domingo, 28 de mayo de 2017

Sólo puedo correrme cuando estoy arriba



28 de abril

Hace tiempo que Eduardo sugirió que comenzara con un diario, pero me daba pereza. La semana pasada acompañé a Marina a una conferencia en la UNITIERRA, el lugar es una pasada, tienen un proyecto de escuela integral con huerto y granja. Nos repartieron pan casero delicioso, además valió la pena porque nunca había visto al Subco de cerca. No es que esté tan al tanto del EZ,  supe de su cambio de Delegado Cero a Comandante Galeano y sigo las noticias de La Sexta por internet, pero poco más que eso. Pero quién no se enamoraría de las palabras de ese hombre. El discurso que leyó estaba narrado a través del diario de un tal Gato-Perro. La idea me animó un poco, además, me hizo ruido el cambio del masculino al femenino, sobra decir que hablar de los diarios de una tal Gata- Perra no me remite al mismo significado. Hace un par de días leí en el feis, que la RAE reconoce más de 100 maneras de llamar puta indirectamente a las mujeres, gata y perra también figuran en la lista; venga coño y dicen que el lenguaje no refleja al sistema patriarcal.

Tus pechos se mostraban deliciosos, tenías frío, me lo dijeron tus tetas duras; me acerqué despacio a tomar tus pezones con la boca, los chupé, los mordisqueé, los lamí. Daniela, tus pechos rebotaban mientras ese hombre moreno te embestía por detrás; tus pechos eran dulces. Tu sudor era dulce y ácido, perlaba tu piel mientras él te penetraba. Me encantaba mirar la polla entrando y saliendo de tu pequeño sexo húmedo. Por un momento el miembro se detuvo, y el hombre que te hacía retorcerte, me tomó de la cintura y me penetró despacio. Tu sabor era lo único que me apetecía probar, tu saliva dulce, mientras su falo grueso, rígido y palpitante me penetraba poco a poco.
2 de mayo

El resto de la semana, Daniela me invitó para tomar fotos del evento, le agradecí la invitación, Dani, sabe que he vuelto a la terapia y que aprovecho cualquier salida para distraerme. El encuentro estuvo interesante, me enteré un poco, a pesar de estar liada con la cámara. Los ponentes comparaban al sistema capitalista y heteropatriarcal con una hidra de siete cabezas, devorándonos. Hablaron de un largo proceso de decadencia y de una crisis inminente. Salí un poco paranoica.

Otra vez gritabas por la calle, te  dejó de nuevo el camión de la basura. Tenías puesto un negligé rojo, semitransparente, tu pelo, castaño y lacio,  escurría sobre el escote amplio que mostraba de sobra la firmeza de los pechos. Me ofrecí a  ayudarte de regreso con la basura. Tu puerta estaba abierta, me invitaste a tomar un café. Yo llevaba un vestido corto, morado; justo al entrar, me alzaste la falda y bromeaste sobre mis bragas de color blanco, me acariciaste las piernas. El tipo que salió de tu habitación parecía un zombi, aunque tal vez sólo seguía borracho.  Se dirigió directo a ti y comenzó a besarte, a chuparte los labios, el cuello, te besaba la vulva como una fruta, te lamió un largo rato. Ana, parecías ser una fuente donde se saciaba, absorbía tus jugos, como a un melocotón maduro, sorbía con la lengua buscando tu semilla. Por fin te penetró sobre la mesa. Me quedé  inmóvil todo el tiempo, me sonreíste cuando me paré y cerré la puerta, creo que el tipo, ni siquiera entonces, se dio cuenta de que yo estaba en la misma habitación. Me fui corriendo a casa, empapada

13 de mayo

Al regresar a casa vi a los niños de la primaria cercana,  los uniformes grises y de rallas contrastaban con las lascivas sonrisas de sus rostros. Uno de ellos, tendría 12 años, tomó a una niña de los hombros, supongo que se trataba de su hermana, la empujó hacia el otro lado de la calle y le gritó: “¡te dije que tú vas por allí!”; la niña, de  unos seis años, se fue gimoteando y arrastrando los pies, justo por donde él le dijo. En mis tiempos, no se llamaba bullying, se llamaba: ¡mamá, fulanito me pegó, me insultó, me empujó, me escupió, me gritó!  En mi realidad, se llama Michel Foucault explicando como las relaciones de poder penetran en los cuerpos; el poder no nos deja permanecer pasivos, el poder nos obliga a reproducir la sonrisa malévola que brota en la cara de ese niño cuando empuja a su hermana y le dice exactamente hacia dónde dirigirse. El poder inmiscuyéndose en todas las formas de relacionarnos; marcando nuestra relación con el mundo, mi relación con la naturaleza.  Sólo puedo correrme cuando estoy arriba. ¿Qué dice de eso el psicoanálisis? Yo podría dar una explicación acerca de la posición de mi pelvis y la postura del pene, podría contar que de otra manera no se estimula igual el clítoris, decir que los movimientos no se ejecutan con la misma profundidad, pero ¿qué diría un experto acerca de mi necesidad de manejar la situación? No sé si reconocería que, como buena gata-perra, necesito marcar una situación de jerarquía.

12 de junio

Martha está recién parida, su hija nació hace una semana, apenas hace dos días se quitó la faja que su hermana le puso. La vi el sábado, llevaba una falda corta y una blusa que se amarraba por detrás, tenía la mirada vidriosa y unas bragas color carne, caminaba enseñándoselas a todo el mundo.  Eran las diez de la mañana, en la esquina del mercado había una camioneta blanca. Tres chicos rubios ofrecieron llevarnos a tomar algo para el “descrude”, fuimos a un garaje bastante cerca. Al poco rato, llevaba la blusa desanudada, traía las tetas al aire y se frotaba  contra nosotros rogándonos por que se las tocáramos; refregaste tus pechos en mis manos, intenté calmarte, pero todo sucedía demasiado rápido ¿de dónde sacaron el antifaz negro? ni siquiera te quitaron las bragas, las hicieron a un lado y después de lamerte los pechos, te penetraron por turnos, uno detrás del otro, ¿en qué momento comenzaron a grabarte con sus teléfonos móviles? ¿Cuándo empezaste a gemir como una loca? Parecías tremendamente húmeda, ¿de verdad no te dolía soportar un miembro tras otro? Y  a pesar de que girabas la cabeza de un lado a otro, apenas movías el resto de tu cuerpo; arremetieron contra ti, o mejor dicho, contra tu cuerpo que parecía abandonado.  Toda tú rebotabas como un títere, tus pechos, tus nalgas, tus muslos. ¿Cuándo me escabullí hacía la puerta? Ni siquiera se dieron cuenta. Sabes cuántas denuncias de extranjeras hay por violación; cerca de Santo lo mismo y en el barrio del Cerrito. Sigo buscando en internet un video donde encuentre tu cara (ya busqué en: teens/ latinas/ morenas/ orgías/ videos caseros). Martha, recuerdo demasiados detalles sórdidos, ojalá hubiese sido un sueño.
20 de junio

Sabes que llevo tiempo queriendo ir al psiquiatra, los psicólogos no sirven, los psicólogos ejercen su poder sobre nosotros, permanecen en el escalón más alto, se niegan a endulzarnos los oídos con palabras, demasiado valiosas para derramarlas. Sabes que la tentación más grande son las pastas, las pastillas: litio, valium, diazepam, cualquier cosa que pueda recetarme, cualquier cosa que me haga olvidar los sueños. Hace tanto que no paso una larga noche de diazepam.
Hace ya casi seis años que me fui de Salamanca, pero fue hace poco más de un año cuando comencé a tener los sueños: primero soñé que plantaba un árbol con raíces encogidas. Podía sentir todas las noches, como si yo fuese el árbol mismo, que sus raíces no tocaban tierra.
Eduardo me pidió que interpretara lo que el árbol representaba, le dije que sentía que era una espera continua, interminable, era lo más parecido que puedo imaginarme al infierno.
-       ¿No crees que el árbol es un símbolo de culpa?
-¿Culpa? Venga, Lalo, no me jodas, no puedo seguir pagándote un dineral por escucharme. Intenta ser un poquito más propositivo.
La verdad es que nunca le hablé sobre los otros sueños, ni insinué a qué clase de espera me refería. Me masturbé infinitas veces pensando en Lalo, pero él era una persona tan correcta, tan profesional, tan adecuada para su estilizada novia.
Algunas cosas sí tuve que contárselas, pero ni a tu psicólogo puedes contarle todo, no podía arriesgarme a que pensara que estaba loca. Sabía del enorme trauma que he sentido siempre: esa  imposibilidad de gustar, el miedo enorme a mostrarme desnuda, mi deseo terco por permanecer vestida hasta el final, mi negación a quitarme el sujetador, sabía que no me gustan mis pezones. Hasta cierto punto, Eduardo conocía mis relaciones insatisfactorias y supongo que infería que casi nunca me iba a dormir sexualmente satisfecha.
La verdad es que es un círculo vicioso, tengo pareja porque no puedo permanecer sola; sabes que me cuesta levantarme de la cama, tenderla, peinarme, darme una ducha; todo se convierte en una batalla casi imposible de librar. Cada vez que conozco a alguien paso algunos estupendos meses de folladera loca, después las cosas se enfrían, y el sexo comienza a espaciarse, una vez a la semana, cada quince días… la rutina, el trabajo, una vez al mes, hasta llevarme a la locura insoportable de varios meses y entonces los sueños aparecen.
Los personajes aparecen de la forma más extraña, muchas veces se trata de alguien con  quien me cruzo durante el día, alguien que vi en el transporte o en la oficina, de quien de  forma consciente nunca me acordaría; se aparece en mis sueños, desnudo, con un tremendo miembro o con unos pechos hermosos, casi siempre enormes. También se me aparecen amigos, los compañeros más insulsos de trabajo, actrices porno y  algunas veces,  personas imaginarias, preciosas barbies plásticas, acompañadas por tipos duros.
A Lalo lo invocaba antes de dormir, veía su delicioso color dorado, en contraste con los ojos claros; su  acento extranjero y  la piel tostada me invitaban a mordisquearlo como a un chocolate oscuro. Incluso soñé algunas veces con su novia, una colombiana preciosa que destacaba por su altura, era incluso más flaca que él, casi escuálida y de piernas largas.

Cuando abrí la puerta del estudio, lo vi de espaldas, tenía unas nalgas parecidas a las de un ex novio, redondas y apretadas, se movían a un ritmo sincopado. Ella estaba sentada sobre mi escritorio, tenía una tanga roja, diminuta, enredada en los tobillos; su tono bronceado me hizo recordar a Eduardo, desearlo una vez más. Avancé unos cuantos pasos, quizás no me habían escuchado entrar, vi que su rostro estaba oculto tras una pequeña máscara, tal vez se trataba de él. Sobre la mesa había un antifaz de plumas, me lo puse y me acerqué otro poco. Esos pezones gordos y oscuros sólo podían ser de Mónica, ella sonrió un poco y él se detuvo, pude ver su miembro venoso y flaco, ella se dio la vuelta, se recargó sobre el escritorio y me sonrió, apenas veía su rostro, me senté sobre la mesa durante un rato, me acerqué a lamer sus humedades, el dulce coño de Mónica, su vello suave, los duros cojones de Eduardo, su polla palpitante. Luego me acomodé sobre la mesa, ellos siguieron con lo suyo, pero Moni me lamió hasta correrme, mientras los dedos de Lalo resbalaban y se metían en mi coño.

28 de junio

Mi relación con Eduardo no podía salir bien, por eso decidí terminar con la terapia; a él tampoco le contaba de mis noches de Lady Chatterley, refregándome contra las sábanas, mientras mi pareja en turno, suspiraba profundamente a mi lado desde su quinto sueño.
¿La psiquiatría reconoce algo parecido a una ninfomanía onírica? Temo volverme una actriz porno, está claro que las ganas no me faltan, pero seguramente sí el potencial; no tengo unos labios voluptuosos, mis caderas apenas pueden llamarse anchas, mejor ni hablemos de los pechos, sabes que hago lo imposible por permanecer con sujetador, sabes que me veo al espejo y comparo mi asimetría dolorosa. Tal vez por eso en los sueños, los pechos son un tema recurrente, tal vez por eso me gusta tanto verlos rebotar, mordisquearlos y lamerlos despacito.
Sabes que platicarte esto a ti, el diario de una gata loca, es parte de la terapia. Necesito desahogarme, me duele amanecer con el cuerpo adolorido, roto. Sabes que hasta me da miedo emborracharme por lo que pueda salir de mi boca. Tú sabes que he tenido los pensamientos más absurdos: yo, Marianita, follando en otra realidad, desdoblando mi cuerpo hasta que soy más yo, más libre, más Mariana, donde lo puta no sólo me sale de la lengua sino del coño y del alma. ¿Tú piensas que tengo alma? Tú no puedes pensar que sea una puta desalmada. Las ojeras se vuelven cada vez más grandes, casi tanto como las ganas. ¿Piensas que se me ha puesto cara de puta, que la gente lee en mi rostro todos los pensamientos sucios; que en mi frente se leen las escenas de los sueños, las más dulces, las más sucias?

6 de agosto

La terapia funciona de maravilla, Daniela está feliz, parece mucho más estable después de la terapia, Ana también me la recomendó mucho. Me dijeron que agarrara la onda, no está chido vivir en este siglo y aspirar a meterme pastas para poder dormir. Lo de hoy es la terapia alternativa, la medicina maya, naturista, homeópata… Por una vez les hice caso y parece que mi deseo frustrado de acercarme a la psiquiatría, resultó fructífero.
Claudia es una mujer madura, va de pelirroja, es bajita y menuda, tiene sólo la redondez justa en las mejillas, en la cadera, en los muslos. Me pide que me relaje, pone sonidos ambientales y usa incienso de manzana y mango, nunca tiene prisa por terminar. Me pide invocar los sueños, me pide abrirme como un torrente, acercarme a la imaginación y a los deseos, alejarme del remordimiento.  El masaje de útero es sumamente relajante, y no, no genera culpa.



 Fotografías de la web

orquidea psicopata

El puente, una noche de hospital


El puente,
una noche de hospital

Tantos proyectos falsos, tanta acumulación de porquería fecal. Y la  vocecita que me dice a gritos: te juro que no vas a salir de ésta. Voy a morirme envenenada como un gato, o a cortarme las venas en  el baño, donde todo es más fácil de limpiar. Cuando me muera nadie va a decir: ¡qué buena era!, dirán: no tuvo dinero para comprarse un arma, ni los huevos para pegarse un tiro. Cuando muera, cuando me muera. Cuando me vaya reventada como una llanta, llena de heridas de estilete,  llenita de picotazos, pinchada, desbaratada, igualita a  un queso gruyere. Cuando me largue nadie dirá nada. Mamá es fuerte y puede sobrevivir a esto.  Nadie me extrañará, ni siquiera ella, nunca hemos estado realmente juntas. Estoy más sola que la luna. Mi cuerpo pesa. Mis oídos parecen a punto de estallar, el espejo, el cuchillo, y la voz sardónica diciendo: ya te digo que de ésta no sales, reina.

Llegar, llegar y parecía que no llegaba, sus piernas eran como de atole. Las luces de los carros la  obligaban a entrecerrar los ojos, le ardía  la cara restirada bajo la costra de lágrimas y mocos. En qué momento empezó a sentir este miedo irracional. Salió a la calle sin pensar en nada, buscó a tientas sobre el tocador, tomó las llaves y una moneda de diez pesos, que resplandecía en el bolsillo de su pantalón, representaba un viaje entre la vida y la muerte.
No recuerda qué pensaba al parar el taxi,  lo hizo de pronto, impulsivamente, cuando sintió que no llegaba. Por un momento, pensó que el coche iba a arrollarla cuando se paró bruscamente justo a su lado. Tampoco supo  qué pensó el taxista durante el trayecto, o por qué levantó a esa niña pálida y llorona. ¿Se imaginó que podía morirse en el camino? De seguro tenía miedo de que vomitara, de que  manchara los sillones.

Voy a morir envenenada, atascada, hinchada de matarratas, aniquilada por una dosis de seconal; la muerte por barbitúrico es la despedida más digna a mi alcance; si tuviera una bañera para cortarme las venas despacito, e irme quedando dormida sobre los pétalos y el agua… Jaja, dos tambos, dos cubetas, no producirían el mismo efecto ¿o sí?
Parece que las palabras sobran en situaciones así. Qué podría decirle a mis amigos, ¿Cuáles? Aquí adentro sólo tengo complejos, culpas, y miedos para repartir.  A mis amantes, ja qué chistosa,  un adiós a mi dedo índice y al perfume de mi carne flácida.

El recorrido fue breve, como un camino de luces; sólo podía  ver destellos estridentes lastimándole los ojos.  Le dio la dirección y le dijo que pagaría al llegar. Ni siquiera le entregó los diez pesos, el tesoro siguió brillando secretamente desde su bolsillo. Tenía la lengua pesada y pastosa. Al bajar, corrió con todas sus fuerzas y tocó, como si en ello se le fuera la vida. Había luz en la planta alta, desde la calle vio las cortinas rojas, lanzó un par de piedras hacia el balcón y esperó durante unos minutos que le parecieron eternos. Cuando él abrió la puerta, le pidió el dinero restante para el taxi. El claxon sonaba incesantemente. Pero el taxista no tocó a la puerta.
Los minutos pasaban mientras él pedía más explicaciones, qué tienes, cuántas pastillas te tomaste, de qué eran.  Había tomado demasiadas, pero probablemente pocas mortales; cuando las tomó confiaba en que el diazepam pudiera matarla, confiaba en que ésas veinte fueran suficientes, creía que la amoxicilina le provocaría una tremenda reacción alérgica, de esas también fueron veinte. Tragó y tragó, hasta que las pastillas se atoraron y dejaron de bajar por su garganta, el resto era lo que había en el botiquín, analgésicos  y poco más. De repente, él reaccionó y buscó dinero, salió corriendo, pero el taxi ya se había marchado.

Mi abuelo también podrá vivir con eso; en realidad, no creo que le importe, la mayoría del tiempo ni siquiera se da cuenta de que estoy aquí, podrá sustituirme fácilmente por una botella de cola y su dosis diaria de televisión.

Le dijo que tenía que vomitar, que debía sacar todas las pastillas. Preparó una soda con bicarbonato, que al principio no funcionó. Ella siguió  llorando y repetía continuamente que tenía miedo. La envolvió en una sábana blanca, como un sudario,  y le apretó un poco el estómago hasta que el gas hizo efecto, y  vomitó una pasta blanca, lechosa, con tonos azules. Se había tomado las pastillas casi sin agua, sólo con un poco de caña, tenía el estómago lleno de excipiente. Luego tuvo frío y comenzó a temblar, se sintió envuelta en una mortaja, vio  su cara borrosa, y ya no supo si era por las lágrimas o el efecto que le habían provocado las pastillas. Tenía mucho sueño, un sueño pesado que le estiraba la lengua y los párpados, pero él no dejó que se durmiera hasta que llamó  su madre y llegaron a recogerla.
Primero la llevaron al psicólogo, así, como estaba, se sentía deprimida y completamente borracha, tenía un mareo que le picaba las sienes, un tremendo ardor de ojos; mientras tanto desde ahí llamaron al consultorio, todos preguntaban si ya había vomitado, lo preguntaban continuamente, insistentemente. Al llegar al hospital, el médico se burló un poco; le preguntó si su novio la había dejado, mientras recetaba un lavado de estómago y un suero para restablecerla durante la noche. El goteo del suero fue lo último que vio, se sumergió en un sueño pesado, profundo, igual que en esas noches de pesadilla.

Mami, confío en que podrás sobrellevarlo, te echaré en falta como seguramente tú me extrañarás. Ana, como siempre, salió tarde del trabajo, tardó un par de horas en darse cuenta de que en la habitación contigua, no había luz, ni ruido. Lo siento, sabes que esto es lo mejor para las dos. Las batallas no siempre tienen que ganarse, ni siquiera tienen que pelearse, no soy lo suficientemente fuerte. Quiero que me cremes y que me tires por la taza del váter, sé que te sentirás tentada a quedarte con las cenizas, pero por favor no las guardes.
Tomó la llave y entró, se encontró con las cajas vacías y con la libreta llena de garabatos. Sabes que los suicidas no nos merecemos nada, ni siquiera conmiseración; no gastes ni un centavo en una misa, sabes que ningún señor me concederá el descanso eterno y que para mí no lucirá la luz perpetua. En mí no brilla ninguna luz. Buscó el celular e, intentando mantener la cabeza fría, recorrió todos los números  registrados, hasta que dio con ella. Me siento como el limonero del patio, enferma, marchita y triste. La mantuvo tomada de la mano toda la noche. El suero le producía un efecto parecido al de una descarga eléctrica, ardía un poco, pero el hormigueo la reconfortaba. Madre, no me pienses, siento tanto  haberte jodido este pedazo de vida, no quiero seguir jodiéndolo todo a mi paso,  estarás mejor sin mí. Permaneció en esa incómoda silla, mientras sus dedos se volvían cada vez más delgados, la ataban con fuerza, su mano era un cordón umbilical. Estuvo sin soltarla durante toda la noche, parecía transmitirle energía líquida, su mano emitía pequeñas descargas. Mi cuerpo pesa, los ojos arden, mi boca seca. Quema toda la ropa (egoísta hasta en eso). Tira los discos a la basura y regala todos los libros, y por favor no me llores. ¿Aún sigo siendo la misma persona? esta imagen resulta desalentadora. Las cosas fáciles  se han terminado para mí, imposible encontrarlas en la tibieza de este líquido que me envuelve confortablemente.
Aquí no hay un hueco, en este sitio sólo hay agua y pensamientos grises.
No tengo flores sobre mi cabeza. Formo parte del disfraz, del decorado, es la cáscara de un plátano vacío. Es la vida que se me escurre de las manos, en el espejo frente al grifo y no sé si quiero sujetarla.
¿Por qué la muerte también tiene que ser triste?  esa mano fue el puente que la mantuvo unida a la vida.






Fotografía de la web


orquidea psicopata

Mara




Mariana se dirige hacia la tienda. Habitualmente olvida comprar suficiente leche, podría olvidársele cualquier otra cosa, sin embargo, olvida anotar justo eso en la lista de la compra. Después  de trabajar durante doce horas y de estar parada por lo menos diez en la tienda de ropa;  de ocho de la mañana a ocho de la noche,  de lunes a viernes, la última cosa que le apetece el sábado temprano es salir  comprar leche para el desayuno.
Mara arrastra los pies dos cuadras y gira a la izquierda. Entra a la tienda, mecánicamente abre la puerta del frigorífico, reniega mentalmente por cada peso y centavo de más que debe pagar al comprar las cosas en esta tienda; está convencida de que si recordara todo al anotar la lista del supermercado, se ahorraría varios miles al año. Coloca con desgana las monedas sobre el mostrador y agacha la cabeza, sintiendo otra vez la mirada insistente de la dependienta; debe ser sólo unos años menor, pero cómo puede ser tan infantil ¿sus padres no le enseñaron que ver fijamente es de mala educación? sus padres seguramente la enviaron hasta la preparatoria, pero parece que no le ha servido de mucho; terminó como la mayoría de las chicas de su edad, haciendo turnos interminables en una franquicia como esta. Maquinalmente da las gracias, y se maldice por hacerlo, pero se siente aún más incómoda cuando no lo hace, a pesar de soportar la persistente mirada de la chica.
Mariana es flaca como una vara, se parece a Betsi Gibbons, su cabello revuelto y de colores se le desparrama por la nuca, cayendo como cascada, de la improvisada cola de caballo. Siempre se viste igual los fines de semana, usa su camiseta favorita, tiene la cara de Pattie Smith dibujada en la espalda, es tan vieja que se transparenta un poco, ¿de veras es tan raro que no use sujetador?
Nada más abrir la puerta se encuentra con un par de sobres, antes de recogerlos ya sabe de qué se tratan, uno es su estado de cuenta, aun sin abrirlo puede ver la gráfica de pastel en color rojo, mostrando el porcentaje de crecimiento del 0.1% de sus miserables ahorros. La otra es una postal de color verde que dice en la portada: Vive el momento presente porque tu futuro siempre depende de él, al reverso, con una pésima caligrafía, dice: Que Dios te bendiga siempre. Papá.
Mara coloca la postal sobre la mesa, recargada en la caja de cereal, como su interlocutora, y saborea una a una las palabras, paladea aquellas cosas que le hubiera gustado responder. Un discurso que parece saberse de memoria, una recapitulación de agravios.

Mi nombre es la primera cosa irónica que apareció en mi vida. Mi padre esperaba tener un niño y ponerle Mario, por el abuelo. Mi madre, desde que supo que yo sería niña, insistió en llamarme María, por suerte no pudo negociarlo.
Pero ella, tonta, insistió durante mi infancia, y a pesar de no haber logrado su propósito, me llamaba Mary de cariño. Por qué los nombres tienen diminutivos; por qué no se ahorran el esfuerzo al escribir el nombre en el acta de nacimiento en vez de ahorrarse el esfuerzo cada vez que hacen una contracción verbal. Me revienta los tímpanos la creciente tendencia de acortar siempre las palabras: “pásame el celu”, “obi te quiero” y demás estupideces similares.
Me dicen Mara, como un oscuro personaje bíblico, no como Salomé o Lilith, sino como la mujer víctima. Soy la queja de la plañidera que llora mientras dice “que Dios la ha llenado de amargura”. Mara como el personaje de la Crucifixión Rosada, esa trilogía de Henry Miller. Como un demonio tercermundista.
Mira el anillo que cuelga de mi nariz, los aros que cuelgan de mis cejas, uno, dos, tres, cuatro; mira mis pantalones rotos, el gancho que sale de mi mejilla izquierda, la cadena que nace de la oreja y se conecta con el piercing al lado de la boca. Mira la tinta azul que adorna mis pantorrillas y mis brazos, mi pelo de colores; mírame, siéntete en confianza, la gente lo hace todo el tiempo.
Mi vida está a menudo rodeada de pretensiones. Supongo que esto le ocurre a todo el mundo, al mundo no, a la gente, la pretensión más seria es el lenguaje, y bien, ahora pretendo enumerar, contarte algunas de las situaciones más vergonzosas que  han ocurrido en mi vida. Iba a decir embarazosas ¿te das cuenta de las trampas que  nos colocamos?
Creo que todas estas cosas que pensaba platicarte, irremediablemente se relacionan con una situación que no elegí, pero que obviamente ha marcado gran parte de mi vida. A menudo me digo: primero soy persona, después soy individuo y luego soy mujer ¿Qué diría el feminismo de la interseccionalidad? Porque personas como tú dicen querer a sus hijas aunque sean niñas,  son los mismos mochos que a mí me dicen puta y a él lo llaman macho. 
Ser mujer, es la segunda cosa irónica, ridícula, ser la víctima, la que debe ser, la casta, sumisa, servicial, la bonita, la virgen, la fértil, la que tiene ese deseo maternal alumbrándole la vida. La que sólo tiene eso. La que está loca si no entra en el canon de la maternidad, si no busca reproducir uno a uno los errores, los traumas y los miedos, en un niño, en un nuevo reflejo de la ausencia, en una figura invertida.
Te acuerdas que mamá era como un fantasma.  Volvió a trabajar cuando yo tenía cinco años, esto coincidió con mi entrada a la primaria, para entonces ya dormía en mi propia cama, ya era una niña grande,  aunque de veras me sentía pequeña y frágil. Odiaba que  ya no me preparara el desayuno, que no me peinara, ni me ayudase a abrocharme la chaqueta, que no me llevara hasta el salón de clases. Entonces comencé a orinarme frecuentemente por las noches. Recuerdo que soñaba baldosas blancas y que me encontraba sentada sobre la taza del váter, sin embargo, tenían que pasar varias horas para que el líquido frío me despertara y me hiciera descubrir, una vez más, que la experiencia en el baño sólo había sido un sueño.
La abuela tiene incontinencia, aunque la operaron por ello, hace años. Desde ese episodio de mi  infancia, creo que tengo algo parecido, pero nunca quisieron llevarme al ginecólogo, dijeron que era muy chiquita y, aún hoy, me persigue la obsesión de orinar cinco o seis veces antes de salir de casa, para evitar los accidentes que me ocurrieron a los ocho, a los diez y a los doce.
Creo que el problema, en realidad, es que no me enseñaron a reconciliarme con mi útero, a nombrarme, a aceptar los labios oscuros y asimétricos de mi vulva,  mi color encarnizado, mi olor salobre.
A ver Mara, piensa un poco, recuerdas perfectamente que menstruaste por primera vez cuando tenías nueve años, recuerdas el dolor en el vientre y el susto a pesar de que sabías qué era lo que pasaba.  Pero piensa, ¿cuándo te masturbaste por primera vez? un recuerdo tan placentero te evoca tan poco, probablemente tendrías diez años, te encantaba el actor de esa película y te acariciabas pensando en él frecuentemente.
No sabes si el himen es etéreo, transparente, blanco o dorado, pero sí sabes que esa noche el calor que sentías era más grande, de repente sentiste dolor y paraste. Un dolor más agudo que el de cuando te caíste sentada de un árbol y lloraste, y la abuela dijo: “la niña ya se nos desgració”.
 No hubo rastro de sangre ni de ninguna culpa, desde entonces ha sido una de tus prácticas favoritas, a veces monótona. En la secundaria, te masturbabas cinco o seis veces por día; en ocasiones, lo haces dos y otras sólo un par de veces por semana. Durante varios periodos de la vida lo has hecho de manera  mecánica, aunque placentera, a menudo tan sólo para poder dormir.  
En mi vida de chica posmoderna, como parte de la generación “Z”, nacida a finales de los noventa, hay un montón de cosas que no entiendo. A veces creo que me he pegado el viaje  padre y he aparecido en mitad de la edad media, como cuando pienso en quién inventó el mito de que las mujeres no suelen masturbarse; alguien tan ignorante como tú, y seguramente, el mismo idiota que dijo lo del pelo en la mano.
Ahora recuerdo como odiaba las veces en que había salido de ducharme y me sentaba un rato, inspirada, para tocarme. La abuela llamaba insistentemente o de plano abría la puerta, ¡la de veces que estuvo a punto de pillarme!..
La abuela, que también me revisaba los calzones. Recuerdo que me daba vergüenza porque  siempre me mojaba; la abuela se encontraba con manchas blancas que delataban mi excitación absurda, irrefrenable, misteriosa; en esa época de púber, me excitaba cualquier cosa… Vergüenza le debería haber dado a ella, y en fin… vuelves a caer en el juego de la culpa sin recordar que es como la mordida de un perro en una piedra.
Pienso también en aquel episodio, cuando  me fui a estudiar arte a  la universidad, en una ciudad cercana, ubicada a un par de horas. Cerré la  habitación con  llave y atranqué la puerta. Sabía que mi compañera de cuarto, mojigata, y con sólo un par de días en la pensión, no regresaría hasta la tarde. Pero regresó mucho más temprano y me encontró sobre la cama, leyendo un cuento erótico en el ordenador y en una postura comprometedora.
Mara, le ofreciste mil disculpas, pero se asustó tanto que se cambió de cuarto, al día siguiente. En la pensión, circulaban sobre ti los rumores más absurdos; fue otra chica, Marcela, quien  te aconsejó que mejor te cambiaras de casa, porque la dueña estaba añadiendo una cola interminable de detalles al relato.
Mi cuerpo es mío, déjame en paz, sólo yo sé cómo me gusta, a qué hora, con quién. Sé qué me gusta compartir, cómo llenarme, ¿tú qué sabes?, con tus ideas mochas, con tu genealogía de mujeres vestidas de blanco, vestidas de luto, de largo, de mantilla y de rebozo ¡chale, estamos en el siglo veintiuno! ¿Tú en qué año te perdiste?
 El placer, la ablación, la edad media, el misionero… parece que no vivo en el dos mil quince sino en el siglo dieciséis. Cada vez que piso una sala de hospital, escucho aquellos fríos relatos de cómo las mujeres paren hijos sin haber gozado y en la única postura  permitida. Las mismas mujeres a las que tú aplicarías tu censura. Tu único recurso.
Mira, papá ¿todavía te puedo decir así, verdad? hace años que no digo esa palabra, hace años que no pensaba ni siquiera en todo el odio. Años en los que dejé de cuestionarme, en que me cansé de sentir culpa a pesar de la sarta de recriminaciones. Todo se enfría, hasta la cena más caliente.
¿Te acuerdas de la prueba de embarazo? la envolví bien en papel periódico, no sabía que ustedes me revisaban la basura; esa fue una de las últimas veces que te vi, cuando te dije que de haber resultado positiva habría abortado. Si me esfuerzo aún puedo ver tus ojos saltones, tu rostro verde, como si estuvieras a punto de vomitar. A mí también me pasaron en la secundaria ese video donde sacan al feto con fórceps, donde tiran los pedazos a la taza del váter, la diferencia es que tú te la creíste, tú antepones el derecho del feto al derecho de la madre.
Mírame bien, vas a ver que tengo cara de loca. No soy una buena mujer, no sé bien lo que es eso, pero no imagino que algo de la definición me guste. Sólo una vez más te lo voy a decir para ver si te quede claro. No quiero hijos. No te espantes, no es tan grave lo que acabo de decirte. Mi vida la construyo yo y no te estoy preguntando si te gusta, no te pregunté tampoco cuando decidí tatuarme, cuando decidí besar a un hombre, cuando decidí besar a una mujer, cuando decidí acostarme con uno o dos, o tres o mil. Ya te dije, mi cuerpo es mío, mi primer territorio y mi primera posesión.
No me importa tu idea sobre el aborto, no me importan tus juicios de valor, ya no me hacen daño tus palabras ni lo hiriente que fuiste luego de separarte de mi madre. Debes saber que aquí fallaste, no me da miedo la libertad ni el sexo, ni descubrir que tengo un sinfín de posibilidades, pensarme queer, insostenible, loca y puta. No me molesta pensarme de esa forma.
Ya no me siento víctima, no me importan tus supuestos privilegios, a mí no me da miedo salir sola, ni siquiera a las dos de la mañana, porque sé cuidarme como tú nunca lo hiciste. Conozco las rutas seguras para llegar a casa, pero, sobretodo, para estar a salvo de mí misma. Esta soy yo, mi cuerpo, mi cara, mis nalgas, mis ganas, mi hambre. Quizás en  un par de siglos, agarres por fin la onda y veas que no está chido decir que “se ve mal que las mujeres fumen”. ¡Tu presencia me caga tanto como un disco de los Beatles!  De verdad, lo dejemos pa´ otro día, luego te explico, va a estar difícil. Tanto catolicismo te robó, por lo menos, cinco siglos de historia.
No regreses, no vas a ser abuelo. ¡Vete, déjame! Yo no voy a arriesgarme como mi madre, a tener una hija para que su padre la toque. Sabes que ese es el motivo principal, no hay vuelta de hoja. ¡Lárgate¡ Siempre huyes al escuchar estas palabras.
Fotografía de la web


orquidea psicopata

Como un pájaro



Oí vos, Chepe, tú te has de  acordar de la Mariana. No, no digo la Mariela, sino la chava que estuvo conmigo hasta la mitad de la carrera; sí, la Marianita como le decíamos. Hace unos días me pareció encontrarla. Tenés razón, estaba guapa.
 Tenía la sangre encendida esa chamaca; te acordás de todos los pleitos que armó en la escuela, hace unos días me estaba acordando. El primero fue con el profesor Hernández, con “el Pelonchas” como le decían, la Marianita dijo que primero le había invitado un café pero ella no quiso, después la invitó a su casa, el tipo de por sí tenía fama de cochino, de acosador de chavas. Armó el escándalo cuando al final del semestre la reprobó; si era aplicada la Mariana, siempre estaba con sus ondas filosóficas nietzscheanas, con su economía marxista. Pero de poco le valió. Vos, Chepe ¿cuánto sacaste con el Pelonchas? Vé, para más tú soberano sonso, pero bueno, ese nomás fue el preámbulo.
¿Te acordás la siguiente que montó? se armó en grande el pleito aquella vez. Dijo que el profesor Jiménez le había ofrecido dinero; entonces convocó a una asamblea estudiantil, ¿vos fuiste, Chepe? yo tampoco, vos entonces estabas en quinto, no creo que haya ido ninguno de tu grupo. Creo que no fue casi nadie, porque no se quedó conforme y al día siguiente prestó el audio de la escuela y ahí nomás en la plaza cívica, soltó todos los nombres, salieron a bailar varios doctores y hasta la esposa de aquel profesor alemán, ¿si te acordás de la doctora Rita?, dijo que ella la había amenazado.
En ese entonces, Marianita estaba en cuarto con nosotros. Desde que entró a la escuela, anduvo haciendo escándalos, primero acusó a la academia de estar llena de una bola de misóginos, la neta, tenía razón en que no había ninguna mujer, bueno la doctora Rita, pero era la esposa del profesor Manfred. Fuera de ella, nadie, y siempre andaban hablando de las otras profesoras, de que eran unas viejas locas, unas grillas, unas viejas putas mal cogidas. Si vos lo oíste, Chepe, si hasta te reías con los chistes del profesor Jiménez. Siempre estaban con sus chistes, medio pendejos los tíos, pa´ qué decir que no.
 A la Mariana la defendían unas maestras que también decían como ella, que en la academia ya estaban todos muy seniles. ¿Te acordás que se armó en grande, Chepe?, esa vez hasta llegaron periodistas. La escuela estuvo cerrada como tres días. El director ya no sabía dónde meterse. Supuestamente, la Mariana tenía unos audios en donde probaba que la habían amenazado y que le habían ofrecido dinero, aquí no le hicieron caso. La bronca se armó cuando, tras mucho oficio, le dieron cita con el rector y mandaron a hacer la auditoria, la noticia salió en casi todos los periódicos.
 Te acordás, Chepe, que otros maestros la apoyaron, pero nosotros no entendíamos nada,  ni sus choros de equidad de género, su lucha ¿por qué?... y ella namás se ponía a hablar de dicotomías, de reivindicaciones, de formas alternativas de construir relaciones colectivas, de construcciones diferentes del micropoder, de hacer uso de los espacios públicos. Yo no sé si nos aburrimos de sus rollos, no sé si nos valió madres como nos vale  ahora, si nos cansamos o si nunca nos interesó. La fuimos dejando sola. Hablaba de ¿igual-quién?, de ¿fraterni-cuál?, de ¿liberti-dónde?
Después dijeron que varios le habían advertido, que algunos lo hicieron en buena onda y otros pagados por la academia de profesores. Te acordás de a cómo decían entonces que se manejaban los chayotes, las maiceadas, los arroces… Pensó que era fácil, la Mariana, cómo si fueran tortas. Quiso desmantelar un sistema de corrupción en donde casi todos le habían entrado: directivos, administradores, maestros y un buen número de alumnos. El resto no sabíamos nada, nosotros sólo oímos conversaciones en los pasillos ¿verdad, Chepe?,  pero si nos hubieran ofrecido, tú y yo también le habríamos entrado.  Estábamos lejos de su esfera oligárquica, poco les importaban nuestros huesitos a su sistema de cacicazgo.
Yo sí estaba en la escuela aquella noche, ni siquiera habíamos salido tarde, si fue a la última hora, pero no salimos a las diez, serían las nueve y media o antes. Vos sabés que la escuela era oscura, sabés que la cámara del patio no funcionaba, sabés que a esa hora habíamos muy pocos, una decena de estudiantes en el patio.
La Mariana se despidió de todos, era una de esas chavas demasiado amables, demasiado sonrientes, de las que te ven de lejos y aún así hacen por saludarte.  Fue a traer su bici y yo vi como se le acercaron. Eran dos, llevaban armas, ni siquiera llevaban capucha, sólo una gorra y ropa oscura.
Todos nos quedamos quietos, paralizados, la neta todo pasó muy rápido, Yo vi cómo la jalaban, la Mariana primero lloró y pataleó, después le dijeron algo y se quedó quieta de golpe, como si fuera una marioneta o como pájaro asustado. Se la llevaron. Yo me quede parado en el patio como media hora.
Cállate, pinche Chepe, ya sé que vos no estabas aquella noche, por eso te lo vuelvo a platicar. Dicen que la subieron a una camioneta sin placas. Yo no lo vi, vos Chepe, yo me quedé parado en donde estaba, por  un buen rato; el rato en que la policía tardó en venir. Llamaron a declarar a los que tenían más datos, como el color de la ropa que llevaban o algún detalle sobre la camioneta. Yo te juro que no vi nada, yo nada más vi que traían armas, yo namás escuché los gritos de Mariana y eso fue lo último que recuerdo de la noche, luego vino un silencio largo, como si me hubiera dormido parado, me quedé plantado como un tronco, ahí mismo, al final del patio.
Mirá vos, Chepe, no te riás si te digo que la vi hace poco.  Ya sé que la buscaron por todos lados, ya sé que jamás la volvimos a ver cerca de la escuela ni en ningún lado, ya sé que se armó en grande aquella vez la bronca. Pero se parecía bastante la chamaca, tal vez era su hermana o su prima.
Fue hace quince días en el mercado. También a ella la llevaban jalando, iba caminando con una señora. Era una muchacha alta como Mariana, morena y con los ojos grandes, tenía las pestañas igual de enormes, hasta iba peinada igualito, con una cola alta y el pelo esponjado y colocho, pero le faltaba el brillo de los ojos, era una muchacha apagada, la llevaban jalando como si fuera un pajarito muerto.
No hagás esa cara, Chepe, ya sé que esa noche vos no estabas. Pero yo sí me sentí culpable, yo sí hubiera querido haber hecho algo aquella noche, algo, cualquier cosa, menos quedarme en el patio  como un tronco. Nomás pensando en que se la habían llevado como si se hubiera tratado de una paloma, como si se hubiera tratado de clavarle un alfiler a una mariposa.
Pues sí vos, Chepe, me pareció verla en el mercado,  tal vez era su hermana, tal vez era nomás la Marianita que se me ha aparecido en sueños algunas noches.

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orquidea psicopata

Carta a Mariana



Para qué te voy a decir que no si sí, para qué decirte que no pasó, que no me duele, que no me acuerdo, si la respuesta siempre es sí.
Preferiría no tener que escribir esto. Quisiera no tener que acercarme a ti por medio de esta carta, pero probablemente sea lo único que funcione, porque no solemos hablar de lo que duele, nos conformamos con las palabras cariñosas, menos hirientes, y con las conversaciones banales sobre nuestras mascotas, o sobre el precio del tomate y la cebolla, pero, a veces, decir la verdad también se vuelve necesario.
 Conozco la historia de muchas mujeres, tengo varias amigas que me han contado… Ellas han enfrentado cara a cara sus demonios; una de ellas me contó una historia acerca de un cuchillo y de su padre, otra me contó cómo su hermano mayor se metía a su cama por las noches para tocarle los pechos, cuando tenía once años, y cómo ella se lo reclamó directamente, justo antes de que él muriera.
Pero esto no se trata de ellas, ni de sus historias, ni de su forma de afrontarlas, sino de ti y de mí. Quiero ser justa, la imagen que tengo de ti es tan difusa, tan endeble. No te conozco.
Conozco sólo algunas de tus historias, dónde naciste, la finca cafetalera donde viviste con tus padres, tu condición de hija mayor. Pero no conozco tus motivos, algunos de ellos puedo inferirlos, aun con temor a equivocarme. Si yo hubiera sido tú, también habría querido huir, hubiera querido no sentir culpa por no cuidar de los hijos que no eran míos.  La verdad es que eras sumamente guapa y te enamoraste de ese hombre; te llevaba unos cuantos años, pero la distancia que los separaba era más grande, él tenía veinticinco  y era  divorciado,  ya había tenido hijos y arrastraba un fracaso matrimonial. Tú me has contado que tenías diecisiete años, pero que todavía te gustaba jugar con tus hermanos en la calle. Ese fue tu proceso de emancipación, te casaste con un hombre al que creo que amabas y que probablemente siempre ha estado loco por ti, y además, de repente tenías dinero para comparte medias, para comprar ropa o esas zapatillas de colores y de tacones altos que te pusiste un día para no quitarte más.
Primero vino mi mamá, cuando acababan de casarse. Después de varios problemas de embarazo y de la muerte de los gemelos, llegó el segundo, once años más tarde.
Mi madre dice que le pegaban, ustedes dicen que en esos tiempos ésa era la forma de educar. Parece que  mamá guarda para ustedes una mezcla de rencor y amor, en especial por ti, por esas rivalidades no superadas entre mujeres; dice que le reprochabas no ser parte de ese canon de belleza que tú representabas, con tu porte, tu peinado alto, con tus zapatillas y tu figura siempre esbelta, con el carmín y las ansias de liberarte.
Mi mamá narra mil y un episodios donde especialmente tú eres la mala, sin embargo, creo que le dieron todo, que hoy mismo ella cuenta con su apoyo incondicional, y pienso que las relaciones humanas forman figuras caleidoscópicas, formas complejas donde es difícil diferenciar el dolor del odio. Pero esta tampoco es la historia de mi madre, ella y tú ya tendrán tiempo (¿tendrán las ganas?) de arreglar sus diferencias.
Tampoco es la historia de tu segundo hijo, aunque sin quererlo, probablemente él sea el protagonista principal. Quizá sea mejor narrar todo de forma cronológica, quizás esa sea la manera más fácil de explicarlo todo. Olvidé esto durante un tiempo, pensé que lo había soñado, que había sido sólo una pesadilla ¿pero de qué sirvió negarlo durante veinte años?
Yo tenía entonces tres o cuatro años, tu hijo tal vez tenía diecisiete, estábamos jugando a las escondidillas. Él me tiró sobre la cama y comenzó a besarme, a frotar su cuerpo sobre el mío, a acariciarme, está demás decir qué parte frotaba especialmente.
De repente, entró mamá, y sentí como si me hubiera despertado,  el resto estaba envuelto en un ambiente soporífero, pero desperté y tuve la sensación de que no era la primera vez que esto ocurría, pero sí fue la última. Lo que despertó ese día fue mi memoria, almacenó la escena, aunque intenté borrarla durante años e hice como si nunca hubiera ocurrido. No se lo dije a nadie.
 No sé que vio mi madre, al parecer fue poco; aun así recuerdo la sensación de incomodidad cuando nos llevaron a la cocina, a él le dijeron cosas que yo no entendía. Mariana, abuela, ¿es que de veras no te acuerdas? tú estabas ahí y también me regañaste porque jugaba de esa forma; discutieron con mamá y te fuiste. Mi madre me hizo prometerle que nunca volvería a jugar con él, de ninguna manera;  cuando era un poco más grande me repitió varias veces la advertencia, yo sabía a qué se refería por esa sensación de pánico que sentía cuando él estaba cerca, por mis ganas de gritar cuando por escasos minutos nos dejaban solos. ¿No te acuerdas? ¿No te dabas cuenta?
Solía quedarme en casa de ustedes, los abuelos, desde antes de que mis papás se divorciaran, tú le decías que fuera a darme las buenas noches, yo sentía un miedo seco estrujando mi garganta durante el minuto eterno que duraba la “despedida”, después siempre tenía pesadillas por las noches, pensaba seriamente que en la sala había un fantasma, imaginaba que una sombra se deslizaba desde los marcos de los cuadros y se quedaba esperando delante del sofá, literalmente acechando. Supongo que a veces el subconsciente no es tan complicado.
El solía llevarme una bolsa repleta de chucherías, los fines de semana, en la que nunca faltaban juguetes para armar, la verdad no me aburría armarlos, pero en mi pecho saltaba una angustia sorda cuando nos dejaban solos,  ponía ese pretexto y corría a refugiarme con el abuelo.
Puede que eso no te parezca suficiente,  ¿recuerdas a la hija de Tere,  esa amiga de mi madre? la niña que tenía un retraso de varios años; puede que entonces tuviera once años, pero se comportaba como de cuatro. Creo que esa fue la única vez que llegó a jugar a la casa, yo en ese entonces tendría ocho. De repente él llegó de trabajar y entró a saludarnos, al poco rato yo me levanté para ir a la baño, cuando regresé la puerta estaba cerrada con llave desde dentro, oí ruidos, jadeos.  Me senté afuera  pensando en qué podía hacer, pensando en bajar a contárselos, esperando, a punto de llorar, pero a los pocos minutos  se abrió la puerta.
Entonces  mi madre ya se había divorciado y vivíamos con ustedes; nosotras dos dormíamos en la misma recámara, al lado de la de él. Fue él quien me enseñó el valor de la constancia, debía cerrar la puerta con llave todo el tiempo, sin excepciones; si bajaba por un vaso con agua y la puerta se quedaba abierta, siempre desaparecía dinero; al inicio, mi madre me preguntaba  inquisitorialmente, pensando que yo le había robado, pero también a mí se me perdía el gasto que mi abuelo me daba para la escuela, los diez pesos diarios que me daba para comprar algo durante el recreo, que no me gastaba porque llevaba almuerzo y se convertían en mucho más, porque los ahorraba.
Son incontables las veces que nos robó, el botín era diverso. Me acuerdo de una vez que mi mamá escondió su aguinaldo, yo nunca supe dónde se encontraba, pero misteriosamente desapareció, mi mamá estaba desconsolada, también robó mi dinero una vez, en navidad.
Podría relatar la sensación de desconfianza y asco, podría describirte cómo odiaba saludarlo el domingo por la mañana, o podría describirte algunas conversaciones comprometedoras, podría hacer una relatoría completa de los agravios, pero tú ya los conoces ¿te acuerdas que tomaba trago todas las malditas noches? no había una sola en la que pudiera dormir del todo bien, sólo me sentía segura si me resguardaba bajo llave, todo el tiempo.
Mamá entonces ya no vivía en la misma casa. Recuerdo que él se orinaba y vomitaba en el pasillo que daba hacia mi cuarto, jamás limpiaba la porquería había que soportarla hasta que esta se desintegraba por sí sola. Me quejé con ustedes infinitamente, pero sólo reprendían al niño un par de días. Viví la escena varias veces, reclamos durante el desayuno, indignación y rabia porque había bajado la guardia y otra vez me había robado, mientras él lo negaba por lo bajo. Parecía que las cosas en esa casa simplemente se evaporaban, pero tú al final siempre reponías la cantidad que fuera, varias veces me negué a recibirte dinero, diciéndote que quería que lo pagase él, porque él me lo había quitado. Pero ustedes siempre lo justificaban. No era alcoholismo, era “bebedor social”, el pobre tenía que acompañarte a las fiestas, el pobre tenía que recogerte de los rezos, y un tequilita no le cae mal a nadie ¿o sí?
Me contaron la historia de que le había faltado oxígeno al nacer, pero yo lo veía muy listo para algunas cosas y no como al pobrecito inútil que ustedes pretendían dibujar.
Uno de los periodos más difíciles fue cuando yo estaba en la prepa y él, borracho, tocaba a mi puerta cada noche, yo abría dos centímetros la hoja y escuchaba a medias durante diez minutos las idioteces que decía. Te pedí muchas veces que no tocara, lo reprendiste pero nada funcionó hasta que decidí dejar de abrir.
La peor noche fue en la que murió la bisabuela; esperábamos tan sólo la fatídica llamada telefónica; luego de días de agonía, la llamada llegó a media noche. Escuché cómo sacaban el coche del garaje, después oí como caían botellas en el cuarto de al lado, lo oí bajar y patear la puerta de la habitación de ustedes hasta el cansancio, el abuelo ya se había quejado varias veces de que se le perdieran sumas importantes. Después, subió a mi cuarto y pateó la puerta de la entrada, yo busqué todo aquello con lo que pudiera defenderme, tenía un florero a la mano y el palo de una escoba; la puerta no cedió, pero yo tarde mucho tiempo en poder dormirme, le llamé a mamá pero no contestó el teléfono, y, por fin, me dormí llorando. Al día siguiente les conté todo y una vez más le dieron una reprimenda, durante un par de días hubo un ambiente tenso, después nada. ¿Para qué crees que quería entrar? te lo pregunto ahora como yo me lo preguntaba aquella noche.
Desde ese día tengo una pesadilla que se repite, aun cuando ya no vivo en esa casa. Él rompe el cristal de la puerta, mete la mano y abre para entrar al cuarto. Todas las veces tiene una erección, todas las veces lo mato, suele ser atravesando su cuerpo a la altura del pene con una varilla afilada,  la varilla atraviesa la carne, rápido, otras veces le abro la cabeza con cualquier objeto que tenga a la mano, alguna otra lo decapito, pero jamás dejo que me toqué; amanezco con una sensación de asco. Insisto, a veces parece que el subconsciente sale a flote, a pesar de que nunca hablé de esto con nadie durante dos décadas.
Pero tranquila, sabes que aún queda la peor parte, sabes que fuera de todas nuestras predicciones, él se juntó con una muchacha durante un tiempo, el suficiente para procrear; a los pocos meses, se separaron.
Como era de esperarse, el niño desarrolló problemas afectivos, de lenguaje y una serie de comportamientos extraños que ustedes se negaron a ver ¿Te acuerdas cuando dijeron que había tocado y besado a un niño de su kínder? ¿Te acuerdas que su reacción fue la de escandalizarse porque era un niño, no una niña, y su nieto no podía ser gay? ¿Te acuerdas cuando su madre describió exactamente lo que había hecho con su hermano más pequeño, cómo frotaba sus labios, su cuerpo, exactamente igual que él lo había hecho conmigo hace veinte años? ¿De veras no te hizo recordar, no viste cómo estaban dispuestas todas las luces rojas? ¿No se activaron tus alarmas?
Entonces yo había sugerido varias veces que el niño no llegara a dormir, te había dicho que nada tenía qué hacer en esta casa, que no tenían la custodia compartida, que yo jamás me quedé a dormir en casa de mi padre después de que ellos se divorciaron. Pero tu respuesta siempre fue la misma, era distinto porque yo era niña, y si su hijo también lo fuera “otro gallo cantaría”, pero era su hijo y él tenía todo el derecho como su padre. Mi madre también te pidió que ellos no se metieran a jugar, escondidos debajo de las escaleras: “quién sabe qué madres estarán haciendo”. Podría enumerar cada uno de los indicios, pero para qué, si las consecuencias ya las sabes, si al fin y al cabo tuvo mil y un momentos para estar a solas con el niño, todo ese tiempo justificado por el derecho que tiene un “padre” sobre su hijo.
Tuve la oportunidad de leer el expediente, pude leer todos los detalles sórdidos; lo que relataba durante el baño, las repetidas preguntas que hacían al niño sobre si tú estabas enterada, sus repetidas respuestas de que no, de que nadie sabía nada, de que su papá actuaba así, sólo cuando estaban a solas.
Yo hubiera podido decir sí, ¿quieres que te describa los jadeos que escuchaba desde el cuarto? ¿Quieres que te diga cómo se me erizaba la piel? pero prefería, subirle a la música, no hacer preguntas, no pensar en mis miedos, no recordar nada ni pensar en las causas por las que yo vivía bajo sospecha.
Esta es la peor parte. No sabes cómo me pesa la culpa, no sabes cómo quisiera haberlo denunciado, quizá si no hubiera olvidado esa pequeña historia durante tanto tiempo, tal vez hubiera podido evitar que se repitiera. ¿Sabes que cuando se destapó toda esta mierda, dos primas también hablaron con mi madre para contarle que las había tocado? y cuántas fueron las que se callaron, las que prefirieron olvidar todo, como yo, durante tantos años.
Para ti lo importante del expediente es que no hablaba de violación, lo importante era que no relataba penetración alguna ¿y de veras eso importa? A mí lo que me parecía fundamental es que le había destrozado la vida a Felipe; que una vez más tu hijo, al que tanto quieres y defiendes, le había jodido la vida a alguien, y, además, a alguien cercano a ti.
Por eso empecé diciendo que no te conozco, diciendo que crecí contigo como con una madre, que te amo como parte fundamental de mi escasa familia. Pero la verdad es que no te entiendo, no entiendo cómo la ceguera ha podido llevarte a tanto. Estoy segura de que no quiero ser madre, yo no quiero arrancarme los ojos ni quedarme tuerta para facilitarle el trabajo a mi hijo cuervo. No sé cómo se puede fingir esa ceguera y menos aún, cómo pudieron quedarse en banca rota con tal de conseguirle un amparo, cómo puede estar libre después de haber hecho tanto daño, gracias a ustedes, gracias a ti. No entiendo cómo tuvieron la desfachatez de meter la demanda civil pidiendo la custodia, y agradezco esa orden de restricción como parte de la resolución definitiva.
Mariana, no quiero juzgarte, quiero ser justa, conocerte en todas tus dimensiones. No quiero decir que seas  culpable de una sola de sus acciones;  pero sí creo que tuvieron la posibilidad de prevenir, de enmendar, de corregir, de hacer algo, cualquier cosa. Creo que antepusiste le amor enfermizo por tu hijo-manzanapodrida ante el cuidado de los otros. ¿No sabes que la fruta podrida extiende su corrupción a las demás?
Justo antes de que pasara todo esto y que nos enteráramos del caso y de la demanda, llegamos a comer, y una vez más me robó, me  vació el bolso después de darme un beso de buenas tardes. Nos fuimos rápido porque yo no quise decirles nada, me tragué las lágrimas una vez  más y me fui sin hacer escándalo. Cuando llegamos a la casa le comenté a mí esposo que la gente como él sólo tiene dos finales: terminar preso o muerto. Sinceramente, me alegraría que hubiera sido al menos la primera. Odio el papel de juez, quién soy yo para señalar, pero la verdad es que lo merecía, merecía estar alejado de cualquier posibilidad de seguir repartiendo su ponzoña, pero así funciona el sistema judicial ¿a cuántos tuvieron que comprar? ¿Cuántos miles se gastaron en mordidas? Cuando él estuvo huyendo, no pregunté nunca dónde estaba, de hecho te pedí que no nos lo contaras porque no me interesaba y porque no quería sentirme involucrada, y todavía te indignaste. Siempre  has dicho que soy desconsiderada,  puede que lo sea, pero me parecía el colmo de lo hipocresía preguntar por alguien que no sólo no me importa, sino al que me gustaba saber lejos.  Claro, me dolías tú, Mariana, me dolía ver cómo sufrías, porque tu mundo, él, tu hijo cuervo, tu hijo perro, estaba lejos.
Esta fue la primera vez que no recibimos al año nuevo juntos, desde que él regresó me pediste que no llegáramos a ciertas horas, “porque es tu hijo y no querías que le pusiera malas caras”. Todavía debía seguir sonriendo como durante estos veinte años, en que no ha hecho nada más que apuñalarme por la espalda.

Te adoro, abuela; pero ya me cansé, tiro la venda, no la quiero en los ojos ni como mordaza, por eso te digo aquí algunas de las cosas que oí y vi. Me doy cuenta  de que esto nos aleja, me siento como una barca que se aleja ineludiblemente de la playa. Quité la costra para curar esta infección, quiero dejar de matar en sueños, quiero no sentir culpa por haber callado, por eso ahora te lo repito, te lo intenté explicar cuando salió el caso y te indignaste, diciendo que cómo era posible que desconfiara de él de esa forma. No es desconfianza, se llama certeza, se llama rencor porque nadie tiene derecho a hacer lo que él hizo con mi cuerpo, se llama rabia porque me hizo sentir culpable todo este tiempo, yo sólo tenía cuatro años, qué más podía sentir que esa sensación de pena. Pero supongo que saberlo no te servirá de nada, porque en el fondo creo que siempre has sabido todas estas cosas, me niego a creer que seas tan ciega,  quizá prefieres  negarlas. Te juro que no quería decírtelo todo,  te juro que no quiero juzgarte, ni que sientas culpa. Yo no quería que esto pasara y menos que el círculo se cerrara de esta forma, pero prefiero echar alcohol sobre la herida para curarla, aunque me arda. 

orquidea psicopata