variadas, porque a fin de cuentas sólo somos nosotras las que vivimos con miedo pero –no pasa nada-, vivimos para contarla. Somos nosotras las que aparecemos muertas, si es que aparecemos y somos nosotras las que desaparecen, así, sin que siga pasando nada.

jueves, 22 de noviembre de 2018

El chico del bidón de gasolina

El chico del bidón de gasolina en realidad no tenía un bidón de gasolina. Al principio creí que era una motosierra. Esa noche estaba tan borracha que creí que lo que había al lado de su cama era una sierra eléctrica, aunque en el fondo tampoco me importó.
Llegamos casi de día. Estaba amaneciendo. Mis labios se habían contagiado de su olor y ya sabían a cenizas ásperas. Fumaba tanto que su bigote estaba rubio, casi tostado por la constante presencia del fuego cerca de su boca. Lo conocí en una vida pasada. Yo era una niña gorda y de calcetas blancas. Él nunca se hubiera fijado en mí. Siempre tuvo ese aire de forastero, ahora vestía como un náufrago; llevaba siempre ropa negra, un sombrero de ala ancha, la barba crecida, collares de ámbar y la mirada turbia.

Y otra vez me toca ser la señorita Vodka,
siempre me toca ser la señorita Vodka[1].

Su mirada se volvió profunda. Yo lo recordaba de ojos claros; sus ojos verde musgo destellaban en mis recuerdos de cuando éramos unos niños de trece y dieciséis años.  Ahora sus ojos eran casi negros y su aura gris. Aunque él siempre hablaba de luz, de cuarzos, de chacras y de dharmas, todo en él me parecía oscuro. Ni siquiera sé a qué se debía ese aire enrarecido que percibía en torno suyo. Me atraía y me calcinaba como un rescoldo de brasa.
Nos besamos durante todo el camino. Besos húmedos. Dedos traviesos y manos escalando por debajo de la falda, caricias hacia arriba de la pantorrilla. Llegamos directo a su cama y nos revolcamos por, debajo, y entre, las sábanas. Todo empezó en el bar.
No sé exactamente cuando vi el objeto gris con asas de color naranja. Estaba a punto de venirme y no tuve tiempo ni de imaginarme partida en trozos, descuartizada por esa  sierra eléctrica. En realidad no era una motosierra, era una cortadora para pasto pero parecía igual de peligrosa.
Tal vez ese aire de decadencia le venía de tantos proyectos inacabados. Había sido un músico famoso, al menos tan famoso para irse de gira por todos lados y mantener una holgada vida de excesos durante varios años.  Sin embargo, ahora todo en él parecía cubierto de polvo, lodo seco, descascarillado, que se había ido, dejando a su paso sólo un olor de agua fangosa.
El chico del bidón de gasolina siempre era la mejor opción, pero la última; cuando todo salía mal, cuando sólo quería poder restregarme la mierda por la cara, era entonces cuando él llamaba. Me llamaba flaca. Quizá lo que más me gustaba de él era eso y aquel recuerdo de una vida pasada. Porque en realidad ahora me parecía bastante antipático. No sé cuantas veces se repitió, no sé cuantas veces lo vi, ni por qué oscuro súper poder siempre llamaba en mis noches más negras, sólo en aquellas en las que tenía la facilidad de recaer, tirarme, y caer una vez más.
Para coger era verdaderamente odioso. Casi siempre se tumbaba desnudo sobre la cama pidiendo de una forma particularmente infame que se la chupara,  entonces sentía por él un odio sordo. Además su pene era demasiado largo y a fin de cuentas resultaba doloroso, sobre todo porque podía pasarse horas erecto y follándome de una forma absolutamente mecánica.
La otra cosa odiosa y fascinante era su olor, su piel expedía un fuerte olor a flores muertas, era un olor dulzón que se extendía por todo su cuerpo. Siempre sentí curiosidad acerca de si ese penetrante olor se debía a alguna marca de jabón en específico, también pensé que podía deberse a que se diera baños con hojas de flores secas y hierbas viejas. En cualquier caso me resultaba imposible quitármelo  de la nariz hasta varios días después de haberlo visto.
Recuerdo en especial una de las últimas veces que lo vi. Quizá fue la última. Recuerdo vagamente que esa madrugada, desde un sueño saporífero de hachís, le dije que las últimas veces de algo siempre eran las peores. Esa fue la segunda noche más larga de mi vida. Llena de sueños funestos, extraños, tristes.
La noche más larga de mi vida fue en un motel barato, fue una noche jodida en la que mi madre estaba en el hospital y mi abuela y yo sólo pensamos en cerrar los ojos durante unas horas en el lugar más cercano. Mi abuela tendió su chal por debajo de nosotras, yo podía sentir su miedo, tocarlo, y éste se confundía con mi asco. Las paredes estaban sucias. La cama tenía un tablero con luces justo arriba de nuestras cabezas que estaba repleto de chicles pegados, eran de todos los colores imaginables.  Pero esa es otra historia.  

Mi niña,  prometí que iba a cuidarte.
Las dos sabemos que lo que menos necesito esta noche es estar con él, el chico del bidón de gasolina.

Esa larga noche fui un trozo de carne. No es buena idea verlo esta noche. Fui una bolita pequeña de barro, dúctil. Fui una bola de plastilina, fui una muñeca plástica. Un pie aquí, una pierna allá. El culo en pompa, más arriba, más. Lo recuerdo colocándome en cada una de las posiciones. Una pierna aquí, nalgas arriba, cuello allá.
Mi cabeza rodó sobre la alfombra.

No es buena idea verlo esta noche.
Es lo que menos necesito…
 pero siempre he funcionado así, haciendo justo lo menos necesario, justo el momento incorrecto, la persona incorrecta, la palabra incorrecta, la situación.

La tarde previa a esa larga noche la recuerdo bien. Tristeza y rabia, y crisis, y castillos derrumbados, y falsas expectativas que se destrozan siquiera sin hacer ruido. Todo había salido mal. Todo había salido mal de nuevo, mal todo, nuevamente. Entonces él llamo y me dijo: flaca; y me invitó a un porro. Tuvimos sexo insatisfactorio aunque por lo regular era siempre así, al menos lo era para él, después de haber pasado horas interminables de metesaca, como lo llamaba, sólo en raras ocasiones podía venirse. Lo raro fue que esa noche ni siquiera yo pude tener mi preciado y dulce orgasmo, ni siquiera yo, que ya empezaba a caracterizarme por mi rapidez y mi falta de exigencias para tener orgasmos fáciles.

Es lo que menos necesito, y aun así lo haré,  así he sobrevivido, y lo seguiré haciendo.

Con él también pasé muchas noches cortas. Las noches de fiesta siempre son muy cortas. De la nada te das cuenta de que el cielo es claro y de que la felicidad y la noche ya se han esfumado. Con él pasé la navidad más blanca, fue en una terraza repleta de latas de cerveza, vacías, apiladas; fue en un diciembre hermoso y frío como las diez grapas vaciadas sobre ese espejo, en el que trazábamos finas líneas. El espejo era un centro de mesa, el espejo fue el centro del mundo en mi navidad más blanca.
Siempre supe que el chico del bidón de gasolina iba a morirse. Es decir, que iba a morirse pronto. Que un día ya no estaría él, ni su aspecto de extranjero, ni tampoco estaría nunca más acariciando mi nariz su olor de flores rotas. Cuando se fue, comprendí porque en realidad yo nunca dormiría con un paquete de cerrillos debajo la almohada. 

Fotografía de la web


[1] Referencia a la novela titulada “Señorita Vodka” de la escritora mexicana Susana Iglesias.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Otra historia de O.




Fue todo en febrero, fue un romance sin dinero.
Tu sexo tan poético, como tus celos.
Mon Laferte

Follamos como dos locos esa noche. Porque me gustabas, tu boca abultada, tus ojos color miel, tu piel morena y tu cabello afro. Me gustabas, y nos besamos, y me entumiste los labios al besarnos. Sabías muchísimo a coca y dijiste que estabas muy drogado.
Tu pene se hinchaba y se relajaba con una frecuencia desquiciante, me tocabas, me besabas, me acariciabas. Me follaste mucho mientras te disculpabas por no follarme más, te llené de mí,  mojé las sábanas, las almohadas, los cojines.
La segunda vez que nos vimos, sobrios, hablamos sobre el estridentismo, el fauvismo, el futurismo, el infrarealismo, Basquiat, Duchamps, Los detectives salvajes, el arte mexicano, el arte y las intervenciones feministas. Y después de esos mezcales mientras conversamos me parecías aún más sexy.
Cogimos cinco veces seguidas, después de la cuarta se acabaron los condones. Nunca pensé que tendría una noche de esas.  Por la mañana lo hicimos otra vez. Todas las veces nos veníamos. También hablamos mucho. Dijiste “tengo sangre de esclavo,” y eso sonaba tan cierto y tan sensual; tan dulce y rico como tu pasión des-bor-dan-do-me, abriéndome, llenándome.
Pasé varias noches contigo, durmiendo sobre tus sábanas rotas, acariciando tu cuerpo duro, entre tus brazos fuertes, arrullada por ti.
Pase unas noches contigo y hasta me imaginé capaz de aguantar tu posesión y tus celos, también tu indiferencia, tu desorganización, tu permanente deseo de “ponerte bien podrido”,  tu complejidad, tu adicción.
Pero yo sólo fui tu bajón de coca. Por eso me besabas los muslos, por eso acariciabas mis pies, por eso me abrazabas y me estrechabas contra tu cuerpo, por eso me contabas cosas sobre ti, por eso me escribías y decías ven, y yo, la puta, tú puta, iba casi corriendo, casi deslizándome como en patines sobre hielo. Iba a buscar tu amor, porque era casi amor lo que me dabas esas noches, me encantaba sentir que podía gustarle tanto a alguien que me estrechaba sobre su cuerpo una y otra vez con ganas, con ganas siempre, con sudor, con ímpetu.
Mar amargo y negro eras, bebí de ti.  Nunca había visto un cuerpo tan oscuro, una piel tan negra, nunca había visto un pene tan negro, tan duro y tan dúctil, tan obediente. Una, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis veces hicimos el amor, seis veces cogimos en una noche y una madrugada. Piensen que exagero, que no digo la verdad. Yo también pensé eso cuando vi esa película argentina En la cama, pensé que era una puta farsa que dos personas que acababan de conocerse pudieran desearse así, y era aún menos creíble que el tipo pudiera hacerlo una y otra vez, y venirse, y hacer que te vinieras hasta dos veces por cada  vez pero es serio, hagan cuentas. Y ahí estabas tú con tu sangre de esclavo y tu afromexicanidad para mostrármelo.
¿Qué sentía yo cuando me besabas, cuando acariciabas mi cuerpo, cuando me tocabas las piernas, los pies, qué sentía cuando me decías: mi vida, te veniste ya? recuerdo lo que sentía al responderte: sí, pero creo que me voy a volver a venir.
Era algo dulce, viscoso, lento, y sucio, que me escurría por la garganta y sabía a miel o a melaza, a ceniza, y a alcohol de la noche anterior.
Algo escurría de mí, sin ensuciar tus sábanas rotas, algo que nos mojaba hasta ahogarme, yo danzaba en la confusión hasta perderme y creer que era cierto que podías sentir amor, sólo por esas noches compartidas, sólo por esas mañanas, por esas palabras y esos instantes líquidos.
Algo escurría de mí, sangre y orgasmos para dos, litros sobre ti, sobre tu soledad, sobre tu pene caliente y negro, dócil, ¿ya dije que era obediente? Derramaba mi deseo sobre ti, arriba, abajo, lento, lento[2].
 Contigo descubrí que podría tener “squirtings” semi-controlados… Véase google: eyaculación femenina, véase también: tipos de orgasmos femeninos, squirts… he consultado los porcentajes y al parecer no es fácil ni común, había sentido esa sensación una o dos veces en la vida, pero contigo fueron todas esas noches locas de calor y sexo.

 Pedía mucho, no pedía nada, lo pedía todo.

Te pregunté qué buscabas y evadiste la respuesta con un no sé cuánto tiempo estaré aquí, seguido de un montón de palabrería. Para mí la respuesta fue clara y te dije que estaba bien si era sólo sexo ocasional, pero en realidad, yo quería esas noches siempre. Me mordía los dedos para no escribirte, para no buscarte, trataba de conformarme con saber que había altas probabilidades de encontrarte en el bar que siempre frecuentábamos. En verdad no mandé tantos mensajes, tú lo hiciste todavía menos. La mayoría del tiempo respondías unas doce horas después, en promedio.
Pero eras insistente cuando me decías:
hey nena, hey nena,hey nena,
ven, estoy prendido.
Pero en realidad estabas apagado, no me malentiendan, estabas caliente y duro y rico, pero apagado y triste en el fondo, con un vacío tan grande como el mío pero aún más difícil de llenar, porque yo no era polvo blanco, ni siquiera era polvo, era río, y aun así intentabas aniquilar conmigo esa puta tristeza, y lográbamos ahuyentarla, espantarla con mi gritos, con tus gemidos, con tus muecas de placer, con mi risa un tanto histérica después de venirme tantas veces.
 Mi último mensaje fue: como dice la rola de Los tres: suda para mí una vez más cariño. Dijiste sí y armamos planes como siempre de comer juntos, de cocinar algo, quedamos a una hora. Llegué esa noche y tú no estabas, no enviaste un mensaje para disculparte, no diste ninguna excusa, simplemente no apareciste.
Mi feminismo y mi dignidad, mi falta de amor propio y mis ganas, se peleaban a muerte como gatos en celo, y yo no sabía quién ganaba, ni cuál era la repercusión.
Porque yo sólo fui tu bajón de coca, por eso la lluvia chocaba contra el cristal, por eso sentías frío y me estrechabas, y el sonido de la lluvia me hacía dormir, por eso gemías y preguntabas insistente ¿yo te gusto, yo te gusto, yo te gusto, a ti? Tú, que para mí eras casi un trofeo, tú que me gustabas, y  desde hacía mucho.
Tu inseguridad de polvo blanco, entumía mi lengua, entumías mi garganta como si tú mismo fueras una grapa de coca.
El olor de mi desesperación inundaba el cuarto, recorría el polvo, tus pantalones rotos, tus sábanas rotas, tu ropa sucia, mi desesperación se colaba debajo de tus uñas,  mientras yo me revolvía sobre ti, mientras yo me hacía ilusiones sin saber que  era sólo tu bajón de coca. Por eso te desprendiste de la ventana, por eso tuve que saltar, por eso hui con las alas rasgadas, con las piernas temblando, con la nariz aleteante, por eso la lluvia chocaba contra el cristal, por eso la noche, por eso el  frío.
A O. lo conocí en la preparatoria, era un chico moreno, delgado y alto, su piel tostada contrastaba con sus ojos color miel, tenía el pelo un poco largo y afro.  
Cuando volví a ver a O. tenía más de treinta años, habían pasado más de 11 años, ahora tenía el pelo corto, canoso, era aun delgado, con esa sonrisa preciosa y una ligera separación entre los dientes que ahora me parecía más notoria.
El sexo con él fue eléctrico, no logro encontrar una palabra que describa mejor la sensación. Deslizaba sus manos por mi columna vertebral, mi espalda, mis piernas, mis nalgas, y descargas eléctricas me sacudían y erizaban mis poros. Esa primera noche, pensé que era irreal, tanto deseo, tantas veces, tanto tiempo, tantos besos húmedos de sus labios carnosos y calientes sobre los muslos, desde las rodillas hacia arriba.
Pensé que podríamos salir y que podríamos ser algo más que carne, a veces le preguntaba a O. cómo le iba en el trabajo, O. a veces respondía y a veces no, obviamente dejé de hacerlo. Me escribía sólo cuando tenías ganas.
Esa noche pasó lo que esperaba, llegué a su casa a la hora acordada y no había nadie, todas las luces estaban apagadas. Me fui de prisa, busqué a una amiga, bailamos, bebimos, cantamos y escuchamos música a un volumen altísimo en mi carro. Ni un mensaje al día siguiente ni al otro, ni al otro. A la semana, de acuerdo a su reloj biológico, puso unos emojis, días después O. me puso un mensaje de madrugada que decía que “si ya estaba con oto”, supongo que oto era otro, porque al tal Oto yo no lo conocía (debí pedirle que me lo presentara).
Agosto se va y no vuelve. Agosto sin mí, agosto conmigo. Mañana  y hoy. Frío, sensación de soledad y hambre.
Miedo y asco fueron mis palabras favoritas. Creo que tardas tanto en cavar tu propia tumba que ya no te das cuenta de qué tan hondo y que tan oscuro está, se pone fea la sensación al sentir que el reloj retumba, fea la sensación cuerpo a tierra. Sentir, sentir el cuerpo. El vacío, la hondura, el rebosamiento, y después sentir que la palabra esperanza deja de ser estúpida, y deja de remitirme a un lugar oscuro. Nuevos días sin depresión, sin rabia, sin amargura. Un mundo nuevo y valiente para mí[3].
Sé que estoy mejor sin ti. Aunque me tatuaría tu nombre si eso hiciera que te quedaras. Si eso generara una carga de magnetismo que te hiciera quedarte al menos por las noches.
Eras llama encendida, la calidez brotaba por todos tus poros. Para mí eras hermoso y fuiste mío, un trofeo para el álbum de la memoria ¿sólo eso? dijiste que yo era fría y que tú lo eras aún más, yo nunca dije nada cariñoso porque sabía que si lo hacía sería peor para mí, no quería agarrarme a ti, aunque me moría de ganas.
Mis amigas (date cuenta) me decían que yo valgo más que eso, que para qué quería tener algo contigo. Pero ninguna sabe lo que era dormir abrazados en esa cama tan pequeña, cariño, calor, contacto humano. Por eso me gustabas tanto, transmitías calor y vitalidad. Eras sangre, roja, caliente y negra.
Fueron días de fiesta loca en los que yo fui tu bajón de coca. Recuerdo tu ternura, tu hambre, tus ruidos, tus labios cálidos, tú rudeza, tu piel oscura de chocolate negro, tu saliva caliente, tu boca de brasa recorriéndome los muslos. Tus palabras, tú, diciendo que tenías sangre de esclavo, tu cabello, tu risa abierta.
Morenito chulo, recuerdo tu espalda llena de cicatrices que me parecían bonitas, manchas oscuras en tu piel tostada, recuerdo la dureza de tu carne, y la redondez de tus nalgas.
Aun nos vimos un par de veces, llegaste a mi casa antes de fin de año, y conociste mi reino, porque antes era yo la que  siempre me quedaba contigo, veíamos películas, cogíamos, siempre en tu casa. Conociste mi espacio, ordenado, limpio, mío. Hablamos mucho. Te disculpaste, y fue la primera vez en la que no pudiste mantener una erección, lloré. Te habías metido demasiada coca.
Conozco el efecto y me gusta tanto que precisamente por eso la evito a toda costa. Conozco esa sensación en el pecho, conozco el frío, el castañeteo de dientes, conozco la opresión que deja sobre el pecho saber que el gato de la felicidad que dormía sobre tu regazo se ha ido y no regresará esta noche.
Ese último día en tu casa, observe tu taza sucia, con restos antiguos de café y  como dice la canción de Sanz pensé “Te lo agradezco pero no, te lo agradezco mira niño pero no, yo ya lo logré dejarte aparte, no hago otra cosa que olvidarte”. Porque todo pasa y todo queda, pero lo nuestro, lo nuestro mi niño, es pasar… ser tránsito, no destino. Tu y yo no somos puerto. Mar amargo y negro eras, bebí de ti.

orquídea psicópata


[1] Referencia a la novela erótica, de la escritora francesa Pauline Reage, titulada “La historia de O”.
[2] Clávala, clávala… como sigue la canción.
[3] Referencia a la frase” A new world, a bold world for me” de la canción i´m feeling good, interpretada por Nina Simone.