miércoles, 25 de abril de 2012

RAUL GARDUÑO:


Misteriosa y ardientemente mía
La soledad de tu cuerpo se tiende a mi lado para inaurar la vida
Y no dejas de pasar con tus racimos de sangre
Lúcida y desnuda,
Desnuda hermosamente
Ofuscada como la vela de un barco en el aire.
Rotunda,
Así la imagen del mundo sólo es una sonrisa a tus pies.

Conoces el remolino que hay en nuestros corazones,
Un remolino profundo
Algo así como un vacío que va sumando nuestras abundancias,
La forma de la abundancia que eres tú, quitandote la ropa con mis manos,
Diciendome una palabra de la vida,
una palabra oscura y silenciosa ,
indecible,
como a ciertas horas el corazón.

Todo es una selva en guerra
Un hundirse en la delicia,
Ya no saber nada,
Ya no ignorar nada.
La lujuria vaga en nuestros cuerpos
La lujuria es una campana despertando en tu boca.
Todo es el mar, todo es la tierra.
La elegancia con que el sol entra en el cuarto
como si no supiera nada,
Los recuerdos, los recuerdos.


martes, 25 de octubre de 2011

Tengo Hambre




Tengo Hambre

Renata vivía en la región más apartada, una ladera  resguardada tras las montañas en la frontera del país. Su madre le enseño la época de siembra y también le dijo cuando cosechar, le dijo que la vida era cíclica, igual que la vida de las plantas, la mancha oscura en su sexo y la migración de las aves. Eran astro eterno, que gira incesante y se repite  a cada año en la floración de los granos y el nacimiento de los insectos. Pasaban los días sentadas viendo al norte, viendo la puesta de sol.
Un día su madre cayó enferma, desde el lecho de muerte le susurro otra vez la historia del viajero que un día  pasó, durante el  invierno,  dijo: tengo hambre; y se quedo ahí hasta su muerte, pocos meses después de que los bendijeran en el templo. El templo, las decenas de niños que algún día corrieron por ahí, todo tenía un sabor metálico, añejo. Renata saboreaba las palabras, intentaba imaginarse si algún día le ocurriría ella, si ella también daría de beber a un viajero fornido y sediento, si ella también algún día observaría a la gente yendo al río con sus tinajas cargadas de agua.
Renata se quedo sola con ese montoncito de palabras, que amasaba  y echaba a rodar, se quedo sola y  siguió mirando al norte, viendo los pájaros mientras esperaba. Intentaba imaginarse a un hombre, pero hacía tanto que no veía a ninguno.
Continuaba la polinización de la plantas, seguían los vientos fríos, regresaban los días más cortos y Renata murmuraba esa frase gastada que seguía resplandeciendo, retumbaba en sus oídos.
Pasaron varios años y al fin apareció un viajero con la piel enrojecida por el frío: murmuro entre dientes, tengo frío. Renata entonces lo miró con desconfianza, y aunque le dio un poco de sopa e incluso  lo dejo dormir dentro de la casa, lo miraba con un gesto de apatía, intentaba buscar alguna frase que su madre hubiera dicho, quizá ella se había equivocado… pero no, estaba segura que allí no se encontraba  su destino.
 Después de varios años, llegó un hombre joven,  se acerco y le dijo: soy tu noche. Renata repitió la frase mentalmente, pero nunca logró comprender su significado, hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie, recordaba solamente esas palabras, que de vez en cuando murmuraba su madre, que ahora repetía ella maquinalmente.
 El viajero llevaba objetos frágiles, parecían enmohecidos por el tiempo, se ofreció a dejarle alguno, pero a ella no le divertía el contacto con ese material rígido, quebradizo y polvoso, de nada le servían, ella no sabía leer, tampoco creía que su madre hubiera aprendido nunca.

 Con el paso de los años cada vez pasaba menos tiempo entre la visita de un viajero y otro, ese año llego un hombre que parecía nervioso, dijo: ayúdame, y le ofreció una gran cantidad de oro por quedarse a vivir en esas tierras, quería esconderse, quería huir. Renata tuvo miedo y esa noche escondió un cuchillo bajo la cama. Tenía miedo, comenzaba a dudar de sus palabras, de esas que le habían mostrado el mundo,  ¿las frases habían perdido su sentido?
Pasados unos meses se acercó un hombre de piel oscura: dijo tengo hambre, y Renata abrió los ojos, sonrió confiada, saboreo la frase, era tan dulce como le había parecido siempre.  Por fin podría girar trepada a la vida. Se sentía conectada con ese hombre, enraizada él desde otra vida.
 Alzó los ojos y se sintió también bendecida por decenas de pájaros que celebraban su unión, pensó en su madre y en esas parejas de viejos de los que ella hablaba, esos que  fueron muriéndose de a poco mientras Renata crecía en un pueblo cada vez más muerto.
Quedó embarazada pronto, lo supo por las nauseas y el aleteo desmedido en sus entrañas, por  su imposibilidad para trabajar, que  también se acrecentaba por los golpes que de vez en cuando le propinaba ese hombre.
Renata se centro entonces en recordar esas palabras gastadas, desvaídas de su madre, hablándole de los días de lluvia, de la consecuente enfermedad, de la fiebre y el frío, del dolor de huesos de su padre, hasta que al fin se quedo viuda.
 Renata dudaba por primera vez, ¿y si ella tenía que empujar la vida? ¿Y si su madre también lo había hecho pero había sido incapaz de contarle la verdad? ¿Si no llegaba la enfermedad? porque  la vida era cíclica, y la vida de las plantas, la mancha oscura en el sexo, la migración de las aves, y el astro que  gira incesante y la floración de los granos y él dijo: tengo hambre.  Y ahí estaba de nuevo, esa pequeña niña, esa vida frágil, esas palabras viejas guardadas en el baúl de la memoria, esa forma de conocer el mundo… y acariciaba el cuchillo pensando en el frío, en la fiebre, en el dolor de huesos,  ya sólo  pensaba en enviudar.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Preludio




Lo llaman el pueblo de los vómitos gracias al perfume que emana de sus alcantarillas, aroma certero y profundo que termina infestando a las flores,  haciendo que de sus pétalos  escape un olor de flor carnívora.
Pero la razón principal por la que así lo hayan bautizado es, lógicamente, porque sus calles están plagadas de regalos fétidos;  náuseas coloridas, sustanciosas, como pocas cosas aquí. Al principio se observan policromías de lo más interesantes, ocres, bermellón, rojos cresta de gallo, anaranjados, grises, incluso un llamativo verde acuoso, jadeíta. El paso del tiempo hace estragos en la peculiar decoración urbana que va ennegreciéndose poco a poco. El polvo, la polución y el esparcimiento ejercido por los caminantes la convierten en una fina película  de color pardo que se extiende  sobre la acera.
Lo que resulta insólito para quien visita el pueblo por primera vez es la desidia de los habitantes, pues todos sabemos que los vómitos son una característica típica de los pueblos, sólo una muestra más de la idiosincrasia moderna, relacionada directamente con la diversión e incluso  con la controvertida enfermedad del alcoholismo (esa que algunos consideran común en nuestro tiempo). Lo raro es que aquí nadie se molesta en soltar un cubo de agua sobre la mancha fétida, como suele ocurrir en otros sitios, ella se queda aquí hasta que se desintegra, lo mismo ocurre con esos trozos de mierda de los perros (que no son de la calle) y de algunas otras bestias bípedas, los cuales tardan meses hasta que  al fin se descomponen y se esparcen, graciosos e ingrávidos por nuestras cabezas. Igualmente curioso es el olor  a orina ácida que  reina en el ambiente.

Muchos habitantes de tan pintoresco sitio, no deben considerarse menos interesantes, aquí tienen lugar las conversaciones más edificantes.

En primer lugar tenemos esa sensación de levedad, esa poca importancia que se otorga a las personas y sucesos, el olvido es algo directamente relacionado con la mentalidad de los habitantes, resulta casi increíble la facilidad con la que pueden olvidar. Lo que para otros resultaría denigrante, insoportable, se pasa por alto con esa misma ligereza con la que discurre todo.
Quizá eso es debido a la segunda conducta  más observada en la forma de relacionarse: mujeres y hombres de todas las edades hacen gala de un elevado nivel educativo, al usar una amplia gama de improperios que usan de forma habitual  para referirse a los demás o estar en contacto con ellos. Podemos tomar cualquier escenario como ejemplo: la estación de tren, el supermercado, un bloque de pisos, la carnicería, la plaza, los estacionamientos, la oficina de correos, los restaurantes, etcétera. Como dice la célebre frase: el perico donde quiera es verde.
Quizá esa capacidad para cagarse en todo y todos, sea lo que les permite luego dar el siguiente paso, soltar amarras en lo relacionado con sus emociones.
Acerca de los sentimientos cabe decir que no podemos clasificarlos como sensibles, sino más bien como “enardecidos”, eso se observa en la poca frecuencia con la que se oyen declaraciones de amor, alabanzas, reconocimiento, agradecimiento o análisis. Sus ojos se incendian al lanzar alguna maldición, al parecer puramente surgida del odio.
El tercer punto que nos atañe en cuanto a su forma de comunicarse, es la voluntad que las personas parecen tener por interactuar. Los sujetos prefieren decir prácticamente cualquier cosa antes que quedarse callados. Esto da lugar a los diálogos más surrealistas que podamos imaginarnos. Muchas veces ni siquiera son palabras sino onomatopeyas las que vienen a llenar esos espacios huecos que se arrebatan al silencio. En esta categoría caben las obviedades, muchas veces las personas parecen darse cuenta de lo innecesarias que resultan sus observaciones, lo cual las lleva comúnmente a dejarlas ahí, colgando, inacabadas.
Podríamos ilustrar el presente informe con una infinidad de ejemplos dignos de incluirse en nuestros libros para su estudio, pero son tantos que resultaría una tarea interminable recoger muestras suficientes.
La desconfianza, la abulia, la ausencia de sinceridad, la envidia y las ganas de perjudicar a los demás parecen haber arraigado con más fuerza en la mayoría de habitantes, seguramente esto pueda explicarse por medio de su historia. El daño que la guerra ha causado aquí, es tal, que muchas veces, uno tiene la sensación que ésta todavía continúa, una lucha silenciosa, compuesta por intrigas, difamación y furia; una guerra fría.
Sin duda el dato más extraño obtenido por nuestros investigadores, fue que por cada diez mil habitantes siempre había uno en el que no se observaban ninguna de las características anteriores, ellos, quienes presentan un comportamiento  y  unas capacidades cognoscitivas perfectamente normales, intentan vivir al margen, se esconden, huyen. Es tanta la presión social que se ven obligados a vivir en el subsuelo, ocultos como cucarachas, por lo tanto es muy difícil agruparlos para su estudio, siquiera precisar de cuantos sujetos hablamos.
Por tanto decidimos terminar aquí esta introducción, solicitamos autorización para comenzar con la primera fase de la investigación, asimismo, abrir el siguiente archivo donde podamos incluir algunos datos sobre dichas  excepciones.



orquidea psicopata

martes, 16 de agosto de 2011

Sin sangre



Otra vez la lluvia. Otra vez el goteo incesante, lento y oblicuo de estas gotas mínimas, lluvia que no parece eso, sino vaho.
Esta es la forma en la que llueve  aquí, en el pueblito, las nubes se ennegrecen y vuelven las calles, todavía (cosa sorprendente) un poco más grises, el ambiente se encuentra tan cargado que el aire se convierte en lenguas húmedas, la ropa se pega a la piel, sus grilletes  aprisionan, la respiración se dificulta.
Caminamos de la mano hasta el bar, casi corriendo, el sudor se funde en un mar de líquido sobre nuestra frente. Dentro todo sigue igual, la cerveza, la pantalla de televisión que muestra videos  musicales que no coinciden con lo que se oye ¿o se escucha? Está noche suena una recopilación de rap, la vieja escuela. Las personas se congregan alrededor de la barra como yo, cerveza en mano. Gesticulamos incesantemente intentando hablar, como buenos carniceros del idioma, soltamos frases huecas y obviedades “Qué calor hace”  “la música está demasiado fuerte” como siempre, como siempre… lo importante es no oírnos ¿o escucharnos? Representar la comedia otra vez, aparentar que hacemos un esfuerzo, que forzamos la voz y hacemos señas, hasta que al fin, la carga es demasiado grande y nos rendimos. Centramos la mirada en el resplandor de la pantalla y movemos ligeramente la cabeza, o nos balanceamos despacio para marcar el ritmo.
El tic tac del reloj sigue marcando los segundos, dejamos escurrir otra noche de esta forma, mientras parpadeamos con los ojos llenos de humo y la cabeza hueca. Las manecillas marcan las doce, una pareja entra en el bar, los observo, los reconozco y ahora todo me parece falso, incluso la risa, los buenos momentos. Recuerdo las frases, rostros congestionados, sonrisas retorcidas, gestos malintencionados,  falta de sinceridad, un  silencio  ciego que lo envuelve todo.
Entonces el ambiente se carga un poco más, la insalubridad puede tocarse y yo todavía no reviento, no dejo que las pústulas se abran dándonos un poco de paz, el rabioso remanso de flotar en el pus, de ahogarnos, de abandonar la farsa. Pero sé que no pasará nada, nuestra lengua se moverá despacio una vez más para mascullar algo parecido a un saludo, a continuación llegarán las consabidas miradas transversales y otra vez la falsedad y la frialdad sonreirán por encima de nuestros hombros. Reiremos y afirmaremos en la medida que lo permita la música ¿o debería decir la distorsión? Comentaremos estas cosas típicas de las personas de nuestra edad, adolecentes de veinte y treinta años, frutas que brillan en plena fase de maduración. La culminación no ha de llegar nunca, pendemos de los árboles rompiendo las reglas de la naturaleza, no sólo escalamos para poder alimentarnos,  somos chiquillos malcriados que vivirán por siempre “la flor de la vida”, seres que retrasarán su crecimiento durante varias vidas, para seguir absorbiendo un poco más de sol,  sólo un poco más que tú, en esta carrera desenfrenada.
Creemos que aún sentimos “algo” gracias a nuestros problemas banales, aunque en el fondo sabemos que la anestesia resulta reconfortante.
Y otra vez estoy a punto de estallar, cojo el abrigo. No puedo respirar, te digo que tengo ganas de irme a casa, siempre tan hipócrita, murmuro algo parecido a una despedida y otra vez me siento una cáscara blanca.
Al salir el aire cálido golpea mi nariz, no huele a tierra húmeda sino a polvo y a putrefacción, el orín continúa cayendo poco a poco desde las nubes, alzo la cabeza y dejo que empape mi rostro, tengo ganas de gritar, de cerrar los puños.
Recuerdo lo que han dicho en el noticiero, “las personas deben tener especial cuidado con la lluvia y la brisa, durante estas semanas posteriores al 11 de Marzo de 2011 después de la fuga de Fukushima, pues las nubes podrían transportar partículas radiactivas” No quiero pensar en mí, en mi falso sufrimiento ni en todo el que alberga esta pequeña ciudad de Europa, no quiero pensar en esos niños, los de verdad (los verdaderos siempre serán otros) ni en el peligro invisible y certero. Si sirviera de algo ofrecerme a cambio de uno ellos, si pudiera evitar su sufrimiento…. Pero aunque se halla producido el daño, no lo sabré hasta dentro de mucho tiempo, cuando se me caiga el pelo o los dientes o quizá vengan los problemas en el funcionamiento de las glándulas;  Y dentro de algunos años no me servirá de nada, quiero reventar ahora. Cierro los ojos, asqueada de toda esta indiferencia, de las olas de banalidad que emanan de mi carne. Imagino mi piel  fundiéndose al contacto con el agua, veo humo emanando de las cuencas, soy una cascará hueca, sin sangre, donde sólo flota el olor penetrante del azufre. 
Al abrir los párpados te veo, por fin encuentro esa mirada de reconocimiento, te tomo fuerte de la mano y  caminamos presos hacia casa, tratando de escaparnos de la lluvia.


orquidea psicopata

jueves, 4 de agosto de 2011

Madre



El sol aguijonea la piel de los transeúntes. Salta sobre nosotros como un niño caprichoso esgrimiendo pequeñas agujas. Los puestos de helados  de color  azul o rojo rompen con la monotonía de los edificios grises.
El verano es una explosión de color que transforma todo. El termómetro marca treinta y seis grados, chorros de sudor brotan de mi frente, el paseo no es agradable, el lugar no es agradable.
Una sonrisa aparece de pronto, salta hasta mis ojos. Es una de esas risas limpias, francas, que se trasmiten por contagio. La pequeña lleva sandalias, sus piernas son más anchas que largas, es bajita y redonda, refulge como una esfera. Observo su vestido de color pastel con dibujos de osos, y la cinta de color rosa que adornaba su cabello, es otra nena hermosa, como tantas otras, de pelo castaño, cortado a la perfección sobre los hombros. Pero su mirada me recordó a esos otros niños, a los de verdad, a los que lloran de veras y de veras ríen, a esos que no son de plástico.
Sus pupilas centellean,  lanzan destellos a su alrededor, tiene la vista fija en un cartel de colores que anuncia los precios de los helados.
La visión duró sólo un segundo, cuando la alegría estaba en su momento álgido, justo cuando la manita se cerró para aprisionar el cono, llegó a mí la siguiente frase “Ahora te pones mala y te rompo la cara”. Se opacó el brillo, sólo la mueca se quedó ahí, muerta, rígida. El resplandor se elevó por los aires y se esfumó.
Dediqué una mirada breve a los tacones, al bronceado perfecto, a la falda corta y al brillo de los labios, al rubio platino recién teñido de esa madre y comencé a caminar más rápido, para huir de esa náusea dorada que se reveló ante mí como una  visión de futuro.


orquidea psicopata

jueves, 28 de julio de 2011

Canto a mí misma (u oda a Walt Whitman)




Con uno solo de mis dedos
rompo el muro de la noche,
rasgo el canto del mundo.

Mi boca no basta para sanar.
 Lianas venenosas que se esconden en mi boca
me impiden emitir cualquier orden o súplica.
 Nada hay que rompa el círculo
que frene la procesión solar.
Con qué voz debo  pedir perdón a esa luz trágica
 a esa pálida luz que se ha eclipsado en tus ojos,
a ese resplandor nuclear
que se oculta bajo nuestros huesos;
se vuelve piedra, nos vuelve cal.

¿Dónde encuentro esa voz de puta,
esa voz de mártir para vaciar el odio,
para partir la sangre en dos?

Cazo palabras,
persigo ese mar efímero,
corro detrás de ellas para ahuyentar la nada
para no ver  la corrupción de la memoria
pero  sé que ningún llanto,
ningún desgarro
ningún grito coloreado de sombra
basta para matar la soledad
para hallar en la penumbra
el vestigio que queda de lo humano


orquidea psicopata

Nostalgia

 
La poesía no escurre de mi boca.
Antes era nardo,
hoy  nidos de avispas reposan en mi frente
arañas se mecen despacio en mi cabello.

orquidea psicopata

La catrina, de José Guadalupe Posadas.

sábado, 16 de julio de 2011

El mercado



El suelo del mercado se me ofrece como una trampa al paso. La lluvia, el lodo y  la sangre que escurre desde algunos puestos, transportando una colación de vísceras,  se mezcla con las frutas y forma una costra poli cromática.
Un olor a azúcar tibio y pescado fresco azota mi nariz. Observo a estas mujeres que yacen recostadas como nances, esperan, amarillas. Se tienden en la majestuosidad de sus bordados, se maquillan de carne húmeda con los colores llamativos de sus blusas o se ocultan enfundadas en las faldas de lana oscura.
Me acarician a través del sonsonete pegajoso con el que anuncian sus productos: “llévelo, llévelo, bonito, barato, llévelo, llévelo” sus voces desgastadas y suaves  parecen  arrullo, suenan como  una estampida de palomas. Silban moviendo sus labios despacito, con la misma parsimonia con la que aquí se realiza todo. Arrancan vísceras y branquias, canturrean bajito, melodías antiguas, luminosas.
En un momento así me resulta difícil pensar en la “bondad de Cristo” en las gastadas mentiras de toda una civilización.  Este es un espectáculo humano y aquí también hay panes y peces, también aquí multiplicación de vino. Pero sobre todo se respira un aroma a sudor y a barro, a tierra cocida, un viento seco  que arrastra un sabor de mazapán y de sandía.
Formo parte de un solo ser compuesto de células floridas  que respiran al unísono, uno sólo es el rostro oscuro  y abierto que sonríe, mira desnudo. Me fundo en él, no como parte de un decorado absurdo, sino como una arteria abierta, me entrego para volverme hoja. Soy viento, plátano, caléndula, tamarindo. Soy.  Respiro el olor de la luz y de la brisa. Agradezco que todavía existan puertas donde pueda huir de la voracidad del hombre. Su alegría me hace abrirme, yo también me siento al sol, maduro como un mango, alzo la cara al  cielo.
Mis palabras ya no saben a polvo, mis palabras ya no huelen a sangre, saben a sueño, a milpa,  a carne, a sencillez y  a trópico.




orquidea psicopata

domingo, 3 de julio de 2011

Silencio


El ruido de la lluvia es el lenguaje de la tierra.
¿Y desde cuándo ella se quedó callada? ¿Cuándo se instaló aquí esta calma sorda? Aún me parece escuchar el sonido del viento, el ruido del agua golpeando los cristales de la ventana, perlas del cielo estrellándose frente a la puerta.
Ni siquiera nos ha quedado la noche, antes llegaba fresca, nos abrazaba desnudos como una muchacha húmeda. La noche fría era lo que necesitábamos para descansar, el refugio perfecto para la algarabía y el resuello. Ahora no puedo distinguirla de esta claridad errante, la oscuridad se volvió lechosa, blanda como un chicle pegado al paladar.
Qué suerte tuvieron los visionarios, esos que desde el primer año supieron que las lluvias no iban a llegar, malvendieron las tierras y se fueron a engordar el anillo periférico de la ciudad. Nosotros nos quedamos dos años, tres, mascullando la historia de las vacas flacas, la repetimos hasta el cansancio, hasta quedarnos sin fuerza. Se nos secó la lengua. Se secaron los maizales, recogimos los últimos granos, eran inservibles pero a pesar de todo los guardamos, los latigazos nos enseñaban a ser previsores. Me senté frente a la puerta, donde antes pasaba las noches fumando, aspirando el aroma en flor del campo.
Se nos murió el ganado y a la tierra le nacieron grietas, surcos enormes. Me senté a contemplar la hosquedad de la llanura, ahí donde sólo había ciénagas, tierra fangosa y pasto para los animales, se depositó un zumbido hueco que golpea incesantemente los oídos.
Observo las grietas de mis manos, me niego a creer que estas tierras vestidas de mujer madura hayan envejecido como yo y muestren su piel de abuela enferma.
Se va secando el pozo, lentamente. Cierro los ojos, evoco el chapotear del agua, el estruendo de las botas al chocar contra los charcos, el crujido de la milpa, los mugidos desnudos, los balidos lastimeros,  estertores de la tierra.
Pero sólo el silencio anida aquí, ni un goteo se oye mientras espero, mientras mi cuerpo también se va quedando seco poco a poco.

orquidea psicopata

miércoles, 15 de junio de 2011

Poquito a poco





Este es tu cuerpo: las paredes amarillas, páginas fieles, donde el tiempo ha dejado escrito su lenguaje de nostalgia. Tu cuerpo está en las conchas marinas ancladas a la jardinera de la entrada, en el cesto de violetas sobre el fregadero, en esa jaula vacía de los loros  que murieron hace ya muchos años, después de desplumarse el uno al otro. Estás en los rostros de las muñecas de trapo sobre las sillas, en las firmas de los cuadros, en los relieves de las figuras de papel maché, tu tacto permanece por todas esas horas empleadas en el tejido de los miles de manteles que descansan sobre cada uno de los muebles, eres tú cada palabra en cada una de las páginas, tu mirada me sigue desde las fotografías.
Esta casa eres tú, hay pedazos de carne tuya en los rincones, hay miradas escondidas debajo de la cama y sobre la mesa.  Sonidos guardados en el limonero del patio, en la jaula de palomas que también se ha quedado vacía, hay susurros en las hojas de las plantas, voces que se sientan sobre los sillones a tomar el té. Hay ausencia sobre el televisor, en las cobijas de tu cama y en el teléfono. Presencias recargadas sobre la puerta, miran por la ventana, miran por encima del polvo que danza al sol.
Tus ojos  no son esos ojos abiertos, translúcidos, que han perdido ya todo rastro de furia y de luz. No son esos ojos secos que te impiden cerrarlos aún cuando duermes, como si la muerte te obligase a mirarle de frente todo el tiempo. Tus pupilas son imágenes guardadas, almacenadas durante toda una vida: los lirios, los barcos, las catedrales, la tierra húmeda o recién labrada, los rostros de niños sucios, rostros ajados, ateridos, mudos. Rostros de pena y de hambre, de alegría ilimitada. Risas maduras, rojizas como mangos, caídas del árbol y todavía ahí, revoloteando. Eres imágenes de acantilados, pájaros desnudos, fina lluvia, semillas a punto de secarse,  hormigas transportando millares de hojas…
 Tu boca abriga aún el sabor de los duraznos, del café amargo, la espuma del chocolate, la textura de los rábanos, pero tú sólo estás aquí para quejarte, puedes sentir  la tierra encima de tus huesos, entrando por tus fosas nasales, rellenando tus oídos, despacio,  sellando tu  boca, haciéndote sentir llena, lentamente, satisfecha a un ritmo acompasado.
Pero pocos pueden verlo de esa forma, la mayoría ve restos inútiles. Para algunos tu casa es un desierto, ellos no ven las imágenes poéticas tomando limonada con menta desde el patio, desconocen la belleza de lo absurdo esparcida entre tus cosas.  Acuden a su visión apocalíptica de bisagras y armatostes, a una explosión lunar habitada por cabezas de muñecas de porcelana y  tapas de váter decoradas con flores, la casa te respira, llora tu humedad, respira tu olor de ajo y tomillo. Quizá alguno hace planes de futuro acerca de la propiedad,  yo sólo siento que contigo también se mueren las cosas que nunca se me ocurrió preguntarte, palabras que se quedan apiladas, esparcidas sobre la jardinera, sufriendo sus estertores, por más que intente resucitarlas lanzando al viento de una vez todas la preguntas, quitando el tapón de la bañera del odio, dejando de lado las cortinas de la incomprensión, ellas ya no dicen nada, respiran cada vez con mayor dificultad. Tus hijos se quedan aquí y yo me marcho, camino hacia las amapolas, hacia las rejas coloreadas por buganvilias, dejo que mis pies estrechen la calle de piedra. Me cuesta cerrar la puerta, parece increíble que no vaya a derrumbarse, sus pulmones exhalan gemidos, me cuesta abrir bien los ojos y seguir viéndola de pie, aunque la oiga crujir, aunque escuche las vigas rompiéndose, el techo partirse por la mitad, observo el asfalto craquelarse, siento que las paredes te absorben, se cierran como una caja torácica, te abrazan como a un corazón.
Pero cuando cierro la puerta, no escucho ningún sonido, volteo y no observo ningún derrumbe, y pienso que los muros te serán fieles incluso en eso, a pesar de sus ganas de hundirse, de borrarse, de ser tumba…  van a derrumbarse como tú, poquito a poco.





 orquídea psicópata

lunes, 30 de mayo de 2011

Niños pájaros



¿Por qué la tierra tiene manchas?
Son niños mágicos, sueñan, crecen a través de nuestra sangre. Se alimentan de nuestro llanto ¿puedes verlo? Su tallo absorbe la humedad, aparecen después de las primeras lluvias. Mientras tanto  veneramos a Tonantzin,  celebramos la vida, reímos como sandías abiertas, nos entregamos al sol como papayas maduras, le entregamos como ofrenda nuestra alegría. Nos purificamos, nos volvemos uno con la niebla y con el río y  esperamos la señal de nuestra señora. Hasta que los obliga a emerger de la oscuridad, empujando con manos firmes  hacia el abrazo solar. Los conduce cerca de nosotros que los esperamos ávidos.
Ya te he contado la historia de nuestra madre, te he hablado de su benevolencia, nacimos de su costado, somos hombres de maíz. Ella nos protege, nos impide morir. Sólo nosotros conocemos su nombre, sólo nosotros podemos saborearla cuando nuestros pequeños tienen hambre y se llenan la boca de puñados de su sustrato.
Estos hongos son su carne, criaturas traviesas que nacen para ti. Justo cuando los tocan los primeros rayos de luz su aspecto cambia, se coronan de azul, por eso algunos los llaman pájaros.
Cuando crezcas tú también probarás su carne, te nutrirás de ellos, los beberás. Y ahora ven, déjalos ser testigos mudos de su mundo de sombra, cobrarán conciencia de sus cambios poco a poco,  como tú. Nunca más los llames manchas, nunca ensucies su sagrado nombre, ya aprenderás a nombrarlos, ya aprenderás a celebrar su nacimiento. Y ahora ven, las nubes están cargadas. Mañana volverás a visitarlos,  mientras madurarán en paz, bajo el susurro de los dioses y el canto de las palomas.  

Primera comunión


Este es el sacramento de nuestra fe, dije mentalmente y coloque el trozo de papel sobre mi lengua. Era ligero, inoloro, unas líneas azules, delgadas, formaban un dibujo en su superficie. Lo repartimos en cuatro. Despacio, cerrando los ojos, coloque en mi boca ese fragmento. La música del Dj continúo sonando, su estridencia me desagradaba, pero contaba con el trocito sagrado. Cuando hizo efecto me obligó a darme cuenta de la existencia del pasto, la hierba comenzó a llamarme con ondulaciones suaves. Me tumbé sobre ella, sus fibras verdes revolotearon en mis dedos, se colaron por debajo de mi piel. Éramos uno, me enraicé a la tierra, sin presión, meciéndome. Una voz interna modulaba lentamente mis pensamientos. No podía dejar de repetírmelo: es la tierra, es la tierra... Las hebras ahora estaban debajo de mis parpados, esparciéndose por mis dedos, en mi flujo sanguíneo. Yo era la sangre de Cristo. Yo era su cuerpo, el pan infecto.
Entonces comencé a reír, no podía parar. Te ofreciste a llevarme a casa, la velocidad de la motocicleta convertía el aire en oxido nitroso que llenaba mis pulmones, me hacia flotar. El estallido aún duraba al llegar a casa, al escurrirme conteniendo la respiración para abrir la cerradura.
Las figuras desperdigadas por mi habitación movían los labios, me esforcé en escucharlas, sus labios continuaron moviéndose pero yo no pude oír nada, sus movimientos silenciosos me impedían dormir. Aún podía cerrar los ojos y sentir los filamentos de colores desnudándome, acariciando mis músculos. Seguía ahí, acurrucada, la alegría hincada en mi corazón.
Es la tierra, repetí una vez más.


orquidea psicopata

lunes, 9 de mayo de 2011

La búsqueda.


Celina tenía catorce años, coloreaba sus párpados de  azul intenso, para que no pensaran que pecaba de inocente. Tenía a cronos en su contra pero sólo necesitaba un poco de rímel y una expresión seria para disimular.
Llevaba siempre un bolso de tela a todas partes, a pesar del enfado de su madre, la acompañaba al parque, al colegio, al café. Abría la cremallera despacio y extraía de su interior un ejemplar de Rimbaud, una temporada en el infierno,  volvía a releer las páginas gastadas. Miraba de vez en cuando las manos de quienes pasaban a su lado, encontraba llaves, teléfonos móviles o algún reproductor de música pero nunca un objeto mágico.
Era temprano, había hecho novillos. Entonces la vio, ahí estaban los pantalones empolvados, los zapatos sucios. Siempre había pensado que sería un chico alto el que aparecería. Pero ahí estaba ella, sosteniendo el libro como una flor de loto. Camino hacía allí sacando pecho, conteniendo el aire, flotando. Su rostro se ilumino al leer el título de cerca, Baudelaire, las flores del mal aguardaban impacientes y fébriles, misteriosas, plagadas de albatros y de sombras.

sábado, 7 de mayo de 2011

Un poco de ácido




Dicen que la existencia pesa. Pero en este país en el que yo no era nadie, mi peso físico aumentaba cada día pues sobre mis hombres cargaba el peso de la inexistencia.
Represento la vida de los nadie, de los escritores latinoamericanos obsesionados con la revolución, de las mujeres latinoamericanas obsesionadas con el poder ser, pero ante todo represento un sudaca. Porque sólo existe Sudamérica. Porque nos dejan huérfanos. Porque nos privan de nuestra verdadera madre patria, faltos de Centroamérica, de Norteamérica meridional.
Soy un sin patria, un come mierda que vino a mejorar su vida, uno de los que huye de la suciedad sin darse cuenta de que la lleva pegada al cuello, la guarda debajo de las uñas.
Yo, una morena latinoamericana, el perfecto equivalente de una mujer caliente, de esas que dicen llevan integrado un brasero encendido entre las piernas.
Extirpan mis raíces con su desconocimiento, me mutilan sus ganas de no saber. Negando mis pirámides barren mi historia.
Mi orgullo me impide aceptar que yo no tengo nombre. Mi orgullo me hace desear, necesitar que intenten expiar su culpa ¿Cuál? Su conciencia histórica ha sido velada, pocas cenizas todavía permanecen calientes, pocas mentes todavía arden. ¿Queda algo de esa guerra celebrada en otro continente? En ese lugar saqueado, vaciado, quemado, sobreexplotado. ¿Qué queda en el vientre rajado de esa mujer manchada de sangre, de esa niña violentada, manchada?
Y aunque Paz diga que no hay nada peor que el ninguneo mexicano, para mí el peso no de ser ninguno, sino de ser un nadie es como el eco de una explosión, el eco de una masacre, resuello que en una galaxia lejana todavía no está extinto, y todavía duele.







Este texto no va dedicado a todos aquellos que me han abierto puertas, que me han tendido una mano amiga, aquellos que me han enseñado a comprender, con los que he compartido una sonrisa sincera, un abrazo fraterno.
Este texto nace de mi rabia ante la estupidez de aquellos que todavía, muchas veces sin darse cuenta, contribuyen a formar una sociedad segregada, ellos quienes desconocen la historia y sobre todo la niegan. Aquellos que todavía atizan esas heridas profundas que han causado la ignorancia, el ansia de supremacía y la diferencia de raza. Ellos, quienes son incapaces de compartir. Los imperialistas, los que creen en tratados de imposición ideológica, los que dicen adorar la libertad pero no hacen nada por cultivarla. Esos que se sienten orgullosos de su “patrimonio cultural”, de su gastronomía, de su riqueza, sin darse cuenta de que no sería tan rica sino se hubiera nutrido del ombligo de América, de Asia, del mundo.
Porque España nos hizo un regalo muy valioso, el lenguaje, este animal alado que amamos y labramos. Porque esta mi voz amarga podría nacer desde un africano, un árabe, un afroamericano, desde cualquier minoría racial, desde cualquier grupo que históricamente haya sido victima de un menosprecio étnico.
Porque todos somos productos de un sincretismo cultural. No al choque de culturas.



Los piratas no existen


Teodoro entra en la habitación, desenvaina. Un trozo de tela sucia cubre uno de sus parpados, su piel está cubierta por costras de sangre y lodo.
-Los piratas no existen- dice Adrian,  ahogándose a carcajadas.
Teodoro blande el arma, atraviesa la habitación cortando el aire, la espada de plástico se rompe al estrellarse contra el suelo.
Adrian ríe cada vez más alto, ríe cuando deposita una moneda entre esas manos, ríe de su nueva forma de altruismo.

orquidea psicopata

jueves, 28 de abril de 2011

Las malas lenguas

Dicen que México es un lugar peligroso. Los científicos dicen que nuestras piernas no están hechas para caminar. Dicen que Guatemala no existe. Yo solo escucho el ruido, sólo oigo en esta casa de locos. Imagino es aspecto de esa niña. A la madre la conozco, sé que se llama Martha, no es gorda sino más bien hinchada, siempre está ojerosa. Repite dos o tres veces cada una de sus frases: “hasta luego, hasta luego”,  como un eco. Su marido se llama Antonio, a él lo veo más a menudo, su sonrisa es retorcida y simiesca, sus ojos extraviados no producen compasión ni miedo. A la niña no la he visto nunca, sólo la oigo a mediodía,  a medianoche. Su llanto sobrenatural me recuerda la película cabeza borradora, su llanto no debiera llamarse de esa forma.
Es increíble que un pequeño ser humano pueda emitir esos chillidos. Viven con los cerrojos echados, con las persianas bajadas, sumidos en la absoluta oscuridad, no hablan, parecen no conocer un lenguaje articulado, sólo gritos. Parece que aman la distorsión.  ¿De que les sirve construir una fortaleza cuando la bestia  vive dentro?
Dicen que si alguien pasa muchos meses sin ver la luz se quedaría ciego, que un bebe moriría sin el calor que le proporciona cogerlo en brazos. Callan, omiten decir que México es el segundo país en producir más energía geotérmica, en aprovechar el calor de nuestra madre, no dicen sexto en potencial solar, no dicen sexto productor de crudo.
Yo sólo oigo deja de llorar, cálmate, te voy a dar una hostia, me voy a llevar a la niña, deja de gritar. Imagino la angustia, la sed, el frío, el miedo de la niña rota y acude también a mi garganta un grito, se queda ahí, acurrucado hasta que se apaga.
Su llanto dura horas pero nadie acude, nadie calma la enfermedad de la niña. Pienso que eso que sale de sus ojos debe llamarse odio, asco o rabia, pero no lágrimas. Dicen que Centroamérica no existe, no dicen segunda barrera de coral. Dicen que México es un lugar peligroso ¿pero no cuentan las enfermedades del alma?

Sonidos


Desde mi ventana
Veo pájaros,
Realmente no los veo
Pero los oigo,
Sé que están desnudos,
Sé que su canto se filtra
Quieto, salobre, estático,
Desde la ventana.

Imagino su canto
Emergiendo hacia la luz,
Imagino sus alas rojas
Batiéndose despacio,
Sus picos abiertos
Para cantarme una canción de cuna,
Para darme agua.

A veces se tornan oscuros
Dentro de mis sueños
Y les temo a pesar de
 Que sepa que son frágiles.

Mi voz a veces también me asusta,
Ella también lastima y duele
Aunque se quiebre con el viento,
Aunque se escurra como
Los mirlos que cantan,
Desde mi ventana.

orquidea psicopata

Manos

Sandra significa protectora. En mi antebrazo viven 44 especies de parásitos. El 1% de mi peso esta formado por bacterias. Sandra se coloca los guantes. Sabe que debe ser rápida, implacable, no puede permitir ningún roce ocasional, los intrusos podrían traspasar la barrera de látex.
No es suficiente con cambiar las sábanas, necesitan un casero para vivir, nosotros los albergamos, 10 veces más células bacteriales que humanas habitan nuestro cuerpo. No es suficiente con lavarme los dientes 5 veces al día. Debo combatir los estafilococos, la psoriasis, huir de los huevos de anquilostoma. Le resulta difícil encontrar trabajo, la frutería es una buena opción, la manipulación de suministros se ha vuelto delicada, ahora no extraña a nadie la utilización de guantes, por eso prefiere las frutas. Algunos clientes la llaman paranoica, xenófoba, dicen delirio de persecución. La lucha no esta fuera sino dentro contra los eccemas, las escamas, la queratosis. 500,000 especies de ácaros, arácnidos que se acumulan en nuestra casa, miles, millones, costras de piel muerta. Incluso las cucarachas se limpian al tocarnos. Tiene los ojos llenos de venas rojas, a esa hora del día es más difícil contener las arcadas, aunque le pese hay algo en ella de la chica solitaria que solo quiere proteger su espacio. Se coloca los guantes. Comienza otro día de trabajo. 186 especies viviendo en esta selva, las siento roerme, están listas para aniquilarme. Sólo veo manos, sólo manos que portan millones de ellas, intento esquivarlas, persisten, siempre, siempre están aquí. 

orquidea psicopata

martes, 29 de marzo de 2011

La pared


Pero solo era fantasía. La pared era muy alta como vez, no importara lo que intentara no podía ser libre y los gusanos carcomían su cerebro.
Repite el estribillo, su cabeza esta a punto de estallar. El tequila sienta bien en su garganta reseca. Mariana aún duerme.

Luís.
Odio tener que despertar  todos los días antes que ella. Antes disfrutaba viéndola mientras dormía. Saboreaba el calor que a esa hora aun no es sofocante, el rumor lejano de las olas, de las primeras voces, el ambiente arenoso de la costa. Ahora todo va tiñéndose con el color de la rutina. Ella esta ahí, de espaldas, pequeñas marcas rojas se distingue en la carne morena de sus nalgas. Huellas del pasado imposibles de borrar. Somos presa del tiempo. Me duele saber que he llegado tarde a su vida, cundo ya todo estaba impregnado de manchas. Me pregunto si yo soy una cicatriz más, o si mi llegada ha sido tan suave,  tan lenta, tan imperceptible que podría disolverse  en cualquier momento  de la misma forma,  tenue y sin dejar rastros. ¿Merezco ser algo que perdure en ella? Que las marcas de este animal amargo perforen su cuerpo y su mente. ¿Debo dejar los vestigios de mis dientes sobre su cuello y absorber su sangre, si no puedo ofrecerle la redención?
Recuerdo el primer día que la vi. Su cabello ondulado rozaba sus hombros, enredado por el viento. Su camiseta rosa, ajustada, sutilmente traslucía sus pezones. Parecía feliz, tan viva. Casi me molesto su naturalidad. Pensé que el aire que respiraba debía ser otro, menos seco y mas tibio. Me preguntó si podía sentarse y pidió un café. Vi sus ojos profundos como pozos. Ahora, después de haberme hundido en ellos, sé que son pozos vacíos. Había algo en ella  que no podía ocultarse. Entonces pensé que la había juzgado a la ligera. No debía ser tan superficial como me  pareció al principio. Le dije:
-Dos personas solitarias no quieren dejar de estarlo- sonrió
 –Sí, la maldita soledad sin uno mismo, dice Sabines- me dijo.
-La soledad también puede ser una llama- respondí.
Y comenzó a hablarme de Benedetti, de la película de Eliseo Subiela. Me propuse no hablarle de la nausea, no mostrar de golpe la podredumbre que brota de dentro hacia fuera. Pensé que era joven, seria fácil conquistarla si no hablaba de más. La llama creció. Le pedí su teléfono, luego la invite a tomar algo. La bese. Después de unos tequilas me descubrí pegado a ella en el pasillo, mordiéndole el cuello, metiendo mis manos por debajo de su falda y apretándole las nalgas, me susurraba que no lo hiciera, que podían mirarnos, pero sonreía traviesa. La tome de la mano y la conduje al baño. No le importo que 3 tipos la miraran entrar. Hubiera querido que fuese eterno. Pensé que no volvería a verla. La invite a comer a mi casa el fin de semana. Anoté la dirección. No creí que llegara.
La comida se enfrió, mientras la desnudaba sobre el sofá, note las marcas rojas que tenia en los brazos, en los pechos y en las nalgas. Me dijo que había tenido una relación extraña. Le gustaba que él le hiciera ciertas cosas. Después de un tiempo de seguirnos viendo me hablo de él. Menciono su nombre solo una vez. Me hablo sobre los cuchillos y las cuerdas, sobre estar atada y con los ojos tapados, sobre las sensaciones. Sé que no fue ella quien decidió dejarlo. Creo que todavía lo extraña. Habla de él un resabio de tristeza, creo que extraña lo que él podía darle y yo no. Sabe que se ha convertido en  mi única obsesión, ella esta obsesionada con el dolor. Solo una vez la vi cortarse, se levanto de madrugada después de haber hecho el amor. Pensó que  estaba dormido. Tomo algo del último cajón. Sus facciones se tensaron cundo apareció el primer surco rojo. Su expresión delataba un doloroso placer, pensé que debía sufrir la misma abstinencia que un adicto, sin su dosis necesaria. Gimió despacio. Lamió las gotas de sangre que escurrían por sus brazos. Se puso el pijama y se acostó de nuevo. La abrace.  La Abrace muy fuerte. Comenzó a llorar. Ahora, mucho tiempo después. Ella aun esta aquí, en la misma posición fetal. Junto a mí. ¿Para que diablos puede servirle mi ternura?


Mariana.
Si pudiera dar un salto delante de esta telaraña que me aprisiona. Amanece. Recuerdo esas palabras agrias, dulces, paladeo cada letra y la mirada de sal. Pienso en Anaïs, en la profundidad de esos ojos, pupilas en las que parece que podrías ahogarte, sus ojos no eran pozos vacíos, estaban llenos de musgo, de helechos, de ranas, de agua. Llenos del terror que evoca la luz. De misterio producido por la oscuridad de la vida. Mis ojos van perdiendo el brillo, todo se hunde, lento bajo la vacuidad. El reposo, la tranquilidad, el cálido vacío. Los rayos de sol entran por la ventana. Sé que el esta de pie, que me mira. Espera  a que tenga los ojos abiertos para darme los buenos días. Espera que sonría, que prepare café y huevos como siempre. Pero yo cierro los ojos. Me cuesta asimilar la luz. Cuesta darse cuenta de que he despertado otra vez. Que hay que empezar de nuevo la rutina. El cansancio que me provoca el sinsentido de esta búsqueda. El infierno es un lugar solitario. Nadie más conoce el sufrimiento que produce rozar de nuevo las sabanas blancas, que envuelven mi cuerpo como una mortaja. Si, el infierno debe ser blanco, como la ausencia, el vacío, todo, lo inmenso, la nada.
Este “despertar” cada día se parece mas a la muerte. Cuando aún estoy quieta y con los ojos cerrados es el único momento en que  creo que de verdad estoy despierta. Algo me devora, estoy anestesiada el resto del día. Por la noche apenas puedo recordar lo que he hecho. Solo en sueños muestro mi verdadero rostro. Todas son mascaras rotas, rostros fragmentados que no me desfiguran, sirven para cubrir la verdadera podredumbre que me corroe. Me miro con los ojos cerrados. La única forma que lo hace soportable. Pienso en mi carne flácida. Un cuerpo, blanco, blando, desparramado sobre la cama. Una masa que apenas siente. La orquídea seca y usada, esparcida sobre la tierra para uso y redención, la puta que robo los poemas de Bukowski. Él me ha visto hacerlo, no podría entender lo mucho que me gusta, no entendería porque mis piernas tiemblan y siento ganas de gritar, no entendería que es mucho más placentero que cualquier otra cosa. Recuerdo haberle preguntado, hace tiempo – ¿si te dijera que el dolor me excita, podrías proporcionármelo?– No respondió, sus ojos se humedecieron, algo se rompió dentro de mí en ese momento. No comprendía. Era un mentiroso. Un poeta. Hundido en la tragedia, en una tristeza que sufre pero no disfruta ¿de qué puede servirme su ternura? Por alguna razón decidí quedarme, embarrada, varada en la nada o en la nausea. Con este cuerpo insulso. Malsano como las palabras. Si, más insulsas aun que la propia carne. Seguí hurgando en Miller y en Sartre, en Nietzsche. Pero solo encontré al bufón. El espejo farsante, el único donde podía reflejarme. Descubrí que esa es la única persona que puede hacerme real. Sus besos hacen sufrir más que las navajas a veces no puedo respirar cerca de él. Su aire me asfixia.  Me da asco. No le quiero, pero debo permanecer aquí. Debo levantarme, sonreír, darle un beso de buenos días, preparar café, decirle que lo quiero antes de que salga. Es precioso crear heridas. Las cicatrices son las marcas que me hacen saber que mi corazón sigue latiendo. El dolor es en un medio que no debe suprimirse, debe servir para llegar al clímax. Estas heridas son más hondas pero no dejan marcas, ya no hay manchas oscuras, llagas frescas sobre mi piel. Es preciso, hay que hacer algo para poder seguir sufriendo. La respuesta es la vida. Me levanto y sonrió.

orquidea psicopata